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“No te quiero compartir… ni con mamá ni con Raquel… ni con nadie más”.
Esas habían sido las palabras de Julia.
Yo me quedé petrificado con lo que acababa de escuchar. Los ojos de Julia estaban clavados en mí y la manera en que se mordía el labio inferior sólo me ponía más nervioso. ¿Estaba hablando en serio?
—¿Cómo? —pregunté, perplejo.
—Eso —respondió, jactándose de lo clara que había sido—. Si quieres meterla aquí —dijo, sujetando firmemente mi muñeca y haciendo que mis dedos engarrotados repasaran la entrada a su vagina—, ese es el trato. Si no soy suficiente para ti, entonces quédate con mamá y Raquel… y su noviecita… o las que vengan después.
Y allí estaban, de nuevo esos ojos color miel que ahora me perforaban como un par de cuchillos afilados y que se resentían hasta el fondo de mi ombligo. Ella se humedeció los labios esperando mi respuesta, no había dudas en su rostro. ¿Acaso estaba tan segura de cuál sería mi respuesta? ¿Acaso ella sabía de antemano qué iba a elegir? Su boca primero se torció en una media sonrisa que sentí perversa, pero fue peor cuando ésta se le fue desdibujando.
—Bueno. Está más que claro, ¿no? —dijo con voz apagada y poniéndose de pie.
—¡No! —brinqué como un resorte y tomé su muñeca—. ¡Espera! Yo… no… no me esperaba…
Me estaba dando la espalda, tomó una bocanada de aire y me miró, con los ojos bien abiertos y una cara inexpresiva. ¿Qué podía responder? Cada segundo que nos quedamos en silencio sólo hicieron que el aire se volviera más denso y la sangre abandonara mis manos y pies.
—No… no pensé… creí que tú…
—¿Qué? ¿Creíste que estaría contenta de seguir siendo una más? —dijo encarándome con una voz tan fría que me caló los huesos—. Después de todo… todo este tiempo… Todo lo que me he estado aguantando hasta ahora, ¿tú crees que me gusta la idea de ser una más en la banca por el resto de la vida, esperando a ver cuándo se te antoja estar conmigo?
Aquello no fue un balde de hielos, fue un puñetazo, un gancho al hígado. Me vi de nuevo encarando el hecho de que hasta ese momento había sido sólo un tipo con mucha suerte, demasiada. Digo, había estado cogiéndome a mis hermanas, a mi madre y a más mujeres con el conocimiento y hasta consentimiento de todas… estas cosas sólo pasan en películas porno y cuentos eróticos. Había estado viviendo un sueño y este era a lo mejor la vida diciéndome que era momento de despertar. Sólo pude balbucear, no era capaz de hilar una frase coherente que no me hiciera ver como un imbécil.
—Luís, te quiero… te amo —dijo esta vez con voz dulce y tomando mi mano suavemente—. Te amo tanto que no quería ponerte en esta situación. No me quise interponer todo este tiempo… porque ya sabía que esto pasaría —declaró, apesadumbrada y haciendo una pausa dolorosa—. Pero ahora, que ya sé lo que se siente… estar contigo, que me quieras como lo haces y que me hagas sentir la mujer más amada en este mundo —decía mientras jugueteaba con mi pelo—; ya no sé si puedo seguir así… Quiero estar contigo… nada más.
Allí estaba de nuevo, la sensación de estar golpeando un muro de piedra con mi rostro, de estar impactando el suelo tras una caída libre abismal. ¿Cómo había podido ser tan ingenuo? ¿Cómo había podido imaginar que este tipo de cosas iban a seguir pasándome y que esta suerte nunca se me iba a acabar?
—Estoy siendo injusta…
—No… —respondí por reflejo.
—Pero no quiero seguir mintiéndome, Luís —continuó con una voz sedosa, volviéndose a sentar en mi pierna—. No quiero dejar pasar el tiempo y aguantar en silencio el hecho de que nunca quise estar en esta situación, cuidándome de lo que mamá y Raquel puedan estar pensando de mí, preocupándome todo el tiempo por no estar acaparándote. Aquella noche en el restaurante —continuó con ensoñación—, me olvidé de ellas. Igual anoche… cada que podemos estar solos… es… ¡Ah! Es liberador.
«Luís, yo sé que estoy siendo injusta contándote todo esto —repitió con énfasis y viéndome con una expresión que me hizo aguantarme las ganas de volver a contradecirla—, pero también estoy tratando de ser honesta, contigo y conmigo. Y yo sé que puedo. Sé que podemos seguir así como estamos… pero, la verdad, no sé hasta cuándo podré soportarlo.
Guardó silencio un rato y apartó la mirada, la oí respingar y creí que estaba llorando. Mi mano soltó la suya para tratar de acariciarla, no supe qué decirle. En silencio, palpé la suavidad de su piel y sentí el calor transfiriéndose de su cuerpo al mío. ¿Qué podía decir? Era obvio que no era tan fácil como decirle que sí… o que no. Yo simplemente no podía tomar esa decisión en ese momento. De repente, Julia relajó los hombros y volvió a mirarme, inclinando la cabeza y volviendo a poner su mano en mi mejilla.
—Puedes seguir usando mi culo y el resto de mi cuerpo si quieres —soltó de repente con un tono bastante extraño, exagerado—, pero mi chuchita… —hizo una pausa y tragó saliva— es sólo para el hombre que me dé mi lugar.
Y fue allí que me desconcerté, tanto por lo que había dicho como por la forma en que lo hizo, había algo raro. La miré, completamente extrañado por esas palabras y ella me sostuvo la mirada con los labios fruncidos. Poco a poco, una sonrisa temblorosa fue apareciendo y de pronto, rompió en una risita cristalina. Al principio, me pareció una risa malévola, villanesca, pero pronto entendí que me había jugado una broma terrible.
—¡Ay! ¡Por Dios! ¡No puede ser, tu cara! —decía en medio de sus risotadas—. ¡Ay, Luís! ¡Perdón! —se lamentó como si le diera ternura, abrazándome y apretando mi rostro entre sus melones—. ¡Perdón, pero no pude resistirme! ¡Te pusiste blanco, blanco! —exclamó con una voz que se iba volviendo más aguda—. ¿Cómo crees que yo… —intentó recuperar la calma, según ella, escondiendo su risa con una tos falsa—. ¡Ay, no!
