El Hombre de la Casa 49: Los bordes y el límite

 


Fue como si me hubiera congelado. Estaba de pie en la cocina de aquél departamento, tenía la mirada perdida, las palabras de Raquel me llegaban como murmullos y su mano tiraba de mí, tratando en vano de moverme, pero no pude reaccionar durante un buen rato. Sus palmas se posaron sobre mis mejillas y pudieron guiar mi cara para que pudiéramos tener contacto visual, estaba exaltada pero buscaba tranquilizarme. Lentamente, pude ir entendiendo lo que me decía, la razón por la que estaba allí.

—Sólo quiero que lo intentes, por favor —me decía, suplicante—. Sólo quiero dejar de mentirle. Ya no quiero tener que estar escondiéndole esto. Estoy segura de que en el fondo, lo va a aceptar… como Tere, como mamá… Sólo… ayúdame a averiguarlo, por favor.

Según Raquel, las cosas sucedieron así: ambas estaban jugando y platicando, de alguna manera, mi hermana hizo el comentario de que no se sentía atraída a ningún hombre y a modo de broma, le dijo que prefería cogerme a mí antes que intentarlo con algún otro bato. Fue una carnada, una prueba para ver cómo reaccionaría. Aparentemente, la chica lo tomó como una broma y empezó a darle cuerda, diciéndole que aquello le parecería “muy sexy” y continuaron estirando la liga. Tal y como me lo contó, era evidente para mí que sólo estaban dejándose llevar por la calentura y Alondra sólo estaba dejándola divagar en su “fantasía”. Todo indica que mi hermanita no se dio cuenta de esto y en algún momento, le terminó confesando que lo que le había estado describiendo no eran escenarios hipotéticos, sino que en verdad era su oscuro secreto… NUESTRO oscuro secreto.

Como era de esperarse, una vez que cayó en cuenta de que su cita de San Valentín no estaba bromeando, Alondra “enloqueció” y Raquel no supo qué más hacer que amarrarla en su propia cama y amordazarla. Eran sus gritos los que había oído en su llamada, mi hermana había estado intentando calmarla todo este rato y la razón por la que estaba yo allí era para tratar de hipnotizarla.

—Tú dices que no puedes obligar a nadie a hacer algo que no quiera —dijo ella, deslizando sus manos por mi pecho como un cachorro en busca de atención—. Yo sé que ella lo va a aceptar. Créeme, lo vi. Es sólo que está confundida.

—Raquel… esto está mal.

—¡Luís, por favor! Te lo ruego. Mira —dijo, arrodillándose, aferrándose a mis piernas con sus manos—. Por favor. Ella… ella es… no sé cómo decirlo. Te amo… pero también… con ella… con ella también siento que puedo ser yo —soltó con voz temblorosa y ojos llorosos—. Quería dejar de mentirle, quiero dejar de hacerlo.

—Pero no está bien. Entiende, ¡Esto está muy mal! Lo que quieres es que la obligue a…

—Si ella no me quiere, no vas a poder obligarla, ¿o no? —argumentó con un dejo de ilusión—. Por más que lo intentes, no vas a poder hacer que me quiera si ella no… me acepta, ¿verdad?

Pude ver en su mirada cómo se arremolinaban las dudas, pero también cómo estaba dispuesta a aferrarse a ese destello de esperanza que se negaba a morir dentro de ella. Yo no quería hacerlo. Esto rayaba ya en lo criminal, había una persona atada y Raquel se encontraba en un punto de no retorno. Si hacía lo que me pedía, estaría sometiendo a alguien a quererla en contra de su voluntad… pero si no hacíamos nada, no sólo habría motivos suficientes para que la chica presentara cargos en contra de Raquel (o hasta de mí), sino que habría alguien que sabría nuestro más terrible secreto.

No estaba orgulloso de mi decisión, pero tampoco me fue difícil en cuanto sopesé las consecuencias de no hacerlo. Acepté, por el bien de Raquel, por el bien de ambos, o quizás, de los tres. Mi intención era hacerla olvidar todo, hacerle creer que se habían emborrachado al grado de tener un blackout, pero ella no estaba dispuesta a conformarse con sólo eso.

—¿Podrías intentarlo? —volvió a suplicarme, interponiéndose entre la puerta del cuarto al que íbamos y yo—. Por favor, Luís. Al menos inténtalo. Yo sé que ella lo aceptará, sólo necesita aclarar sus pensamientos, sólo necesita darse cuenta de que…

—Raquel, estás queriendo forzar las cosas —le señalé—. Si ella olvida todo esto, será mejor, van a poder volver a la normalidad —sugerí.

—¿Y qué? ¿Voy a tener que seguir mintiéndole a la cara hasta que se dé cuenta? —chilló ella, al borde del colapso—. ¿Voy a tener que vivir con este miedo de perderla hasta que me harte y… por favor… —volvió a pedírmelo—. Te prometo que si ella no me… si ella no acepta, entonces le borras la memoria —propuso—. Te prometo que no volveré a pedirte algo así nunca jamás.

Aquello no podía ser. En serio, no quería hacerlo, esto se encontraba en los bordes de lo legal, de lo moral… y aun así, no se me ocurrió una verdadera razón por la que pudiera negarme. Además, algo en sus palabras me hicieron recordar lo que Julia me había dicho acerca de Michelle y la carga que era para ella estar escondiéndole cosas a su mejor amiga. El corazón casi me salía del pecho, era de madrugada y podía escuchar a través de la puerta los ruidos de la cama moviéndose; era momento de acabar con todo eso. Accedí. Fue como vender mi alma, por si acaso nada de lo que hubiera hecho antes no me hubiera ya condenado al inferno. La puerta se abrió y la escena hizo que se me achicara aún más el estómago.

La chica estaba amarrada de tobillos y muñecas sobre la cama. Era imposible no notar los juguetes que seguramente habían estado usando antes de llegar a esto. Nunca había prestado atención al físico de Alondra y ahora podía ver su cuerpo, delgado, alargado, desnudo y forcejeando al vernos entrar; fue estremecedor… más bien, traumatizante. Su cabello oscuro se le arremolinaba, enmarañado, sobre el rostro, cubriéndolo casi por completo. Pronto, sus ojos me transmitieron todo el pavor que cabría esperar de una persona en su situación. Trataba de alejarse de mi hermana, que se lanzó a intentar apaciguarla. Tuve que correr al baño y devolver una parte de mi cena en la taza del inodoro. Esto estaba mal, de verdad que muy mal.

