—¡Luís, en serio, ya!
Mi lengua hurgaba dentro, ese par de bollos oprimían mi rostro y me cubrían la vista cuando bajaba y visitaba la entrada delantera. Había interceptado a Julia antes de que se fuera a trabajar y sus manos estaban apoyadas en la mesita junto a su bolso. Llevaba puesta una falda que había recorrido hacia arriba y sus pantis color celeste se tensaban bajo mi dedo, impidiéndole abrir el compás demasiado. Ella reía, dándome pie a acomodar mi fierro entre sus cachetes. Ese día, su ojete no había sido preparado, así que entré a aquella cuevita que ya estaba más que lista para recibirme.
—Tu coñito dice que no te ir —gruñí a sus espaldas, con mi glande apenas separando sus pliegues externos, tibios y blandos.
—¿No vas a superarlo, verdad? —me reclamó, muerta de la pena.
—Me gustó que lo dijeras —respondí, enajenado, restregando el cabezón, esperando la indicación—. Me gustó mucho —jadeé cerca de su cuello—. Anda, dilo otra vez.
—¡Ya, métela! —exclamó en voz baja, apurada—. Se me hace tarde
—Dilo —volví a decir, esta vez con una inflexión más suplicante—. Dime dónde quieres que la meta.
—¡Ya! Métela por allí… —susurró con renuencia. Yo me detuve por completo y ella suspiró—. Métemela por el coño.
—¿Cómo? —pregunté maliciosamente—. Así no dijiste anoche
—Métemela en mi coñito —se corrigió con un hilo de voz—. ¡Uh! ¡Ay!
Cumplí con la orden y la mesita se sacudió con mi primera estocada. Mi hermana sabía, sabía que desde atrás podía dar con aquel punto, esa zona exacta que cosquillea debajo de su clítoris. Sus quejidos se negaban a salir de la boca, pero sus adentros no mentían y cada que retrocedía, una fuerza de succión me lo dificultaba. No podíamos tardarnos tanto, mis embestidas eran apresuradas y ella tuvo que sostener el marco de una foto para que no se cayera.
—¡Tranquilos! Van a dañar la pared.
Era la voz de Raquel que nos hablaba desde el piso de arriba con una risa pícara, pero no pude verla cuando alcé la mirada. Eso fue suficiente para que Julia me apartara y se apresurara en acomodarse la falda y las pantis para retirarse. Subí las escaleras, un tanto molesto pero con el chile todavía duro y me quedaba claro que podía encargarme de eso y al mismo tiempo, disciplinar a mi hermanita menor.
—¡Ah! ¡Sí! —gemía ella fuertemente, como si quisiera que su voz llegara hasta Julia— ¿Te enojaste porque los interrumpí o porque ella no quiso seguirle?
—¡Ya cállate! —rugí sin parar de montarla, hundiendo su cabeza en el colchón.
—¡Es culpa de ella! —siguió escupiendo veneno—. ¿Quién le manda irse? Yo ni me asomé a ver.
Julia había sido muy vocal con el hecho de que no iba a andar desnuda por la casa como mamá y Raquel ni mucho menos quería dejarse ver cuando teníamos sexo. Me había costado mucho convencerla esa mañana y la verdad, estaba algo encabronado con mi hermanita. Una mano la sometía por la nuca y la otra recargaba todo mi peso sobre su espalda mientras violaba su cuquita apretada sin piedad. Y como aquello era justamente que lo quería, la amenacé con la punta de mi verga en entrada de ano.
—¡No! ¡No! Espera —rogó, asustada empujándome con la mano. Ya antes había tomado ese lugar por la fuerza y sabía que era capaz—. ¡Perdón, perdón!
—Eres una malcriada —gruñí, presionando un poco y obligándola a hacer fuerza con la palma para contener mi vientre.
—¡Luís, no! ¡Espérate! —chilló, acorralada.
—Yo digo que le des —dijo una tercera voz, era mamá desde el umbral de la puerta del cuarto de Raquel, había estado viendo todo desde lejos—. A ver si así aprende.
—¡Mamá! —reclamó la hija con una voz aguda.
—¡Tienes que aprender a respetar, mi amor! —demandó la madre, acercándose lentamente a nosotros— ¿Qué te cuesta dejar a Julia en paz? No te quita nada.