Si me dieran a escoger entre volver a vivir ese momento o recibir un balde de agua helada, preferiría el agua. La presión me debió bajar tanto que me dejé caer sobre el asiento de vaqueta que hacía de sofá principal. Julia siguió disculpándose por un buen rato mientras me llevaba a la cama y nos recostamos juntos. Me recosté en su regazo y me hizo piojito en el pelo, pidiéndome perdón cada tanto hasta que por fin empezó a hablar. Dijo que estaba plenamente consciente de que yo no iba a ser capaz de escoger entre ella, Raquel y mamá.
—Y a pesar de que sería más feliz sin tener que compartirte —puntualizó, lanzándome una mirada de resignación—, ya estoy en paz con la idea. Tere y Emma siempre me dijeron que el amor no tiene que estar limitado a una persona y las dos se empecinaron en querer convencerme que la monogamia es “cosa del pasado” —rio con desaprobación y un poco de nostalgia—. Pero luego, tú mismo me hiciste ver —dijo, viéndome a los ojos con una expresión más de acusación que de alivio—. Aunque no me guste, no puedo acusarte de quererme menos que a mamá o a Raquel… o a Tere; la verdad. Lo veo en tus ojos, lo veo en ellas… y ahora que lo he vivido en carne propia, lo sé —concluyó y su mirada se suavizó.
«Esto que hiciste para cada una de nosotras en San Valentín… fue especial. La atención que nos pones a cada una y el hecho de que pudiste entender lo que buscamos en ti… ¡cada una! —exclamó con un hilo de voz que me hizo levantarme. Sus ojos se humedecieron y su sonrisa hizo que las palabras le salieran temblando— Me haces creer en que quizás no sea algo tan descabellado.
Aquello fue como una caricia a mi alma y a mi culpa. Julia me había dejado caer un instante a las mismísimas puertas del infierno y ahora me había llevado al cielo únicamente con sus palabras. Quizás lo había hecho con esa precisa intención, de que yo pudiera terminar de comprender lo verdaderamente afortunado que era y que supiera valorar lo que teníamos y así atesorarlo. Nos dimos un beso más y escuché atentamente todo lo que Julia había decidido finalmente compartir conmigo, todo lo que sentía y pensaba.
Me hizo saber lo que veía en mí y lo que seguramente “todas las demás” también harían. Incluso bromeó acerca de abrir el cupo nada más a una mujer más en caso de que volviéramos a necesitar una novia pública otra vez.
—Y si en algún momento Tere vuelve a aparecer —aclaró—, te tendrías que deshacer de la otra. Ella siempre tendrá prioridad.
Sonreía y me besaba cada tanto, haciéndome olvidar aquél mal trago de hace rato y demostrándome que todo estaba bien. Eso sí, no sólo me reiteró otro par de veces que en el fondo ella preferiría que estuviéramos juntos sólo los dos, sino que también se aseguró de recalcar enfáticamente que no tenía la más mínima intención de participar en “orgías” y “cochinadas” con nadie más, ni con Raquel ni con Sandra.
Terminó confesándome que la noche anterior habíamos recurrido al anal porque sabía que era algo que a mí me gusta y quiso averiguar primero si sería algo que ella estuviera dispuesta a repetir o si lo tendríamos que descartar para siempre. Para mi suerte, mi hermana admitió que le gustó más de lo que esperaba, reclamándome como si fuera mi culpa. Además, confirmó mis sospechas y no se contuvo diciéndome lo mucho que le excitaba verme cogiendo mamá y Raquel, admitiendo que se tocaba mientras nos escuchaba y que hasta también se lo imaginaba estando a solas.
—O sea, te gustaría tenerme sólo para ti, ¿pero te excita que lo haga con ellas? —la afronté con un falso asombro.
Ella desvió la mirada y se encogió de hombros, lo que me provocó abalanzarme sobre ella y comérmela a besos. Terminamos sentados, conmigo apoyado en las almohadas y ella, sobre mí y con mis brazos y piernas rodeándola, ambos con la mirada perdida en la puerta del cuarto, con la luz de la ventana a nuestras espaldas y disfrutando simplemente de la sensación de la piel del otro. Y así, continuamos platicando. Fue mi turno de admitir que me había gustado verla tomar la iniciativa el día anterior y ella reconoció que también lo disfrutó, pero que también le gustaba cuando yo lo hacía y aprovechó para aclarar que no le interesaba para nada la idea de ser sometida o humillada como a mamá.
—Anotado —respondí mientras me ponía a jugar con su pezón, provocándole una risita—. Nada de látigos ni golpes ni nalgadas.
—Una que otra de vez en cuando está bien—ronroneó con picardía.
—¿Y una ahorcadita? —pregunté deslizando mi mano por su cuello.
Ella chilló y se encorvó, pero no apartó mi mano. Sólo acaricié el contorno de su tráquea suavemente con mi palma extendida y palpé los huesos de su mandíbula mientras ella suspiraba. Me preguntó si eso me excitaba, como si su mano no estuviera examinando a tientas mi verga atrapada entre sus nalgas. Me hizo describirle detalladamente las diferencias entre coger con mamá, Raquel, Tere e incluso me preguntó cómo había sido coger con Alondra. Le repetí que ella y yo no habíamos hecho nada y tuve que contarle a grandes rasgos lo que pasó esa noche en que la abandoné en el restaurante. Quería que supiera lo que sí y lo que no había ocurrido (dejando de lado uno que otro detalle incriminatorio, por supuesto). Pude oírla resoplando mientras le relataba lo que nuestra hermanita y su novia hicieron delante de mí. Y aunque ella recalcaba cada tanto que no sería capaz de hacerlo con alguien más presente, no me detuvo cuando empecé a hablarle de las veces en que Raquel y yo habíamos compartido cama con mamá o con Tere.