Me tomó un rato tranquilizarme. Mi rostro pálido hacía que me viera como un muerto en vida, no podría culpar a Alondra por espantarse al verme regresar. Ya había una sábana cubriéndola al menos.

—Tranquila, tranquila, mi sol —escuché a Raquel arrullándola—. No va a hacerte nada. No te va a poner un dedo encima. Lo llamé para que podamos hablar.

La forma en que mi hermana le acomodaba el pelo me pareció enfermiza, hasta se me cerró la garganta al ver lo tensos que estaba el cuerpo de la pobre chica. Pero lo mejor era lograr tranquilizarla lo antes posible. No fue fácil, por supuesto. Intenté sentándome en un banquito que tenía y me coloqué lejos de la cama para mostrarme inofensivo. No sabía si era necesario presentarme, así que empecé a hablar de la locura que estaba pasando.

Al principio, apartaba la vista de nosotros, no estaba interesada en oír lo que fuera que quisiéramos decirle. Tomó un tiempo para que ella ya no forcejeara cuando Raquel la tocaba. Había ido acomodándose para poder acariciarle la cara, los hombros y el cuello; su cuerpo lentamente iba relajándose mientras mi hermana le repetía que todo estaba bien. No sé si hacía eso por pura intuición, si había investigado por su cuenta o tal vez estuviera recordando cuando la había hipnotizado a ella o a mamá; pero era justo lo que necesitaba que hiciera.

Fue más de una hora que nos la pasamos hablándole sin tener alguna respuesta directa de Alondra. Habíamos llegado al punto en que pude levantarme sin que ella se alterara, no obstante, seguí guardando mi distancia de ambas. Su mirada se había ido relajando con el paso del tiempo y de pronto había empezado a asentir o negar cuando le hacíamos alguna pregunta o comentario, ya estaba siendo receptiva. Y como si me hubiera leído la mente, Raquel se aventuró a quitarle la mordaza que había improvisado con ropa y lo que parecía ser la funda de una almohada. Afortunadamente, no gritó y simplemente empezó a responder con voz adormilada, parecía que ya habíamos avanzado bastante.

Después de dejar a Raquel que siguiera repitiéndole frases tranquilizantes, comencé a hacerle preguntas de control, me dio su nombre completo, el de su amigo Daniel, la dirección de la casa de sus padres; estaba en trance. Mi hermana se separó de ella para pararse a lado mío, estaba respirando bruscamente, sabía que estaba esperando a que todo empezara.

—Ya está —le dije—. Pregúntale lo que quieras.

Ella apretó los puños y vi sus labios moverse, pero no dijo nada en voz alta. Estaba recitando las palabras que le había dado para darse valor. Yo me aparté y volví a sentarme. Después de un rato, por fin se atrevió. Empezó preguntándole si estaba molesta con ella, si era por haberle ocultado lo que hacía conmigo o si era porque “sentía que le era infiel”. Fue bastante desmoralizante presenciar cómo la chica le respondía directamente y con aquella voz monótona. Era obvio que estaría molesta con ella, por ambas cosas. Pero aquellas respuestas secas no eran suficientes, Raquel necesitaba llegar hasta el fondo.

—Yo amo a Luís —le confesó, parada a escasos centímetros de ella y su mirada ausente—. Pero también… me gusta estar contigo, quiero estar contigo —reafirmó con voz decidida. Escuchar aquello me revolvió el estómago—. No puedo… renunciar a uno por estar con el otro, no quiero. Contigo he sentido tantas cosas… hermosas. Y no quiero que esto acabe jamás —añadió con un hilo de voz—. ¿Me entiendes?

Obtuvo su respuesta fría e indiferente: sí.

—Tú sabes —continuó hablándole, haciendo pausas largas—. Sabes que no puedo mostrarle al mundo cómo soy en realidad. Y aun así… sabiendo todo lo…  malo que hay en mí, tú me quieres —dijo. Eres la única aparte de Luís que me conoce tan bien. Es como si hubiera sido así siempre, como si te conociera de toda la vida. Contigo me siento libre, me siento suficiente, me siento a-amada… —confesó con una voz que no paraba de temblarle— tal cual soy.  Contigo, no tengo miedo de ser yo.

Llegó a su límite, no pudo seguir hablando. Corrí a abrazarla por detrás y empezó a quebrarse. Se giró para refugiarse en mis brazos y comenzó a berrear. Yo la apretaba contra mí como si aquello pudiera hacer que todo acabara, no soporto oírla así. Primero con Julia y ahora, esto. Sentía que los brazos me ardían bajo la camisa de manga larga y el pecho me punzaba por dentro y por fuera, con el rostro de Raquel tratando de hundirse hasta triturar mi corazón. Todo frente a ese cuerpo prácticamente inerte y en estado casi catatónico, inmutable, indiferente.

Había una razón por la que no quería que hiciéramos eso, por la que yo quería borrar su memoria, meterme en su mente y sus recuerdos lo suficiente para que todo esto quedara atrás; la misma razón por la que no quería escuchar a Raquel decir todo aquello en voz alta. Eso que había entre ella y Alondra, que nos negábamos a reconocer y que había sido más fácil pretender que no estaba ocurriendo nos estaba pegando a la cara con todas sus fuerzas.

Y paradójicamente, aquella era a la vez la misma razón por la que, a pesar de todo lo anterior, yo estaba allí, a su lado.

—Ella te ama —le hablé a Alondra con voz ronca, sosteniendo a mi hermana con firmeza—. Raquel te ama… tanto que prácticamente no habla de ti en frente de mí. Te ama tanto que no quiere que me dé cuenta cuando le llegan tus mensajes y prefiere dar excusas para responderte a solas. Tanto… que hasta prefirió estar contigo hoy en lugar de conmigo.  