—Lo hace para molestarme —dije con voz fría, sintiendo cómo cedía su esfínter lentamente—. Esto es lo que quiere.
—¡No! ¡Por favor, Luís! La otra vez sí me dolió mucho.
—Esa era la idea. Todo lo demás te gusta.
—¡Ya! En serio. Perdón. ¿OK? ¡Perdón! ¡PERDÓN!
Había logrado forzar mi entrada hasta meter la cabeza entera. Sólo iba a hacer eso, no planeaba a adentrarme más, es muy incómodo metérsela cuando no hay dilatación ni lubricación. Aquello sólo había sido para que escarmentara y mi madre lo sabía.
—Ya, ya —dijo con voz relajada y haciendo un gesto para que me le quitara de encima—. Creo que entendió.
Raquel se quedó resoplando y con su culito retorciéndose durante un rato mientras mamá acariciaba su cabeza. Sandra conocía bien a su hija menor y sabía que había sido una medida extrema, pero necesaria. En cuanto vio que todo se había calmado, se retiró a servirse una buena taza de café.
—Era eso o dejarte amarrada en la cama todo el día —le dije mientras untaba su esfínter con un analgésico en gel—. ¿Qué más hacía? Me dejas sin opciones.
—A la próxima, no se me va a olvidar prepararme primero —anunció con descaro.
—¿La próxima, dices? —la cuestioné con voz severa, para nada sorprendido.
—Seamos realistas… eres lindo cuando te enojas así. Es sexy —rió con picardía.
—No tienes remedio —suspiré, rendido, soltándole una nalgada mientras ella tarareaba, triunfante.
El verdadero castigo para Raquel serían un par de días sin verga, pero ni incluso así se disculparía con Julia, al menos no sinceramente (mamá la obligaría a hacerlo, pero todos sabíamos que había sido de dientes pa’ fuera). Y aunque las cosas en casa seguían siendo complicadas, todo parecía ir bien. A La clínica le seguía yendo muy bien, incluso ya tenía que programar citas con frecuencia porque empezaron a empalmarse y comencé a preguntarme si ya era momento de contratar ayuda.
Había pensado en algún momento cuando abrí que eventualmente podría crecer y tener a otros masajistas a mi cargo, pero no pensé que sería tan pronto. Tampoco estaba tan seguro de la idea, era un local muy pequeño para colocar otra mesa de masajes y apenas tenía un par de meses rentando allí, el contrato vencía hasta el año. Sin embargo, no podía sacarme de la cabeza la idea de que lo mejor era conseguir también la certificación de fisioterapia y así sí, moverme a un local más grande. Mamá fue la única que genuinamente se alegró cuando compartí mis planes. Le entusiasmaba de sobremanera que consiguiera más “títulos” y que pensara en hacer crecer el negocio y que tuviera empleados. Mis hermanas, por otro lado…
—¡Aguas! Luego las morrillas salen todas tontas, ni saben hacer nada, ni trabajan y luego, hasta te metes en pedos con los clientes.
Eso argumentaba Raquel, aunque a todos nos quedaba claro cuál era su consigna: no contrates viejas (o “zorras”, en sus propias palabras). Julia estaba de acuerdo con que era mejor elegir con calma y cuidado para evitar problemas. Ella y mamá tenían experiencia lidiando con empleados que iban y venían con más pena que gloria de la empresa y ambas se pusieron a platicar de todo lo que había que tomar en cuenta. Sus comentarios se sustentaban mejor que los de Raquel en cuanto a esos temas administrativos, pero a diferencia de nuestra madre, podía ver en Julia que estaba queriendo ocultar la misma inquietud que compartía con nuestra hermana menor.
—Ya lo decidí. Voy a descartar mujeres jóvenes y guapas —le diría esa misma noche en su cama, abrazándola—. Es más, mejor que ni sea mujer. Así estarán más tranquilas ustedes.
—Habla por Raquel —respondió Julia, indignada—. Yo no estoy en contra de que contrates a una vie… —se paró en seco y le tomó un momento corregirse— a una mujer —dijo aquello y pude sentir que sus brazos se enfriaron, no pude evitar disimular mi risa con una tos—. Lo único que digo es que encuentres a alguien confiable, alguien con experiencia y que no te deje la chamba botada a los dos días.