Terminamos recostándonos uno frente al otro. Julia me escuchaba con atención, casi sin parpadear, con el rostro sonrojado y una respiración que seguía agitándose cada vez más. Cada detalle picante que le compartía la hacía suspirar, relamerse los labios sutilmente, tragar saliva o de plano, mover un poco la cadera. Al principio, buscó disimularlo, pero luego, pude ver que la comezón entre sus piernas empezaba a ser difícil de soportar. Ya ni siquiera me estaba preguntando nada, yo sólo seguía hablando sin parar, contándole cuanto detalle morboso recordara y disfrutando verla masturbarse ya no tan disimuladamente. Así fue como terminé contándole que nadie superaba a Raquel en mamadas y compartiéndole hasta dónde llegaban los gustos masoquistas de nuestra madre. Tuve incluso la osadía de decirle que me había orinado en su boca y ella no dejó de tocarse, simplemente rio con descaro y dijo que le alegraba que yo fuera “EL macho para las tres”.
—Eso suena horrible —mentí para oírme decente.
—Pues tampoco te tomes a la ligera. Es un título y no es para que te duermas en tus laureles, ¿eh? —me advirtió, hundiendo su índice mojado en mi pecho con una sonrisa pícara—. Cada una sabemos valernos por nuestra cuenta —comentó, mirando con ojos entrecerrados la trayectoria que trazaba su dedo sobre mí—. No pienses que estamos ni atadas a ti ni a nadie, tenlo bien presente.
«Quién sabe hasta cuándo durará todo esto, pero cuento con que te portes a la altura —agregó con una expresión más alegre, aún con los ojos entreabiertos— y que nos sigas atendiendo así, a todas por igual.
—Eso intento —resoplé, abrumado.
—Hasta ahora, vas bien —respondió con una voz dulce antes de besarme en la mejilla—. No me queda la menor duda de que serás… que eres capaz —se corrigió, sonriéndome con emoción—. Y que tampoco se te olvide —añadió entrelazando nuestros dedos tímidamente— que cuando se te atore la carreta, vas a tenernos a las tres allí para ti también, eso tenlo por seguro. En las buenas y en las malas.
—¿En la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe? —le pregunté a modo de broma y de reto.
—¿Vas a darnos un anillo a cada una? —preguntó coquetamente, acercándome su dedo desnudo a la nariz. Yo aproveché para llevármelo a la boca y ella chilló—. ¡Ay, menso! ¡Un anillo de babas no cuenta!
—¡Rayos! Ahora tendré que ir a alguna tienda de empeños, no me alcanza para darles un diamante a cada una —bromeé y ella pinzó mi nariz con sus dedos a modo de reprimenda.
—¡Menso! ¡Ni quien quiera una cosa tan costosa! —se apresuró a comentar con gesto de disgusto—. Además, ni modo de que salgamos a la calle con un anillo de casadas —señaló, haciendo un ademán con su palma extendida.
—¿Te imaginas lo que la gente diría si te vieran con un diamante en tu mano? —pregunté con la voz todavía mormada por la presión en mi nariz, a lo que Julia quitó su mano.
—¡Ay, no! ¡Qué horror! —exclamó, ruborizándose—. Michelle estaría insoportable. Si de por sí… ¡Ay, no! —chilló con una voz agudísima— ¡No vayas a comprarnos nada! ¿Eh? —me amenazó de verdad.
—Y pensar que hace rato me dabas miedo —solté sin pensar y de inmediato apreté los labios, preguntándome si no habría metido la pata.
—¿En serio? ¡Ja! ¿Te doy miedo? —preguntó ella con una falsa incredulidad y un tono petulante. Aun así, su voz seguía sonando alegre y juguetona, pero su mirada aguzó de nuevo. Se levantó y gateó para quedar sobre mí otra vez, con sus manos plantadas a ambos lados de mi cabeza—. ¿Te di miedo yo o te dio miedo elegir?
—¡Uf, también! —me sinceré, procurando mantener la calma ante ese par de melones meciéndose tan cerca de mi cara—. Pero aparte de eso —añadí, mirándola fijamente—, puedes ser intimidante cuando te lo propones, hermanita —rematé, imitando la manera en la que ella me había estado llamando.
—¿Y eso te molesta? —susurró sedosamente, dejándome sentir el calor de su aliento en mi frente—. Y yo, que pensé que te gustaba…
—Una cosa no quita la otra —contesté, siendo una vez más víctima de mi boca suelta.
Ella sólo me besó, a lo mejor así aprendía a callarme. Fue un beso lento, muy lento… y ardiente. Sus manos apresaron mi rostro y por un instante mientras mi cabeza se hundía en la almohada bajo su peso, sentí que perdía el aliento. No me quejé, aunque sí tomé una aparatosa bocanada de aire antes de que ella volviera a poner a prueba mis pulmones sólo por diversión. Se la pasó agazapada sobre mí, apresándome bajo su ser y disfrutando decirme que no con una sonrisa casi cruel cada que le pedía que me dejara levantarme. No sé si haberle confiado a Julia el miedo que podía provocarme haya sido mi error más grande o un accidente afortunado, porque desde entonces, cada que a ella le entran ganas, goza de convertirme en presa de sus juegos más ocurrentes y perversos.
Entre besos e intentos por sofocarme, sus pechos se apretaban contra mí. Un par de veces me los acercó a la cara sólo para negármelos en el último momento. Su muslo frotaba mi miembro cada cierto tiempo, lo hacía sólo para mantenerlo despierto. Esa mujer que tenía encima sonreía con lascivia y algo de malicia cada que apartaba su rostro del mío, no conservó ni una pizca de aquella inocencia que alguna vez le atribuí. Ahora, buscaba provocarme como había hecho el día anterior, pero esta vez era mi turno de dejarle en claro que mi paciencia tiene un límite. Cuando tuve suficiente de ser su juguete (un rato considerable, he de ser sincero), no se me hizo difícil liberarme e intercambiar lugares con ella.