—L-Luís… —gimoteó mi hermanita, pasmada, resoplando bruscamente mientras mi mano le impedía apartar su cara de mi pecho— yo…

—Te ama tanto que no quería seguir mintiéndote —continué, ahora a mí también me temblaba la voz—, tanto que estamos haciendo esto. Por ti. Alondra, ella te ama. Sé que es extraño… querer a más de una persona… suena mal, suena deshonesto; pero ocurre. Ella te ama, Alondra. Y yo sé que algo así no puede desvanecerse en un instante. Ahora que sabes esto de nosotros, Raquel necesita saberlo. ¿Alondra, tú la amas? —pregunté, apretando más a mi hermana contra mí. Nuevamente, hubo una respuesta monosilábica y carente de cualquier emoción—. Díselo bien.

—Raquel, yo te amo.

Había sentido cómo el pecho de mi hermana se contrajo cuando hice la pregunta que ella no se había atrevido a hacer. Y luego, lo sentí expandirse al escuchar sus respuestas. Sus lágrimas ya habían mojado las mangas de mi camisa, pero yo no podía soltarla. De repente, fueron sus brazos los que me rodeaban y me apretaban con fuerza.

—Te amo. —Escuché su voz amortiguada por mi pecho—. Gracias, Luís. ¡Gracias, gracias, gracias! —repetía sin cesar con un hilo de voz agudo que se iba quedando sin aliento.

—¡Epa! Aún no acabamos —le advertí con una sonrisa de falsa seguridad—. Alondra —me dirigí a la chica—. ¿Qué piensas de lo que ocurre entre Raquel y yo?

—No… no sé —contestó. Su voz, aunque somnolienta, se escuchaba consternada—. Son hermanos. No está bien.

—Yo también la amo —respondí, como si fuera incapaz de seguir guardando aquellas palabras en mi pecho—. La amo tanto como para saber que estar contigo la hace feliz. La amo tanto como para reconocer que esta noche tenía que pasarla aquí, contigo y no conmigo.

—Tanto, que vino aquí para ayudarme —añadió Raquel. Me dio una palmadita para que la soltara y se dirigió hacia su… amiga—. Alondra, no me hagas elegir entre él y tú, no puedo. No quiero. Yo sólo no quiero seguir escondiéndotelo.

—Pase lo que pase, yo no pienso interponerme entre ustedes, Alondra —intervine de nuevo—. Si tú no deseas aceptar esta parte de Raquel, está bien —declaré, haciendo que Raquel me viera con desconcierto—, no tienes por qué. La cosa está así: tienes dos opciones…

—¡Luís, espera! —chilló mi hermana, aterrada por lo que estuviera por decir.

—Si quieres a Raquel sólo para ti y no puedes aceptar lo que hacemos ella y yo —continué, haciendo caso omiso—, jamás te enterarás y cada que lo descubras, lo olvidarás.

Una vez más, mi hermanita se encogió y aguantó el aliento como si estuvieran aplastando sus pulmones. La miré, como dándole a entender que estaba dispuesto a cumplir mi palabra y darle esas instrucciones a Alondra en caso de que aceptara y su rostro sólo iba perdiendo color.

—Y por otro lado —proseguí con voz decidida—, si eres capaz de aceptar nuestra relación, como ya dije, te prometo que yo jamás me interpondré entre ustedes dos ni haré nada para poner a Raquel en tu contra. ¿Qué elijes?

—¡E-espera! —se apuró en decir mi hermana, desesperada, antes de arriesgarse a escuchar una respuesta que no quería—. Alondra —le habló—. Tú dijiste que te parecía sexy la idea de verme coger con Luís, ¿no?

—¡¿QUÉ?! —pregunté, desconcertado.

—Sí —había respondido la chica al mismo tiempo, dejándome helado—. Sí lo dije, pero no pensé que fuera a ocurrir nunca.

—¿Estás diciéndome que si pasara, aquí mismo, en este momento; no te excitaría? —le preguntó con voz desafiante.

—Raquel, ¿qué… —apenas pude balbucear.

—¿No te excitaría verme coger con mi hermano? —insistió, cambiando de repente su tono por una voz sedosa y provocativa—. Ver cómo su verga me penetra y me hace gozar como nadie hasta hacer que me venga… sólo para ti… ¿no te gustaría? Di la verdad.

—Sí.

 

Aquello, a resumidas cuentas, selló las cosas. Después de un intercambio de miradas y de palabras más ridículo que profundo o digno de recordarse, mi hermanita y yo llegamos a un acuerdo. Desataríamos a Alondra. Bueno, Raquel lo haría, al igual que vestirla con un camisón que sacó del ropero. La historia sería que ambas se pusieron muy ebrias y ella había acabado noqueada, para lo cual nos valimos de las varias latas que encontramos en el refrigerador y que vacié en el lavabo, también encontramos una botella de tequila y Raquel incluso le dio a beber y salpicó un poco de cerveza en la ropa que ambas habían usado. La manera en que íbamos encontrando detalles para añadir y hacer que todo fuera más creíble hacía que se me achicaran las tripas.

La segunda parte era que despertara y que “recordara el resto de la historia” para justificar así mi presencia allí. En su borrachera y calentura, Alondra ahora sería quien habría retado a Raquel a llamarme y comprobar que lo que le había confesado era verdad; sin embargo, el alcohol la dejaría fuera de combate antes de que yo llegara. Yo le implanté algunos recuerdos borrosos de aquella conversación, así como una curiosidad obsesiva por averiguar si era cierto que Raquel y yo teníamos ese tipo de relación. Le advertí a Raquel que no iba a hacer más, no iba a inducirla a nada, ni si quiera a que me aceptara en su casa.

—Si ella me pide que me vaya, me iré —le recalqué y ella aceptó.

También tuve que mentir y decirle a Raquel que la probabilidad de que aquello no funcionara era muy alta. Yo no quería que esto se repitiera jamás e incluso después me encargaría de que esa idea nunca más volviera a ocurrírsele, hipnotizándola. Le dije que estuviera preparada para un plan B y hasta uno C si las cosas no salían bien. Obviamente, yo sabía que no iba a ser necesario.