—Ajá… Por eso es mejor descartar a las “morrillas”. Son poco confiables, ¿no? —sugerí, hablando con cierto tono burlesco y haciendo que mis dedos caminaran por su piel hasta llegar a su hombro—. Mejor una señora mayor y con experiencia, tengo a alguien en mente del curso que tomé. Es mayor que mamá y para nada agraciada —añadí arteramente, Julia resopló con desaprobación por mi comentario—. Estoy seguro que no va a andar de coqueta con nadie y se enfocará en hacer un buen trabajo…
—Pues, si te da buena espina, llámale —dijo con desazón—. Pero antes tienes que ponerla a prueba primero. Quién sabe si luego quiera jugarte chueco, que sea buena masajista no significa que sea de fiar —advirtió con un tono de voz más pensativo—. Sólo ten cuidado —añadió, sonaba genuinamente preocupada.
—¡Eh! —suspiré—. Mira, no quiero tener problemas, con nadie. Lo mejor será buscar a un bato. Póntelo a pensar —me apresuré en decir cuando ella se giró para encarar y tomaba aire para refutar—: aun siendo ella, si en algún momento algún cliente intenta pasarse de lanza con ella… el del pedo voy a ser yo. Raquel tenía razón en eso.
—Pues, sí… también es verdad —admitió con reservas.
—Así le voy a hacer. Cuando tenga candidatos, tú y mamá van a ayudarme a elegir, ¿OK? —susurré antes de besar su mejilla—. Ya que tengamos unas tres opciones, veremos a quién ponemos a prueba primero.
—OK —confirmó Julia, sus hombros se relajaron un poco más en mis brazos y su expresión se suavizó.
—Gracias, te amo.
Yo creí que habría muchos candidatos entre los cuales escoger, fui bastante optimista. No fue un trabajo fácil, para nada. Transcurrió un mes desde que confirmé mi asistencia al curso de certificación y todavía no podía conseguir a nadie. Los contactos que mis compañeros varones de diplomado no me respondieron y por consejo de mamá hasta busqué a Magda, aquella masajista de la que hablé con Julia, pero ya estaba trabajando para Daniela, la que había sido nuestra maestra. Había pagado anuncios en periódicos y ni siquiera así. En verdad no había hombres interesados en el puesto de masajista y la única muchacha que se llegó a mostrar interesada ni siquiera había tomado un curso ni nada y aunque mi madre abogó para que le diera una oportunidad, ni siquiera se presentó cuando la cité.
Cuando ya faltaban menos de 3 semanas para que mi curso iniciara, apareció Pedro. Era joven y de complexión atlética, un poco más alto que yo, moreno y a juzgar por las miradas de las mujeres que pasaban y la opinión de mamá, bien parecido. A Julia también le causó una buena impresión después de ver su solicitud de empleo y Raquel sólo se limitó a decir que tuviera cuidado de que no fuera un mañoso. Tenía 28 años de edad y 3 de experiencia, mismos que salieron a relucir durante la prueba que le hice con un cliente. Todo parecía estar bien, además, no había otra opción. Al principio, nos fuimos intercalando sesiones, mientras uno atendía en la mesa, el otro esperaba en recepción. Mamá seguía visitándome a la hora de la comida y por temor a que Pedro sospechara algo, no hacíamos más que irnos a la zona de restaurantes que había frente al local y eso derivó en que tuviéramos que compensar en casa lo que ya no hacíamos en el local.
Pasaron un par de semanas y por comodidad, decidí aceptar separar la jornada en turnos después de consultarlo con Julia. Pedro se quedaría en la mañana y se retiraría a la hora de la comida y el plan era que ajustaríamos los horarios en cuanto comenzara mi certificación. Y la verdad, una de las razones para hacerlo así era poder volver a usar la trastienda con mamá. Allí noté que los aceites y productos se estaban agotando a una velocidad mayor y sólo le comenté a Pedro que tuviera cuidado de no desperdiciar tanto producto, pero eso no era lo que estaba ocurriendo.