Mi hermana no se molestó, su sonrisa no desapareció, al contrario, se acentuó. No se lo iba a decir, pero algo en esa pícara forma de sonreír me recordó tanto a Raquel y a mamá. No era sólo el físico, esa expresión de orgullo y satisfacción por sacarme de mis casillas es algo que a lo mejor los cuatro llevamos en la sangre. Todo en su rostro me desafiaba, sus ojos, su lengua sobresaliendo entre sus dientes y esas piernas que se restregaban en mis costados.
—¿Qué? —soltó ella a modo de reto—. ¿Te vas a quedar ahí, parado?
Y ese fue el acabose de mi autocontrol. Disfruté hacerla chillar como si la estuviera atacando una bestia salvaje. Mi boca no dejó una zona expuesta de su cuello sin lamer, besar o mordisquear antes de bajar a sus pechos. Chupé con tanta fuerza que mi mente hasta imaginó el sabor que tendría su leche y ella aullaba, encajándome las uñas en los brazos y apretándome la cadera con sus muslos. Mi lengua repasó hasta los depósitos de sudor bajo los brazos y en los pliegues entre sus tetas y me guio en la travesía que era deslizarme por su vientre. Yo sabía cuáles sitios presionar con las yemas de mis dedos, esas zonas que se esconden a los costados entre su ombligo y su pubis y la hacían gruñir entre el mar de gemidos y la hicieron alzar las piernas por reflejo. Éstas descansaron en mis hombros al fin y allí tuve una vez más frente a mí mi manjar más preciado.
No estaba seguro, pero preferí pensar que ella no se había venido sólo por haber lamido la entrada de su almejita y sólo bebí sin hacer caso a sus espasmos. Ni mis dedos, ni mis labios ni mi lengua le dieron tregua. Me di el festín de mi vida, luchando por maniobrar entre sus sacudidas y la prensa de sus muslos. Ya ni siquiera me llenaba el sabor combinado de su néctar y su sudor, yo sólo iba tras esa explosión. Y Julia lo sabía, sabía que ese orgasmo que se venía no era lo que yo estaba buscando y que ni de chiste me iba a detener allí. Allí estaba, esta vez era inconfundible, un grito contenido y una sacudida breve eran mi señal para levantarme. Con mi cara por fin libre, pude contemplarla plenamente, por completo a mi merced, jadeando y respingando cada tanto. Mi índice y corazón se pusieron a merodear alrededor de su pubis y ella se preparó para lo que venía. Era ahora yo quien le sonreía por encima y en cuanto vi su boca abrirse para decirme algo, mis dedos atacaron. No era momento de platicar.
—¡A-AH! —soltó con un alarido y tratando de aplastar mi mano entre sus piernas.
Me deleité con la vista de su cuello desprotegido cuando su mentón se alzaba entre los espasmos y la piel se le pegaba a la tráquea con cada aspiración turbulenta. Sus manos se encajaron en mi antebrazo, pero ni siquiera intentaron tirar de mí, a lo mejor sólo quería hacerme sentir una fracción de las descargas que debía estar sintiendo. Y así, cuando sus alaridos me anunciaron un segundo orgasmo, volví a acomodarme.
Ella tardó en reaccionar, estaba naufragando todavía entre aquellas olas que debían estar recorriéndola de pies a cabeza, pero cuando por fin reparó en mi presencia, ya no podía hacer nada para quitarme. Mi mano resbaló por la cara interna de su pierna y en lugar de cerrarse, su compás se abrió lentamente. Una mirada apenas lúcida pero incitante buscaba ocultar aquella pizca de miedo que se escondía en lo profundo, un temor perfectamente natural y entendible que se manifestaba en ligeros respingos cada que mis yemas acariciaban una zona distinta de su piel.
—Estoy lista —contestó ella a una pregunta que nadie hizo.
—Lo sé… —respondí sin pensar.
Me dejé atraer por el magnetismo de sus labios y allí pude percibir más claramente que estaba temblando. Fue su lengua la que acudió al encuentro con la mía y sus hombros se relajaron, haciéndola fundirse con las sábanas y rodeándome con sus brazos. Por un instante, estábamos flotando en una nube. Mi fierro se recargó en entre aquellas puertas suaves, hundiéndose justo donde su piel se separaba. Julia se aferró a mi espalda sin encajarme las uñas, sus músculos se tensaban por instantes y solitos se volvían a relajar, como repitiéndome telepáticamente aquellas palabras que acababa de decir.
En el momento en que mi punta se hundió más, perdiéndose en su piel y se situó entre aquel otro par de labios, rosados, cálidos y humectados; su boca ahogó un gemido dentro de la mía. Ella soltó un quejido al sentirme acariciar el borde de su entrada, aunque yo todavía no hubiera entrado. La besé en la mejilla para que se tranquilizara, pero tenía sus ojos cerrados fuertemente. Por un instante, dudé si sería mejor intentar algo distinto, pero fue su cadera la que acomodó mi tranca y finalmente me hizo entrar.
Su boca me arrebataba el aire, pero no podía descuidarme. Avancé lentamente. Yo estaba sudando de verdad, sólo esperaba el momento en que me encontraría con esa tela que mis dedos y hasta mi lengua habían palpado tantas veces antes. Y cuando de pronto sentí sus adentros rodeándome y cerrándose a mi alrededor con firmeza, me paralicé. No sentí que hubiera topado con nada y Julia no había ahogado un quejido o un ruido de dolor, había sido un gemido. Fue hasta entonces que me percaté: mi glande había entrado por completo. Estaba dentro, había rozado su punto débil. El frío me recorrió la espalda, no hubo ninguna señal de alarma hasta ese momento. ¿Acaso había atravesado su himen sin notarlo?
Aparté mi rostro del suyo para verla mejor. Sus ojos seguían bien cerrados y de inmediato me hizo volver a unir nuestros labios. Mi cadera intentado retroceder por reflejo, pero sus piernas se pegaron a mí para impedirlo. Parecía que ella tampoco se había dado cuenta (eso era bueno, ¿no?), yo no podía creérmelo. No tenía duda de que habíamos cruzado aquella barrera y el cuerpo de Julia me instó a reanudar labores, pero aun así me seguí preguntando por qué ninguno de los dos habíamos sentido nada.