Nosotros estábamos en el comedor cuando ella despertó. Nos encontrábamos “muy preocupados” por ella y en cuanto gritó el nombre de mi hermana, ésta corrió a verla. Esperé un rato, confiaba en Raquel y en su inagotable talento para improvisar. Eran casi pasadas las 3 de la madrugada cuando ambas salieron. Alondra tenía la cara tan pálida que parecía una estatua de cera. Llevaba sobrepuesto un suéter y sostenía la mano de Raquel, ocultándose detrás de ella. En cuanto me vio, no pudo sostenerme la mirada.

—Hola —la saludé tímidamente—. Eh… buenas noches.

—H-hola… Luís —me respondió, con la mirada en el suelo.

—Este… em… yo… —balbuceé sin saber cómo empezar—. Raquel me habló. Ella… estaba… eh… preocupada porque no despertabas.

—¡A-ah! Este… p-perdón —susurró y se encogió aún más—. Yo… nunca me había pasado. No creí que hubiéramos tomado tanto.

—Así pasa, je, je —reí incómodamente—. De pronto, ¡pum! —agregué, haciendo una pantomima de alguien desmayándose.

—Ja, ja. —rio forzadamente—. Sí…

Y así, empezamos a platicar, poco a poco, fuimos deshaciéndonos de aquella timidez inicial. Todo indicaba que ella no recordaba ni haber sido atada e hipnotizada ni haber sentido aversión hacia Raquel, seguimos haciendo bromas por la manera en que había resultado su noche de San Valentín. Raquel simplemente nos dejó hablar, apenas intervenía con monosílabos, estaba observando y esperando. Estoy seguro de que Alondra también lo notó, las miradas fugaces entre los tres iban haciendo cada vez más evidente que sólo estábamos esperando a que alguien tocara “el tema”.

—Menos mal que Queli te tiene —dijo Alondra, sosteniendo la mano de Raquel y sonriéndole antes de recibir un beso de ella—. No cualquiera saldría a esta hora a lo desconocido por su hermana —continuó, con voz melosa y manteniendo su cara cerca de ella.

—Nos queremos mucho —mencionó mi hermanita, con una especie de orgullo y una sonrisa insinuante—. Te dije —añadió, contagiándole de su risita pícara.

—No estoy segura de que yo haría algo así, la verdad —confesó la chica, acomodándose el cabello lacio.

—¿No saldrías a esta hora por mí si te lo pidiera? —le preguntó Raquel, indignada.

—¿A esta hora? —le preguntó, incómoda—. ¿Yo sola?

—Sería peligroso, Raquel —intercedí, queriendo ayudar a la acorralada Alondra—. No es lo mismo salir de noche para una niña.

—Terminarías viniendo tú por ambas —rio mi hermana

Después de los respectivos chascarrillos, fue Raquel la que decidió poner las cartas sobre la mesa y se levantó de su silla para sentarse en mi pierna, dándome la espalda. Alondra sólo se quedó en silencio, atestiguando cómo los labios que la habían besado ahora se unían a los míos de una manera en que unos hermanos no deberían hacerlo. No fue hasta separarnos que la volteamos a ver, el semblante en su cara era serio, pero aquella mirada suya estaba cargada de lujuria… y curiosidad.

A todo esto, Raquel seguía vistiendo sólo la blusa de Alondra. Era larga y le cubría poco menos que la mitad del muslo. Ella separó sus piernas, permitiéndole ver a nuestra espectadora que no llevaba puesto nada más debajo y también que pudiera observarla cómo empezaba a frotar su entrepierna en mi pantalón.

—¿Sabes por qué viene tan elegante? —le ronroneó mi hermanita—. Viene de cenar con mi hermana —guardó silencio para saborear la expresión de sorpresa en la cara de su amiga—. Ella tuvo que tomar mi lugar —se quejó como haría una niña haciendo berrinche—. Se supone que esta noche la íbamos a pasar él y yo, JUNTOS —puntualizó, acomodando una mano mía en su pecho y sin parar de restregarse en mi pierna—. Pero no contábamos con que alguien saldría con su “sorpresita” —le increpó, fingiendo molestia.

—¿En serio? —comentó ella, desafiante pero con una sonrisa de complicidad—. ¿Yo soy “la otra” aquí?

—Algo así —le soltó Raquel con insolencia, mientras iba acentuando los movimientos de su pelvis, inclinándose en dirección a ella—. Por eso te decía que no quería nada serio. ¡No sabes lo muuucho —arrastró aquella palabra, saboreándola— que me encanta la verga de Luís! No puedo vivir sin ella —añadió, como echándole sal, limón y tequila a una herida.

Y así, el acusado fue llamado a comparecer. El beso de mi hermanita fue lo único que hizo falta para que mi mástil se irguiera de una y empezara a presionar contra mi ropa, además de que mi sangre ya sabía a dónde dirigirse y lo hizo rápidamente gracias a la infame pastilla. Mi libido había estado manteniéndose a raya a causa de todo el estrés desde que estaba en el restaurante, pero tan pronto saboreé esos labios fue como si una parrilla se encendiera y no hubo vuelta atrás.

Su mano buscó a tientas en mi entrepierna y en cuanto pudo palpar mi garrote, bajó de su montura y se arrodilló frente a mí. Alondra ya había empezado a encorvarse para ver mejor todo lo que estaba pasando y cuando cruzamos miradas, rápidamente apartó sus ojos de mí como si no quisiera verme, ya fuera por vergüenza o tal vez, para evitar molestarse con el rufián que estaba a punto de cogerse a su querida “Queli”. Sin mencionar que era su propio hermano.