Era jueves, mi curso empezaría el siguiente lunes y una clienta me visitó en la tarde. Había ido esa misma mañana y me dijo que Pedro le compartió su número y había dicho que podía recibirla en otro domicilio a partir de la siguiente semana. Dijo que le pareció extraño y por eso prefirió avisarme en persona. Me enfadé y cuando finalmente se dignó a responder mis llamadas y se dio cuenta de que me había enterado, no volvió a responderme. De más está decir que no se presentó al día siguiente y que sentí que me llevaba la chingada. Ese fin de semana, todas en casa intentaron levantarme el ánimo a su manera, mamá nos llevó a comer a un restaurante de carne asada; Raquel y Julia sugirieron que fuéramos al cine.
Cuando empezó el curso, tuve que cerrar los días en los que asistía. Coloqué un cartel indicando qué días de la semana estaría abierto y al principio, al inicio pude sobrellevarlo porque había mucha teoría y pocas prácticas. Sin embargo, a las pocas semanas empecé a notar la disminución de ingresos y a resentir el cansancio. Me enteré que algunos clientes habían empezado a ir con Pedro, que los atendía en un departamento y les cobraba menos; y yo sólo quise pretender que eso no me ponía furioso.
Un día, Julia me pidió que nos viéramos en el centro comercial donde tenía mi local en la tarde, después de acabara mi clase. Era extraño, porque ella salía del trabajo horas más tarde. Cuando llegué al sitio, la vi y no venía sola. Me presentó a Abi, una muchacha, quizás de mi edad, morena y de cabello liso, de cara redonda, labios gruesos y ojos rasgados. Era hermana de una trabajadora de la televisora y Julia la había llevado allí para el puesto de asistente.
—¿Asistente? —pregunté, extrañado.
—Sí, ella estará en el recibidor. Y abrirá incluso los días en que no estés —empezó a explicar mi hermana mayor—. Te ayudará a atender a los clientes y agendar todas las citas para cuando sí puedas estar. El otro día, Érika me dijo que te estuvo marcando el otro día y como no le respondieron, me preguntó si habías cerrado. Lo último que necesitas es perder clientes como ella.
Se notaba que Julia ya había tratado todo con Abi previamente y yo sólo había ido allí para presentarme. Me pidió que usara el día siguiente para capacitarla y que le entregara un duplicado de la llave para que el local abriera otra vez en horario normal. Todo fue muy rápido que para cuando me di cuenta, la chica ya se había ido.
—¿Y de dónde la conoces?
—¡Es perfecta, ya lo verás! —se limitó a asegurar Julia, animada. Me explicó que la hermana de Abi trabaja en la televisora y la escuchó hablando con Érika y se acercó cuando oyó que estaba buscando un empleado. Me dijo que había hecho su pasantía en el canal hacía poco—. Fui a preguntarle a la que fue su supervisora y me dijo que es muy diligente y cien por ciento confiable. No se quedó después de acabar su servicio porque no había vacantes disponibles, pero también ella la recomendó muchísimo en cuanto le dije.
—¿Ah, sí? —pregunté sarcásticamente, forzando una mueca sonriente—. Pudiste haberme contado todo eso, antes de contratarla por tu cuenta con esa idea del asistente..
—No fue mi idea, fue de Érika. Literalmente, acabo de conocerla también hoy—comentó con asombro y emoción—. Cuando volví a preguntarle a su hermana hoy en la mañana, la puso en altavoz y antes de que terminara de explicarle todo, ella entendió y comenzó a hablar de cosas que podría hacer por ti. Érika también tiene razón en otra cosa: lo último que necesitas ahora es dejarle el negocio a otro masajista —declaró poniendo sus manos en mis hombros y mirándome fijamente—. Mientras no estés allí para vigilar, cualquiera te puede hacer lo mismo que Pedro. Si pones a prueba a Abi para que coordine tus citas, puedes abrir todos los días, evitas que más clientes se te vayan y si no te funciona, no vas perder nada.
—Eso, si no resulta ladrona.
—Tranquilo. Yo respondo por ella —aseguró con una sonrisa llena de confianza.