Recuerdo la parsimonia del proceso, la suavidad con la que esas paredes cedían y la forma en la que mi carne iba siendo envuelta, así como el calor que se intensificaba con cada milímetro que avanzaba. Ambos respirábamos entrecortadamente, yo seguía preocupado por mantener la calma y no apresurarme. Me movía lentamente. Cada que me adentraba un poco más y sentía algún temblor, esperaba hasta que sus adentros me dijeran cuándo continuar, sólo entonces, lo hacía. Julia sólo contuvo un par de gemidos, pero no hubo alguna otra señal de alarma, incluso era ella la que se movía para que pudiera seguir adelante.
Otra cosa que me resultó difícil fue aguantar las ganas de volver a separar nuestras caras para revisar si hubo algún sangrado, pero quizás lo mejor era evitar que ella lo notara. Ahora me parece algo tonto haberle dado tanta importancia a algo así, pero en ese momento yo estaba bastante preocupado. Lo único que podía hacer era continuar y afortunadamente, no hubo ningún inconveniente. Claro, Julia seguía respirando agitadamente, conteniendo sus gemidos y aferrándose a mis labios y mi lengua como si de ello dependiera su vida; pero fuera de eso, mantuvo la calma hasta que mi tranca entró por completo. Abrió los ojos y su mirada revisó por todos lados antes de encontrarme, estaba igual de sorprendida que yo.
Sus ojos se humedecieron al instante, su sonrisa llamó a mi boca una vez más y sus piernas se sumaron a aquel abrazo tan mágico como irrepetible. A diferencia de la noche anterior, mi mente no estaba celebrando estar “por fin” adentro. No, era de nuevo como si tuviera una especie de deja vu, como hubiera soñado tantas veces con ese momento que una vez más sólo podía sentirme nostálgico al respecto. No puedo explicarlo con palabras, simplemente, era algo que se sentía familiar, aunque sabía que no se sentía como nada más… ni como nadie más. Era yo ahora quien tenía problemas para respirar y una lágrima se me resbaló por la mejilla sólo para ser atrapada por su mano.
—Por fin, hermanito —dijo eso y una descarga me recorrió la columna—. Te amo.
Y todo se volvió borroso. La luz, el sonido, el aroma… el recuerdo de lo que pasó después no hace otra cosa que arremolinarse en mi mente, sólo puedo decir que de nuevo se sintió como estar dentro de un sueño maravilloso, uno que al fin se estaba volviendo realidad. Fue como si por un instante, las siluetas de nuestros cuerpos se desdibujaran brevemente y no hubiera una línea clara que nos separara. Lo siguiente que viene a mi mente es escuchar mi nombre siendo aullado con una voz aguda.
—¡Hum! ¡Sí! ¡Ah! ¡Ay, sí! ¡Luís, sí! ¡Sí! —gemía cada que nuestras lenguas se separaban con una voz totalmente ajena, frenética, descompuesta por la lujuria—. ¡Lo quiero todo, Luís! ¡Dámelo todo! —chillaba con desesperación acompañando cada uno de mis bombeos—. ¡Adentro! ¡Lo quiero todo adentro! ¡Luís! ¡Dámelo!
Ninguno podíamos detenernos y el vaivén de nuestras caderas era intenso, pero sin ser rápido ni violento; como un masaje. Ella en ocasiones chocaba su cadera con la mía como un reflejo que no podía controlar y recuerdo que cuando lo hacía, su interior se achicaba. Sus piernas me retuvieron todo ese tiempo y harían hasta que me vine dentro de ella.
—No la saques —jadeó finalmente después de un rato—. Hoy vas a vaciar todo aquí y no vamos a parar hasta que no saques todo, hermanito. To-do. .
Y eso fue una sentencia para ambos. Mi erección no iba a calmarse permaneciendo en su interior, así que al poco rato nos encontrábamos de vuelta a la carga en esa misma posición. Al igual que la noche anterior, no nos fue posible respetar aquella prohibición de salirme cuando empezamos a cambiar de posiciones. Le pedí que se recostara de lado y me llevé su pierna al hombro, aprovechando la lubricación adicional que nos ofrecía mi leche y acariciando el fondo con mayor facilidad. Luego, ella se apoyó con sus manos y codos. Ella me ordenó no retirar el plug de su esfínter, pero no me prohibió juguetear con él mientras agarraba velocidad con mis embestidas. En definitiva, era prácticamente un joystick y cuando lo sacudía, sus paredes se estrechaban y ella era incapaz de contener sus gemidos. Ambos acabamos casi al mismo tiempo, mi segunda descarga fue casi tan abundante como la primera y empezó a derramarse por su entrada. Aún así, sus pies se engancharon a mis piernas para que no me moviera y aguardé pacientemente a que ella se recuperara y me diera la indicación.
Y así, sin detenernos a descansar ni siquiera para beber algo o de limpiar el desastre en que se estaban convirtiendo nuestros cuerpos, seguimos. Acabó siendo un auténtico maratón para ambos, estábamos cubiertos de sudor y seguramente, una nube de hormonas flotando alrededor de nosotros junto al aroma a sexo y falta de razón. Fuimos perdiendo el miedo conforme la luz de la ventana se iba tornando rojiza con el atardecer. Nuestras bocas devoraron lo que encontraran, aunque fuera mi propia semilla escurriendo de sus labios rosados y blandos o de mi verga hirviente y palpitante. Sus pies también demandaron mi atención y no vacilé en consentirlos como merecían y Julia sonrió complacida. El resplandor en sus ojos al verme juguetear con ellos es algo que desconecta algún cable en mi cerebro y simplemente me entrego por completo a sus caprichos sin cuestionar. Ya sea que ella repase mi chile con la planta de sus pies, que lo frote con sus gajos hinchados y empapados para volverme loco o que sus labios hagan lo que les plazca con mi lengua; lo disfruto, disfruto ver que ella lo goza.