Por un buen rato, Raquel se dedicó a chupármela como si no la hubiera probado en años. No sólo lamía y besaba mi carne, la engulló hasta que las cosquillas en su garganta la hicieron toser y recordar que tenía un público al cual dar un espectáculo. No lo vi, pero podría asegurar que cuando volteó a ver a Alondra le dedicó una sonrisa descarada antes de volver hacia mí y acomodarnos para que aquella no se perdiera ningún detalle. Pegada a mi muslo izquierdo, Raquel volvió a llenarse la boca con mi tranca hasta las bolas. Dejó escapar a propósito esos ruidos desde su garganta como si se estuviera atragantando, aunque yo podía sentir que no estaba teniendo ninguna dificultad. Estaba haciéndolo para Alondra, cuya expresión se debatía entre el asco y el morbo, pero no podía parar de vernos y eso sólo hizo que mi hermanita empezara a soltar gemidos y más ruiditos de estar disfrutándolo como nunca mientras yo acariciaba su cabeza, sus orejas o mejillas para agradecerle su impecable labor.

—¡Ah! —resopló, sacándose mi verga de la boca para respirar mientras su mano resbalaba a toda velocidad de arriba hacia abajo—. ¡Cómo me encanta tu verga, hermanito! —declamó para que la oyeran, pero viéndome con genuino deseo—. ¡Me encanta tu lechita!  —pujó con voz aguda como una auténtica zorra, sacando la lengua —. Sólo quiero que me llenes toda, todita.

Fue demasiado. Escucharla hablarme así siendo observados por Alondra era simplemente demasiado. Mi descarga salió disparada en dirección a su rostro, obligándola a cerrar los ojos y ella sólo gimió como haría una actriz porno, abriendo más la boca para recibir lo demás sin que su mano dejara de ordeñarme. Solamente verla hizo que yo perdiera el control y me puse de pie, acomodando mi salchicha en su boca y comenzando a penetrarla hasta que una nueva descarga fue directo a su garganta.

Alondra soltó un grito de susto cuando me vio tratar así a Raquel y escucharla atragantarse con mi verga, pero aun así, no se movió de su silla. La cara de mi hermanita estaba roja y el delineador de sus ojos había empezado a escurrir en unas solitarias lágrimas oscuras, pero la expresión que tenía era de auténtico éxtasis que me recordó a nuestra madre al ser humillada. Mi hermana estaba gozando como nunca el estar siendo vista, esa era su fijación. En cuanto me calmé un poco, la ayudé a levantarse y sólo pude adivinar la cara de sinvergüenza que debió mostrarle a su compañera.

—¿Cómo ves? ¿Le seguimos en tu cuarto?

 

El cerrojo estaba puesto en la habitación, después de todo, no sabíamos si Daniel (el roomie de Alondra) podría llegar en cualquier momento. Mi ropa y la de Raquel estaba en el suelo a modo de colchoneta o tapete. Mi hermanita insistió en desvestirme lenta y sensualmente para que la dueña del cuarto nos siguiera observando en silencio desde su cama, a una distancia considerable. Las reglas las puso mi hermana: yo no iba a mancillar la cama que ambas compartían y cualquier contacto físico entre Alondra y yo estaba terminantemente prohibido. Ese era el límite, no hubo objeciones.

Nos acomodamos de perfil a la cama para que la chica pudiera ver claramente cómo mi miembro iba desapareciendo entre las piernas de mi hermana menor, quien nuevamente no dudó en amenizar el acto con su dulce voz. Sus adentros estaban más apretados y más calientes que de costumbre, hacía mucho que no me costaba tanto trabajo meterla toda. La piel se le erizaba con cada gemido que surgía desde su vientre, el estar haciendo aquél escándalo para nuestra espectadora la excitaba más y más. Sus paredes se estrechaban con cada pequeño espasmo que ella misma se provocaba al gemir como putita en una porno, cada ruido era más exagerado que el anterior, buscando provocar más y más a Alondra. Ella nos miraba absorta, sentada en posición de loto y abrazando una almohada para cubrirse.

Lentamente, empecé con el mete-saca. Raquel se preocupó de darle la mejor vista a la chica. Primero se inclinó, arqueando la espalda lo mejor que pudo para que mi verga terminara de entrarle por completo y frotara las zonas en su interior que ella quería; y en cuanto mis embestidas fueron cobrando ritmo, se fue irguiendo para regalarle una buena vista de sus pechos rebotando al compás. Alondra la miraba atentamente, sus pupilas brincaban de una zona a otra, como si no quisiera perderse ningún detalle del cuerpo de su querida Queli, podría jurar que hasta dejó de parpadear.

Yo también estaba disfrutando aquella atención. Mis manos se apresuraron a dar soporte para esos pechos bamboleantes y no dudé en estrujarlos y masajear sus pezoncitos como si buscara obtener leche de ellos. Noté cómo Alondra se mordía el labio y su mano izquierda había desaparecido detrás de la almohada, claramente ocupándose de una comezón que iba creciéndole entre las piernas. A veces, era yo quien embestía y en ocasiones, era Raquel la que chocaba sus nalgas contra mí, pero ninguno nos dimos tregua por el bien del show.

Más pronto que tarde, volví a acabar y lo hice dentro de ella. Ya no me contenía como antes. Hubo un tiempo en que me esforzaba por aguantarme y durar mucho tiempo, pero desde que se fue Tere, mi hermanita y mi madre empezaron a alentarme a no hacerlo y venirme antes. Mamá decía que una sesión larga le provocaba rozaduras más rápido, pero la verdad era que a ambas les excitaba de sobremanera el sentir mi descarga en sus adentros. Los pliegues internos de Raquel se contrajeron y sus caderas se menearon de un lado a otro como buscando chupar hasta la última gota de mí. Y como era costumbre, su lengua se apresuró a limpiarme la verga, regalándole a Alondra una estampa de mi leche escurriéndole entre sus gajos.

Nosotros continuamos, dejándonos llevar por el frenesí. La besé y la recosté boca arriba, para comerme sus pechos y bajar por su vientre hasta encontrarme con mi propia esencia, ya semitransparente. El calor del momento me hizo ignorar el sabor de mi propio clímax y los gemidos exagerados de mi hermanita me orientaron a devorar su intimidad como hacía mucho no hacía hasta degustar el néctar de su orgasmo. Y por supuesto que no me detuve, seguí lamiendo, chupando y horadando con mis dedos; sorteando sus espasmos y sintiéndome orgulloso de escuchar cómo ella le iba costando trabajo controlar su voz. Su pelvis se contoneaba y luchaba con el reflejo de aplastarme la cabeza con sus muslos, pero sus manos se mantuvieron alejadas de mí, me dejó continuar. El sabor de sus jugos me llenó la boca y luego, un chorrito mojó mi cara y por un breve instante, sentí que me ahogaba.