Yo no lo sabía entonces, pero Julia se sentía directamente responsable por lo que había ocurrido con Pedro, según ella, por haberle dado el visto bueno sin haberlo investigado bien y por eso se tomó muy en serio la contratación de Abi. Se puso a platicar, compartiéndome sus ideas para las cosas que podría hacer ella y el plus que eso le daría a la clínica con tanta emoción que acabé por perderme en su rostro. La forma en que se le iluminaba la cara al enlistar beneficios y la pasión con la que me hablaba de cosas como el valor de marca, experiencia del usuario y escalabilidad sostenible no sólo apaciguaron mi alma, me hicieron querer besarla en ese mismo instante. No pude hacerlo porque estábamos en público y la punta de su pie en mi espinilla me lo recordaron, pero en cuanto salimos de allí y encontramos un rincón poco iluminado, reclamé sus labios.
Mamá celebró la idea y Raquel tuvo que reconocer a regañadientes que no era algo malo, aunque no estuvo del todo tranquila hasta que Julia le mostró una foto de Abi (la cual supo que tenía que tomar específicamente para mostrársela). Y en definitiva, fue lo mejor. Abi era tan diligente y esmerada como Julia había dicho. Aprendió rápido lo que tenía que hacer y no sólo ordenó el rudimentario archivo en donde guardaba la información de los clientes, sino que en pocos días lo optimizó, hizo una agenda muy completa y organizó varios detalles que yo no había previsto. En sólo una semana, estaba casi repleto de citas y todo parecía funcionar sobre ruedas. Abi también me ayudó con la limpieza y el inventario de los insumos, ganándose mi confianza para encargarse de administrar eso también. Esto también me ayudó enormemente para concentrarme más en clase y aunque terminaba muy agotado en días con agenda llena, me sentía mucho más animado.
Y al mismo tiempo que todo esto ocurría, otras cosas habían pasado dentro de casa. Primero que todo, Julia y yo continuamos explorando aquella nueva etapa de nuestra vida juntos y fuimos explorando aquellos caminos del amor y del placer. Fue un proceso, como todo. Uno repleto de avances pequeños. Un gemido que no quiso contener, una posición que quiso probar, una noche en la que no le molestó que la cama rechinara, otra en la que acabó gritando mi nombre al venirse, una mañana en que salió desnuda de su cuarto para bañarse sin que le importara que alguien la viera… había ido soltándose. Y no podíamos desaprovechar aquel moméntum. Por supuesto, hablo de mí y de mi madre.
Las veces en que Raquel salía con Alondra, yo solía aprovechar para llamar a Julia e intentar conversar tranquilamente con ella mientras tenía a mamá comiéndome la verga. No era la primera vez que lo presenciaba, pero seguía teniendo cierta renuencia a quedarse mucho tiempo. En el fondo, yo sabía que se calentaba y sólo se avergonzaba de mostrarse como una pervertida frente a nuestra madre, pero no fui apresurado. Sandra también colaboró para alcanzar este objetivo en común. Decía que lo hizo para ayudar a su hija mayor y mejorar su relación con ella, pero dudo mucho que aquella haya sido la única razón. Era más que obvio que también lo disfrutaba, quizás más que cuando lo hacíamos frente a Raquel y que en el fondo guardaba la esperanza de que algún día terminaría uniéndose a nosotros.
La paciencia y perseverancia fueron la clave. Con cada intento, mi hermana se quedaba más tiempo. Llegando al punto de traernos agua y quedarse a platicar, sentándose en el lado opuesto de la cama. La plática era una mera excusa. Yo me acomodaba para que ella pudiera vernos a detalle tanto a mí como a nuestra madre. Noté que prestaba especial atención a su culo cuando lo tenía a la vista.
—Es que… es muy fuerte, verlo —diría, habiéndole expuesto aquella curiosidad descarada que demostró aquella tarde—. Su… hoyo se queda abierto por mucho tiempo —comentó, asombrada por el control de esfínteres de mamá—. A veces se cierra y se abre, pero luego, lo deja abierto por un buen de rato. ¿Cómo le hace?
—Deberías preguntarle —sugerí perversamente.