Todo terminó con ella montada sobre mí. Nuestras caderas ya no nos obedecían y sólo actuaban por inercia, correspondiendo los movimientos del otro y sin ser capaces de detenernos. Nuestros jadeos y gruñidos apenas se alzaban sobre el ruido sordo de nuestros cuerpos chapoteando. En ese momento, ya sólo éramos rehenes de nuestros instintos y cuando me vine por última vez, apenas y fue meramente un gesto de rendición. Mis bolas habían sido vaciadas como hacía mucho no me pasaba y sentí que había sido exprimido como un limón. Miré a mi lado y vi a Julia, exhausta, completamente despeinada y con una expresión descompuesta por el placer y agotamiento; con la cara roja, el maquillaje arruinado, jadeando igual que yo; y mi sonrisa se extendió de oreja a oreja.
—¿Un descansito antes de continuar? —sugerí con desfachatez, recurriendo a lo último que me quedaba de fuerzas para sentarme al borde de la cama.
—¡Órale! —bufó ella, pujando sólo por girar sobre sí misma pero haciéndose la fuerte igual que yo—. Ya ahorita ni te salió nada, pero si quieres que le sigamos, adelante.
Era obvio que ambos estábamos fanfarroneando y nos ganó la risa cuando ninguno pudo siquiera levantarse de la cama sin quejarnos. Sólo me recosté a su lado y comencé a acariciar su piel, ya sin frenesí, dejando que mis dedos resbalaran con su sudor. El frío nos hizo estornudar y nos cubrimos con las sábanas. Se nos había hecho de noche y nuestros estómagos tuvieron que conformarse con el agua del grifo porque sabíamos que el restaurante ya debía estar cerrado.
Abrí los ojos antes de que el sol saliera, con Julia acariciando aquella parte de mí que siempre se despertaba primero. Me sonrió, emocionada y no perdió la oportunidad de descender y provocarme con su boca, pero tuve que ser precavido y detenerla. No sólo estaba algo rozado, tampoco quise gastar mi munición tan pronto. Por fortuna, mi boca y manos estaban disponibles para ella. No me comporté como la bestia salvaje del día anterior, tuve la misma consideración que le hubiera tenido a mi rifle, era sólo mi forma de darle los buenos días.
—¡Rápido o vamos a perder el paseo otra vez! —me decía mientras me acariciaba detrás de la oreja.
—Tampoco nos vamos a perder de mucho —respondí con indiferencia, entreteniéndome succionando entre sus pliegues y lamiendo furtivamente su botoncito hinchado y endurecido sin ninguna prisa—. Aquí están las montañas y valles que quiero explorar —añadí, estrujando la teta que tuviera más cercana.
—¡Ay! —se lamentó con ironía entre risitas— Y yo, que quería ver el amanecer.
En efecto, ese día también nos perdimos el recorrido guiado, más que nada porque después de mi ración de su fruta también me entretuve con el resto de su cuerpo cuando nos bañamos juntos. Julia se quejaba de que tenía mucha hambre, pero tampoco hizo mucho esfuerzo por quitarme cuando me enajené explorando sus cavidades bajo el rocío de regadera. Esta vez, tuve el honor de ser yo quien lubricara su esfínter con mi lengua, prescindiendo del gel y de colocar su juguete cromado en el lugar que ahora le pertenecía. ¡Cómo disfruto verlo perderse entre sus cachetes! Y demostrándome una vez más la mujer precavida que es, mi hermana mayor sacó de su maleta la misma pomada que días antes había aliviado y volvió a aplicármela ella misma con una sonrisa cálida y atenta.
Por mi parte, aunque el desayuno nos supo a gloria a ambos y disfruté de caminar a lado de Julia entre el bosque con los rayos dorados del sol colándose entre los encinos y el rumor de pájaros de fondo; sufrí bastante. Entre bromas y risas, entre besos y toqueteos, toda esa mañana tuve que soportar una erección dolorosa cada que Julia se ponía muy cariñosa colando sus manos bajo mi camisa o susurrando ideas sugerentes de lo que podríamos estar haciendo en ese lugar si tuviéramos la certeza de estar solos en ese cerro. Ella lo sabía y se reía de mi frustración, me torturó con cuanta idea pervertida se le cruzara por la cabeza (cosas que estoy seguro que en la vida real ni se atrevería a intentar) sólo para impedir que la sangre abandonara mi entrepierna. Mientras yo me doblaba del dolor que sentía bajo el cierre de mi pantalón, sólo atiné a sobrellevarlo con bromas y uno que otro toqueteo por encima de su ropa.
—A ver si como roncas duermes —la amenacé, rugiendo detrás de su oreja cuando ya no pude aguantarlo más.
La tenía sujeta por detrás, estrujándole las tetas por encima de su chamarra con ella apoyándose en un tronco. Había llegado el momento de poner a prueba sus palabras y estaba dispuesto a tomarla por la fuerza si fuera necesario. Ella chilló cuando mi mano tiró de sus jeans con fuerza y me detuvo.
—Aquí, no —suspiró agitadamente. Sus ojos repasaron dos veces alrededor antes de posarse sobre mí—. Vamos al cuarto.
La cama nos recibió de nuevo y sufrió las consecuencias de nuestro deseo acumulado en ese par de horas. La sujeté por las muñecas mientras abría su blusa para devorar sus tetas, ella soltaba risitas nerviosas, pero de verdad opuso resistencia, en ningún momento quiso dejármela fácil… y eso me prendió más. Algo era claro, a Julia en verdad la ponía nerviosa no el miedo a lo que yo pudiera hacerle, sino el hecho de no tener tanto control de la situación y hacía lo que fuera para recuperarlo. Aunque no pudiera zafarse, su mirada era desafiante y su sonrisa, orgullosa, casi me provocaba soltarle una bofetada para ver si se le borraba. Pero no lo llevamos a esos extremos, ambos encontramos el punto exacto de aquella ilusión en la que queríamos quedarnos y sólo continuamos interpretamos nuestros respectivos papeles sin cruzar esa línea.