Ahora era Raquel la que yacía casi inerte frente a Alondra y a mí. Los espasmos en sus piernas continuaron por un rato y yo me sequé la cara con la primera prenda que tenía a la mano. En cuanto volteé a mirar a la cama, Alondra ya se había desecho de la almohada y estaba recostada dándose placer y con las piernas bien separadas, tapándose la boca con la mano. Le di unos toquecitos a la pierna de mi hermanita para que viera y aunque tuvo dificultades para ponerse de pie, se apuró en unirse a la chica en su colchón.

—¿Te interrumpo, preciosa? —la oí ronronear, haciendo que Alondra pegara un brinco del susto—. ¿Disfrutando el show?

La pobre no supo qué hacer más que balbucear y sus labios fueron silenciados con los de Raquel. Pude ver que tomó la muñeca de la chica y la volvió a llevar de vuelta a su entrepierna para que retomara su labor. Hubo movimientos bruscos, como si forcejeara, pero sin muchas ganas. No pude escuchar lo que mi hermanita le susurró al oído, pero surtió efecto. La vi recostarse a su costado, asegurándose de restregar su intimidad en aquella pierna pálida y esbelta mientras seguía sujetándola del brazo y susurrándole cosas al oído. La cara de Alondra estaba roja, sus ojos estaban en blanco y se mordía el labio para intentar contener sus gemidos.

—Muéstrale —Alcancé a entender de nuevo la voz de Raquel—. Que vea lo linda que te ves.

Y como si estuviera esperando aquella orden, soltó un chillido agudo que gradualmente se transformó en un grito a todo pulmón. Los dedos de sus pies se encogieron y sus rodillas se alzaron para cerrarse, pero la mano de aquella diabla de pelo castaño fue más rápida y su víctima sólo ahogó un grito. Arqueó la espalda y sus muslos comenzaron a frotarse entre sí como si quisieran moler la mano de mi hermana y empezó a retorcerse violentamente como una lombriz a la que le echaron sal. Tenía las manos pegadas al pecho, pero no hizo ni el intento de apartar a Raquel, sólo se quedó allí, sacudiéndose y gimiendo con los labios cerrados hasta que todo aquello acabara. No sabría decir cuánto tiempo duró aquello, pero yo sentí que fueron varios minutos. Cuando por fin fue liberada de su tortura, la pobre Alondra sólo pudo quedarse jadeando mientras Raquel se relamía los dedos de una mano y le acomodaba el pelo con la otra.

—Casi la matas —le dije desde donde me encontraba.

—¡Uy! Esto no es nada —se ufanó ella, levantándose de la cama—. ¡Si supieras!

—Ven acá —le indiqué, recostándome boca a arriba y mostrándole mi mástil—. Esa estúpida pastilla me está volviendo loco.

Con una risita pícara, mi hermanita se apresuró a acomodarse encima de mí y solita se sentó sobre mi riata. Ronroneó, disfrutando tenerme otra vez dentro de ella, dibujando tenues círculos con su cadera como si quisiera que le revolviera las entrañas. Pero sólo estaba haciendo tiempo hasta que vio a Alondra dar señales de vida otra vez. Fue hasta entonces que empezó a cabalgarme como una amazona, gimiendo cada que sus nalgas impactaban contra mis muslos para deleitar a ese par de oídos extra que la escuchaban.

En algún momento, me incorporé y crucé las piernas para que ella me rodeara con las suyas y se sentara en mi regazo en un abrazo íntimo que volvió a dejar su boca a mi disposición. Era la primera vez que probábamos aquella posición tan mágica. Sus ojos me veían con algo más que lujuria o mero deseo, había un fuego mucho más profundo y reconfortante aguardándome dentro de ella e intentaba llegar a esa llama con mi lengua. Nuestros labios no querían estar separados, era como si nos faltara el aliento cuando justamente teníamos que parar para respirar. Nuestras manos recorrían el cuerpo del otro y cada penetración se sentía como un latido que nuestros corazones querían dar al unísono. Fue realmente mágico, tanto que hasta logró que Raquel se olvidara de que no estábamos solos en aquella habitación.

Unos gemidos tímidos rompieron nuestra burbuja. Y al voltear ambos a ver en dirección de la cama, nos encontramos a Alondra montando su almohada como una posesa, su cara miraba al techo, así que no supo en qué momento la descubrimos. Al ver que Raquel no apartaba su vista de ella, fui yo quien decidí sincronizar mis bombeos con las caderas de la chica y mi hermanita se derritió en mis brazos. Para cuando aquella se supo observada, apenas titubeó antes de continuar con más ganas, clavando sus ojos en Raquel. Yo me incliné hacia delante, sosteniendo su espalda para que no se lastimara mientras la recostaba y Alondra también se alineó conmigo, de manera que fuera más fácil enfocarse en aquella chica de cabello castaño. Levanté su pierna y con aquella pequeña rotación, quedó mirando hacia la cama y su dueña. Y una vez más, fue momento de coordinar mis embestidas con las que recibía la almohada. Cada que mi hermanita me veía de reojo, yo le indicaba con la mirada que no apartara sus ojos de Alondra y así, fue como si estuviera con ambos.

No tardó en llegar a un primer orgasmo y como a mí todavía me faltaba, sólo continué hasta que se vino un segundo casi de inmediato y Alondra tuvo a bien indicarme con su mano en la almohada que era momento de castigar un poco aquel botoncito que transformó sus gemidos y jadeos en un alarido potente y casi animal. Sus piernas se contraían contra mí, pero a mí todavía me faltaba mucho para acabar. No obstante, la chica en la cama tuvo que detenerse al ver el estado de Raquel y tuvo que pedirme que parara.

—Necesita un descanso, nada más —susurró la de cabello negro sin apartar la vista del cuerpo de mi hermanita—. Eso estuvo… bueno. ¡Je! ¡Se ve que le gustó mucho! —comentó, escondiendo la risita tras el dorso de su mano.