Ella sólo guardaría silencio en esa ocasión, más tarde me enteraría por mamá que efectivamente, empezaría a acercarse para platicar no necesariamente de su control rectal y eso sólo me convencía de que mi plan morboso estaba sirviendo para algo mejor que sólo pervertir a mi hermana mayor. En cuestión de poco, la práctica se convirtió en costumbre. Julia ni siquiera reparó en que ya llegaba sola cuando nos escuchaba cogiendo, sin necesidad de hablarle. Ya no le daba pena acercarse e incluso correspondía mis besos mientras seguía embistiendo a nuestra madre que berreaba como una puta. Y seguí estirando la liga. No le incomodaba que manoseara sus nalgas o tetas en presencia de Sandra ni se negó a jalarme la verga y sólo una vez aceptó chupármela, eso sí, siempre después de que mamá la limpiara primero, quitándole cualquier residuo de sus otras cavidades. Nunca la convencí de desvestirse ni de masturbarse viéndonos y tampoco me dejó metérsela a menos que estuviéramos solos en su cuarto o en el mío y con la puerta bien cerrada. En una ocasión, mamá vio que su hija mayor ya no podía aguantarse más y sin decir nada, sólo se retiró de su cuarto y cerró la puerta para darnos privacidad y terminamos cogiendo en su cama.
Cuando estábamos solos, mi hermana mayor seguía deshaciéndose de esa imagen tímida, o mejor dicho, “sumisa”. En retrospectiva, siempre me quedó claro que a Julia le gustaba tener el sartén siempre por el mango. Lo único que la había hecho dudar antes era la falta de experiencia, pero con el paso de los días fue siendo honesta con su verdadera naturaleza. A diferencia de mamá, a Julia no le gustaba ceder en la intimidad. No era una sádica que me hiciera arrodillarme, no me maltrataba con dolor ni me hacía llamarla “ama”. No, no era esa clase de dominación. Eran gestos, eran poses, eran miradas. Eran esos “no” que a veces ni pronunciaba y que sólo estaban allí para que tuviera presente en todo momento que ella tenía la última palabra en la cama. Incluso cuando sus manos se apoyaban en la pared o en un mueble y me ofreciera su culo con un meneo sugerente, había aprendido que no podía meterla hasta que su boca o su mirada me dieran el permiso. Era… sutil… diría que hasta elegante.
Y tuve mis momentos de desobediencia (eso sí, bien calculados) en los que no me detenía aunque manoteara y aprendí que lo que en verdad no le gusta es que el instinto y el placer la supere, que su voz se quiebre y el aliento le falte, que sus músculos le fallen y los espasmos se apoderen de su ser. Mi “castigo” era aquella mirada de reproche (que se borraba con un comentario simpático o un beso juguetón), pero después de esos besos voraces y frenéticos en medio la tempestad y aquella forma en que sus piernas y sus brazos me prensaban en lo que ella volvía en sí misma. Fuera de eso, la única consecuencia era que Julia huía de mí un día o dos, según ella, para que yo escarmente, aunque a mí no me engañaba: el miedo se escondía detrás de su cara sonriente.
—Es bueno soltar el mando de vez en cuando —diría mamá un día mientras lavábamos los platos juntos— y dejar que alguien más tome el timón, para variar. Dejar de pensar en qué hacer y sólo hacer lo que te piden… es un respiro. Uno no se da cuenta de todo el estrés que acumula hasta que llega otro y nos libera de esa carga.
—No es una carga para mí —respondí, sintiéndome aludido y poniéndome a la defensiva.
Mi madre soltó una risita de incredulidad. Tomó de mi mano el plato que acababa de enjuagar sin decir nada más y me quedé reflexionando. Era una mujer que siempre ha sido una imagen de mujer empoderada para mí, mis hermanas y cualquiera que la conociera. Su puesto en el almacén lo reflejaba más que nunca, pero incluso desde antes, siempre supo darse a respetar con quien se le pusiera enfrente. Y ya era más que consciente del papel yo jugaba para ella. Sólo a mí me dejaba estar encima de ella (literal y figurativamente) en la cama, nadie más. Ni Raquel, ni Tere ni nadie más en el futuro tendría jamás ese privilegio. Lo que ocurría en ocasiones con Julia era un poco más complejo, no era que le diera a su hija mayor un lugar por encima de ella, más bien siento que la consideraba casi como una igual en cuanto a asuntos de la casa y la familia, casi…
Sólo yo tenía ese privilegio con ella, aquél que me permitía quitarle esa máscara (o quizás, ponérsela) y verla en esa posición de vulnerabilidad y de entrega casi demencial que la separaban tanto de la Sandra que el resto del mundo conocía. Era yo quien la hacía arrodillarse, quien castigaba su cuerpo por pecados que sólo ella sabrá y la rebajaba a un lugar al que ni siquiera una puta merecía llegar. A mí era a quien le pedía destrozarle cada uno de sus orificios y dejarla jadeando y mancillar sus zonas más privadas de formas tan grotescas que nadie que diga conocerla imaginaría siquiera. Yo era su escape, yo era ese que tomaba el timón en aquellos momentos para que ella respirara, eso ya lo sabía.