Mis manos magullaron sus melones hasta el hartazgo y como pude, había bajado sus jeans lo suficiente para profanar su intimidad con mis dedos. Ella jaloneaba cada tanto y hubo momentos en los que creí que me soltaría un escupitajo. El aire se llenó de amenazas vacías y de contestaciones agresivas que no significaban nada más que leña para el fuego que nos estaba quemando a ambos. Nos entretuvimos tanto en esa farsa que perdimos la noción del tiempo. Para cuando finalmente mi zarpa liberó sus muñecas y mi boca estaba una vez más devorando su vulva, alguien tocó insistentemente a la puerta.
Eran casi las 2 de la tarde, nuestra reservación había expirado a las 12. Un miembro del personal se había apersonado porque nuestro teléfono estaba enmudecido y no oímos las numerosas llamadas que nos habían hecho. Hablando a través de la puerta, les pedí que nos disculpara y nos diera unos minutos para terminar de empacar y entregar las llaves. Yo pude mantener la calma en Recepción, pero la intranquilidad de Julia podía casi palparse en el ambiente, al grado de que una señora le ofreció pastillas por si tenía fiebre o algo en el estómago. Era como si la fiera con la que había estado esos días se hubiera quedado en la cama y tenía que comprobar de que no fuera así.
—Disculpe, ¿podríamos cambiar de destino, por favor? —le dije al taxista que nos llevaba, acercándole un billete para que no desconfiara.
Primero le di el nombre de la zona para que Julia no sospechara, pero la forma en que me miró confirmaba que había averiguado mis planes. En cuanto dije el nombre del motel al chofer, la cara de mi hermana se puso roja y aunque su expresión era de desaprobación, sólo sonrió y después de soltarme un puñetazo en el brazo, tomó mi mano.
De lo que aconteció en aquel lugar sólo puedo decir dos cosas. Primero, la fiera que había conocido en aquella cabaña no se había ido a ningún lugar y segundo, a Julia definitivamente le gusta estar en control de la situación, incluso cuando no parezca que lo esté. Hay algo en ella, un gesto o un comentario, que me recuerda de alguna manera que incluso cuando puedo hacer lo que me quiera es sólo porque ella me lo permite. Eso sí, no me quise ir de allí sin hacerla reconocer lo mucho que disfruta cuando atiendo su ano, esos gemidos no son fingidos.
Nuestra sesión en el motel acabó pronto, algo había en esa habitación que nos indujo a retirarnos lo más pronto posible. El ambiente en la casa era algo que no me esperaba. Mamá nos había pedido que le avisáramos con tiempo para tener lista la comida cuando llegáramos y ver que ambas nos estaban esperando con tanta anticipación agregó un poco de tensión en el ambiente tan pronto estuvimos todos reunidos en la mesa. Ellas estaban desnudas, como ya era costumbre e irónicamente eso sólo hacía que Julia y yo nos sintiéramos aún más expuestos, aguardando con suspenso el momento en que aquella burbuja calma engañosa se reventaría.
—¿Y bien? —Tenía que ser Raquel la que por fin abordara el tema—. ¿Ya? —nos cuestionó a ambos con los ojos bien abiertos y las cejas bien alzadas—. ¿Por fin, ya? —reiteró con hartazgo.
Julia y yo volteamos a vernos y antes de que alguno de los dos asintiera o dijera nada, Raquel bufó de alivio. Mamá nos sonrió con sutileza y un dejo de orgullo, juro que por un instante creí que hasta iba proponer un brindis por la noticia. Tener a Raquel hostigándonos con preguntas indecorosas y comentarios provocativos toda la tarde era algo para lo que pensé estar preparado, pero me equivoqué. Me resultó difícil porque no paraba de pensar en qué sería prudente mencionar y qué no, no sólo pensaba en Julia, sino en cómo reaccionarían las otras dos. Para mi sorpresa, Julia, a pesar de su evidente incomodidad, terminó siendo muy abierta, dando detalles de muchas cosas y hasta confesando la pequeña broma que me hizo… de la cual parecía que nuestra hermana menor estaba ya al tanto. ¿Acaso había sido su idea? No me sorprendería.
—¡Eso te lo mereces por andar de huevos tibios! —me acusó la pequeña diabla—. ¡Como si esta —dijo señalando a Julia— no estuviera muriendo de ganas porque le tronaras el ejote desde… ¡Auch!
Todos pudimos ver a través del vidrio de la mesa el puntapié que Julia le había propinado, nadie lo condenamos. Poco a poco, el aire se fue aligerando y todos nos animamos más. Fue mamá la que nos invitó a “ponernos más cómodos”, sugiriendo que nos desvistiéramos como ellas. Yo lo hice, pero Julia no. Y aunque nos la pasamos a gusto viendo la tele esa tarde y hasta bailando, no fue hasta que Julia dijo que necesitaba descansar un poco después de aquel fin de semana lleno de emociones que Raquel y mamá se abalanzaron sobre mí.
Con el paso de los días, esa actitud se hizo más evidente en casa. Hubo una especie de ley no dicha entre ellas dos. Era algo instintivo, casi animal. Mientras Julia estuviera presente, las otras dos mantenían cierta distancia de mí. Ya fuera en las mañanas cuando ella se iba o en las tardes, antes de que regresara a casa, ambas aprovechaban cualquier oportunidad para estar a solas (o acompañadas) conmigo. No siempre era algo sexual, a veces era sólo estar juntos y acurrucados viendo algo en la tele o en la cama; a veces, era sólo platicar, mientras tonteábamos con el celular. Y cada que Julia llegaba, sin excepción, se resentía en el ambiente.
Al principio, mamá volvió a visitarme en la clínica a la hora de comer casi todos los días e hicimos todo lo que pudimos para saciar su apetito allí, fuera de casa. Sin embargo, hubo días en los que eso no era suficiente y aunque no tenía reparos en coger enfrente de Raquel y hasta haciendo equipo con ella, sí se cohibía bastante cuando sabía que Julia estaba en casa. Fui yo quien empecé a incitarla a no contenerse y después de un par de ocasiones, entendió que mi intención era justamente que su hija mayor nos oyera. Aquello la calentaba de sobremanera, pero nunca lo hacía si no era yo quien la alentara.