Sus ojos repasaban el cuerpo de Raquel a detalle, contemplándola con deseo pero también con un cariño especial y, claro, un poco de orgullo por lo que habíamos logrado. Eso y la ternura que se le escapaba por la voz cuando hablaba de ella hicieron que algo en mi pecho se relajara al mismo tiempo que se anudaba algo en mi garganta. Me hice a un lado, dándole a Alondra el espacio para que bajara y pudiera revisar a su amada de cerca. Fue mi hermanita la que la atrapó en sus brazos y no la dejó ir hasta que su boca estuviera satisfecha.

Yo salí a servirme un vaso con agua y cuando regresé, ellas seguían en el suelo. Esta vez, la cabeza de una estaba entre las piernas de la otra en un 69 que más que tierno y delicado, se veía fiero y violento. Casi no había gemidos, eran más jadeos, resoplidos y gruñidos; como si ambas lucharan por no perder el aliento. Estaban tan metidas en lo suyo que ni repararon en mi presencia, hasta tuve tiempo de buscar el teléfono en mi pantalón, ya iban a dar las 5. No sé si esperaba encontrarme con mensajes de Julia preguntándome qué había pasado con Raquel… a lo mejor, Tere…

Pero mi hermanita llamó mi atención. Ahí estaba, esa mirada felina que buscaba atraerme como un imán… y mi fierro estaba más que preparado. En cuanto me levanté, ella se apresuró en acomodarse y a Alondra de tal manera en que la chica de pelo negro y yo quedáramos separados por el cuerpo de Raquel. Ella continuaría degustando del fruto escondido entre esas piernas pálidas y esbeltas mientras me ofrecía su culito en pompa, meneándolo, incitándome a tomarlo. Me arrodillé detrás y una vez más nuestros cuerpos se unieron, esta vez, sin esfuerzo. Su interior estaba ardiendo y sus pliegues se ensanchaban conforme mi verga entraba y se cerraban generando un vacío repentino ante cualquier intento de retroceder, como si planeara no soltarme nunca. Era la primera vez que me pasaba eso con ella (mamá sabía hacerlo a voluntad y Tere era la auténtica maestra en esa técnica), seguramente nunca había estado tan caliente.

Era evidente que aquel acomodo había sido una maniobra de Raquel para mantener la distancia entre Alondra y yo. En ese momento, yo pensé que era para evitar incomodar a la dueña de la habitación, así que busqué respetar esa medida de separación todo el tiempo. Sin embargo, esta posición nos dejó a Alondra y a mí frente a frente. Ella me sonrió tímida e incómodamente, pero también con esa misma chispa de complicidad que se le había asomado hace rato. Mis manos se apoderaron del culo de Raquel y ella ya sabía lo que se venía porque sus brazos se sujetaron a los muslos de su chica como un candado, quien sólo tuvo un par de segundos para prepararse cuando comencé a embestir con fiereza.

Buscaba poner a prueba la capacidad de sujeción de sus adentros, por un momento, pensé que su canal iba a salírsele; pero más pronto que tarde, sus paredes me soltaron y pude entrar y salir libremente. El chapoteo sonaba por encima de sus gemidos y chillidos agudos. Ya había dejado desatendida a su acompañante, pero seguía aferrándose a sus piernas y ésta, con unos toquecitos, le pidió que se soltara, ofreciéndole su pecho. Raquel dudó un poco antes de reptar por su vientre y refugiarse entre sus brazos, intentando contener sus gemidos por cada estocada que yo lograba conectarle. Lejos de mostrarse incómoda, Alondra comenzó a acariciar su melena castaña, arrullándola en silencio, haciéndome dudar. ¿Acaso me había excedido?

La respuesta llegó a mí al instante y de parte de ambas. Ese culito retrocedió por cuenta propia y mi garrote quedó enterrado nuevamente y esos ojos oscuros entrecerrados se clavaron en mí, Alondra asintió sutilmente y entendí que no era momento para titubear. Esta vez, no busqué ser rápido o pegar fuerte, simplemente me aseguré de repasar aquellos relieves en su interior que la hacían perder el equilibrio y le provocaban escalofríos que sólo la hacían hundirse más en el pecho de la chica de piel blanca. Yo llevaba un buen rato sin venirme, podía sentir mi propio pulso dentro de Raquel y ella sólo alzó más su cabús.

—Dale —susurró Alondra de la nada—. Dale bien.

 Sus palabras apenas se escucharon entre el mar de ruidos, pero hicieron que se me erizara la piel. Había sido tan dulce como incisiva, tan cariñosa como lasciva, ¿sería esa la razón por la que había conquistado el corazón de Raquel?, me pregunté. Volví a sujetarme, esta vez desde la cintura de mi hermanita y mi cadera actuó por cuenta propia. Cada impacto le arrancaba un pujido y poco a poco, su cuerpo iba recorriéndose hasta casi empatar su bocas boca con la de la chica que la sostenía, pero Raquel no era capaz de alzar la mirada, estaba más concentrada en no soltarle un grito o un chillido a la cara. Una vez más, crucé miradas con Alondra y pude ver claramente cómo el fuego del deseo escapaba de sus ojos entrecerrados, asintiendo discretamente, alentándome a seguir.

Llevaba un buen rato sin venirme, así que no me detuve en cuanto el cuerpo de mi hermanita sucumbió a un orgasmo intenso. Fue entonces que Alondra le robó un beso buscando contenerla. Sus caderas temblaban ligeramente al principio, pero conforme seguía bombeando buscando por fin acabar dentro de ella una vez más, éstas iban perdiendo el control como un tren que se descarrila hasta que me obligó a retenerla firmemente hasta alcanzar mi límite.

Raquel tuvo que apartar sus labios de los de la chica para soltar un grito ahogado y rendirse de una vez por todas a los espasmos mientras mi leche buscaba llenar todos los rincones de su interior una vez más. Pasó un rato hasta que su rajita me dejara ir, todavía guardo en mi mente cómo su piel rosada sujetaba mi carne y el ruido que hizo cuando dejó de hacer vacío. Los tres nos quedamos jadeando, sudando e incapaces de decir nada hasta rehidratarnos.

 

—¿Segura que no te quieres quedar? —le pregunté a Raquel al ver llegar el taxi que habíamos pedido por teléfono. Nos encontrábamos ya esperándolo en la banqueta.

—Ya no chance de faltar al trabajo —respondió, acomodándose el pelo sin voltear a verme—. Tengo que cambiarme.

—Y bañarte —añadí, pinzándome la nariz con los dedos y abanicándola, ganándome mi merecido codazo en las costillas. Nos subimos al auto y vi la silueta inequívoca de la inquilina del departamento en el último piso asomarse por la ventana—. ¿Crees que ya no me quiera volver a ver?

—¡Ojalá! —respondió, bufando con la frente pegada a su ventana.

Después de aquel gran final, Alondra insistió en limpiar ella misma mi venida del cuerpo de mi hermana. Lo hizo a mano y con el camisón que había quedado en la cama, bromeando con que yo había ensuciado a su querida con mi cochino esperma incestuoso y tanto ella como yo nos reímos. Sin embargo, una misteriosa vergüenza se apoderó de Raquel y fue ella la que se apresuró en vestirse y anunciar que nos iríamos. No fue capaz de sostenernos la mirada y tanto Alondra como yo sabíamos que estaba de más preguntar. Me extendió la mano con sobrada cortesía y guardando toda la distancia posible, aguantándose las ganas de reírse y cuando fue el turno de mi hermana, la abrazó fuertemente y la besó en la mejilla porque ésta seguía sin poder voltear a verla.

Íbamos de camino a casa, con un cielo que iba tiñéndose de un gris tenue por un sol que todavía no se asomaba por el horizonte. Me acerqué a ella, pegando mi hombro al suyo.

—¿Qué traes? —dije con tono juguetón.

—Nada —farfulló, girando más su cara para no verme.

—¿No era lo que querías? —le pregunté retóricamente, dándole un suave empujoncito. Pero ella guardó silencio—. ¿Estás enojada?

—No —rumió aun sin voltearse pero dejando caer su torso sobre mí, así que la rodeé con mi brazo—. No sé por qué… allá… me cayó todo de golpe.

—Se dice “tener vergüenza” —le dije calmadamente, vacilándola—. Así se le llama. Tarde o temprano te iba a tocar sentirla.

—¡Menso! —refunfuñó, risueña, soltándome un manotazo. Ya no miraba hacia la ventana, pero tampoco alzó la mirada antes de apoyar su frente en mi hombro—. Es tonto… —suspiró después de un rato—. De la nada, me puse a pensar… en lo mal que pudo haber salido todo.

—¿En serio? —le increpé con falsa incredulidad—. ¿Ya, después de que hiciéramos todo lo que hicimos? —No me respondió. Sólo apoyé mi cara en su coronilla y suspiré—. Volviste a tener razón, como siempre. —Ella sólo dejó escapar una risita y se regodeó por el cumplido—. La verdad, ahora entiendo por qué decidiste contarle.

—Ni se te ocurra pensar que vamos a estar haciendo esto cada tanto —me amenazó, clavando su índice en mis costillas tan dolorosamente que hizo que me encorvara—. No va a ser como con Tere.

—Sí, ya vi que ya no te gustó eso de compartir —gruñí para seguir molestándola.

—Ya tienes a mamá y a Julia —respondió tajantemente.

No dijo más, no pude sacarla de su berrinche, así que sólo seguí molestándola el resto del camino. No estaba ciego, los celos de Raquel iban en ambas direcciones, hacia mí y hacia Alondra, eso ayudó a asimilarlo todo más fácilmente. Fue más sencillo para mí sólo aceptar simplemente que las cosas eran así: Raquel nos tenía a ambos por separado, no revueltos. Si tuviera que explicárselo a alguien, dudo que pudiera… o eso pensé.

En cuanto llegamos, fue Raquel quien le soltó a Julia en cara lo que había ocurrido a la menor provocación.

—Cogimos. Los tres. Le conté a Alondra y aceptó que tenga sexo con Luís.

Sólo eso dijo. Subió a su cuarto y se metió a bañar, fue un baño largo. Por mi parte, yo sólo le aclaré a Julia que nada ocurrió entre la novia de Raquel y yo.

—Sólo eso me hubiera faltado —refunfuñó mi hermana mayor, volviéndose al refrigerador y ocultándose tras la puerta mientras agarraba la leche para su cereal—. Una nueva Tere.


Comentarios

  1. Amigo, pues te diré este capítulo no me gustó del todo, la infidelidad emocional de Raquel fue una sacudida, si ella solo quería sexo con otras mujeres está bien pero no con sentimientos reales. Además no te ofendas pero ya casi ni estoy al pendiente de tu historia y me encanta pero creo que se alargó demasiado, pues el prota no ha desvirgado a su hermana mayor y ambos lo desean. Por fa haz que la historia avance.

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    1. Comprendo que no te agrade lo que ocurrió con Raquel, aunque realmente no sé qué más comentar al respecto. Así es la cosa. Y sí, la historia ya está llegando finalmente a su conclusión. Queda poco por contar realmente.

      Gracias por seguir la historia hasta aquí.

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  2. Tomando en cuenta la fijación que tenemos con Julia, imagino lo desafiante que resulta hacer un capítulo que no la tenga como protagonista.

    No obstante, me parece que estuvo muy bien logrado. Seguimos dándole profundidad a las personas de la historia y hasta este momento Alondra era solo un nombre y su relación con Raquel un misterio, que sinceramente no me interesaba desvelar pero me gustó lo que se hizo. Estuvo interesante.

    Sigo muy atento cada entrega y me debato entre sí quiero que Julia estén juntos ya o sigan desbloqueando niveles, si lo primero implica el fin de la saga…prefiero que suceda la segundo.

    Gracias por perseverar.

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    1. Era importante que encararan esa situación tarde o temprano. Como ya sabemos, estos son los últimos tramos de la historia. Muchas gracias por seguir leyendo hasta aquí.

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