Raquel en cambio fue muy vocal con Julia, diciéndole que no nos interrumpiera cuando nuestra puerta estuviera cerrada a menos que quisiera unirse. Sin embargo, nunca cerramos la puerta y ella era la primera en querer apartarse de mí al sentir la presencia de nuestra hermana mayor. Las primeras veces, no hacía caso cuando intentaba retenerla y se excusaba diciendo que iba al baño o que tenía que ir por algo a la tienda.
Un buen día que yo estaba comiéndole la raja y escuchamos que Julia había llegado, Raquel quiso detenerme y mi respuesta fue acomodarle mi verga en la boca y comenzar a montarla sin consideración. Y cuando Julia cruzó el pasillo, la saludé y le pregunté cómo había estado su día sin parar de mover mi cadera ni de frotar mis dedos en la cuquita que tenía a la mano. Su sorpresa y un poco de incomodidad no pudieron ocultar la excitación que sintió al verme abusando así de nuestra hermanita, lo cual me puso la verga más dura y la garganta de Raquel comenzó a hacer ruidos obscenos que sólo me prendieron más. Apenas intercambiamos algunas palabras antes de que Julia huyera a su cuarto, yo no paré hasta que Raquel no me deleitó con sus jugos directo a la cara.
—¡¿Qué te pasa?! —gruñó, tosiendo y babeando todavía.
—No quiero que vuelvas a salir huyendo la próxima vez que esté contigo y Julia aparezca —le respondí con voz severa y vi cómo la piel de sus brazos se erizaba—. No estamos haciendo nada malo, no tienes por qué molestarte cuando ella llega y no me gusta que me dejes solo como un imbécil.
—Okay —respondió escuetamente, visiblemente abrumada.
Tuve que consentirla un poco después de eso para compensarla por el susto, ya luego admitiría que le gustaba verme actuar así, dominante. Esa noche dormimos en mi cama y a partir de entonces, Raquel dejó de intentar escapar de mí cuando oía a nuestra hermana llegar, aunque procuró evitar que nos volviera a encontrar cogiendo. Gracias a que ahora salía más seguido con Alondra, tampoco lo hacíamos tan seguido como antes.
Ahora bien, Julia y yo tampoco dormimos juntos tan seguido como antes, a lo mucho dos o tres veces a la semana y siendo sinceros, no era lo mismo. Ella también se mostraba más reservada cuando sabía que no estábamos solos en casa, lo cual era casi siempre. No quería que nos escucharan, así que hacía todo para no alzar la voz y no me dejaba hacerlo tan fuerte para que el ruido de la cama no llamara la atención de aquellos oídos no deseados. También se ponía nerviosa cuando la besaba o colaba mi mano bajo su ropa en presencia de mamá y de Raquel.
Sin embargo, en contraste, comenzó a mandarme mensajes picantes desde el trabajo. Pasó de ser discreta, diciendo que había estado “pensando en mí” o que “me extrañaba” a poco a poco desinhibirse con cosas como que le “hacía falta un masaje”, que “le hacía falta una buena” o que “quería volver a tenerme dentro”. También empezó a enviarme fotos coquetas de vez en cuando. La mayoría no eran explícitas, Julia tenía talento y sabía dejar a la imaginación lo suficiente para ponerme mal todo el día. Lo malo era que aquello no siempre implicaba que algo ocurriría esa noche. Sin embargo, cuando la suerte nos sonreía y su libido era insoportable, mi hermana mayor me regalaba jugosas estampas de sus tetas apretujadas para caber en la toma, o de sus pantis empapadas y lo mejor era cuando me presumía aquella joya plateada que en ocasiones portaba todo el día en su trabajo y eso sí anunciaba que pasaríamos una velada excepcional.
En esas ocasiones en que Julia estaba particularmente cachonda, nos veíamos en el motel de siempre. Y sólo allí podíamos ser todo lo escandalosos que quisiéramos. Era liberador para ambos, no sólo por el sexo en sí, que era fantástico, sino por ver ese lado lujurioso de Julia en todo su esplendor. Y a pesar de todo, mientras más pasaba el tiempo, aquello sólo acentuó lo difícil que era para todos estar a gusto en casa.
—Dale su tiempo, ya irán agarrando confianza y acostumbrándose —habló la madre de sus dos hijas frente al hijo que le había eyaculado en la cara y las tetas pocos minutos atrás—. Y si no, puedo salir a pasear cuando alguna de las dos esté fuera y dejarles la casa sola cuando lo necesiten.
—Gracias —respondí lánguidamente.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó cariñosamente.
—Es que… no es así como quería que fuera todo —contesté, meditabundo—. No creí que acabaría siendo así. Pensé que…
—¿Qué? ¿Pensaste que iban a ser fácil? —preguntó con algo de burla y una ácida incredulidad—. ¡No, cariño! Aquí es donde las cosas se van a poner más perras —continuó arreciando su tono—. Vas a ver por qué esto de tener a más de una no es para cualquiera.
—No es como que sea el primero en…
—Y tampoco vas a ser el último —sentenció con voz impasible y resignada—. Muchos hombres tienen dos o hasta más familias al mismo tiempo. Lo difícil es cuando las mujeres se dan cuenta… y para colmo, tú las tienes a todas viviendo juntas —reclamó con palabras que se sintieron como losas de piedra en mis hombros—. Yo no tengo problemas, no puedo quejarme en lo absoluto —continuó, regresando abruptamente al tono suave y maternal—. El día en que vayan dejando la casa…
—Vas a poder descansar al fin otra vez —intervine para aligerar el tono de la conversación.
—Voy a estar muy feliz de que por fin puedan hacer sus sus propias vidas aparte —retomó su discurso, mirándome con expresión altiva, pero gentil en el fondo—. Son hermanos y parece que eso se les olvida de repente.
La verdad, no comprendí a qué se refería con eso, pero tampoco quise llevarle la contraria. Ella buscó su bata y se la puso, la forma en que me miró me hizo sentir culpable y tonto.
—Ya te lo dije, Luís —dijo al fin, con una voz solemne que enfrió el ambiente—. Ninguno sabe para dónde apuntará su huarache en el futuro, así que lo mejor es que valoren lo que tienen ahora, lo que tenemos hoy.
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