—Para eso estoy —le dije con convicción mientras le entregaba otro plato—. No es ninguna carga para mí.
—No es una carga hasta que no te tumba —respondió con esa sonrisa gentil que uno hace al compartir un fragmento de sabiduría.
—No e- ¡No son ninguna carga para mí! —reiteré, tratando de no alterarme—. Y yo tampoco voy a serlo para ninguna de ustedes.
—¡Cariño! —exclamó con ternura y me besó la mejilla—. Deja de pensar eso o vas a terminar encorvado como el abuelo. Bueno, al menos tú al menos sí sabes aceptar la ayuda cuando te la ofrecen —suspiró con alivio—. ¡Ese hombre no acepta que necesita de otros hasta que no tiene el agua hasta el cuello!
—Muy admirable, si me lo preguntas —comenté con sarcasmo.
—No quiero que ninguno de ustedes sea así —declaró con genuina preocupación—. No sabes cómo me alegro que a pesar de todo ustedes tres aprendieran a llevarse bien.
—¿Has visto a tus hijas? Se portan como perros y gatos cuando las dejas juntas por más de un minuto… sólo falta saber quién es qué.
—¡Cómo eres! —exclamó y se puso a reír—. ¡Ay, no puede ser! ¡Esas dos! —dijo resignación pero todavía sonriente—. Sólo están aprendiendo a… compartir. Hay que darles tiempo, ya verás. ¡Y pensar que era Raqui la que quería esto desde un inicio!
—¡Eh! —asentí con decepción. ¿Quién sino yo sabía cuánto había luchado mi hermanita por hacer que Julia completara el harén de sus sueños?—. Y ahora, anda que no la calienta ni el sol. “Cuidado con lo que deseas”, supongo.
—¡Pues perdón! —escuchamos a nuestras espaldas y ambos nos sobresaltamos, era Raquel.
Fue directo al refri, tomó un jugo y se dispuso a retirar sin siquiera mirarnos. Intenté explicarme, pero no quiso escuchar. Simplemente, ahora no quería saber nada de lo que hacía con Julia y mucho menos, ahora que ésta había empezado a contestarle sus comentarios de manera más certera e incisiva.
Otro beneficio para nuestra hermana mayor fue que aquél cambio gradual en ella no sólo había repercutido en la intimidad, también le había dado la suficiente seguridad para contestarle a Raquel cuando soltaba sus comentarios insidiosos. Julia nunca iniciaba las peleas y tampoco era grosera al responderle, más bien ahora se defendía con una actitud apabullante y poco más que un par de palabras bien escogidas que lograban poner a raya a nuestra hermana menor con una facilidad pasmosa.
—¡Ni quién te esté diciendo nada! —remilgaría un día la menor a la mayor después de que ésta le contestara a una “indirecta” bastante obvia—. Yo sólo dije “perras empoderadas”. No es mi culpa que te quedara el saco.
Estábamos todos en el comedor, mamá y yo estábamos recogiendo la mesa y Raquel había aprovechado para provocar una vez más a Julia, a ver si ahora sí la hacía retirarse con algún golpe bajo, hacía mucho que eso no ocurría.
—¡Por favor, Raquel! —espetó la mayor con una voz impasible pero claramente molesta— Si fuera la mitad de perra de lo que dices, Luís ni siquiera-
Julia se detuvo abruptamente, sus labios se sellaron en el último momento y en su rostro se veía una expresión de arrepentimiento. Aquello que pudo callar iba a ser un golpe aún más bajo, sin dudas. Yo lo vi en su cara, vi la sorpresa en su mirada y la culpa que la invadió por el simple hecho de pensar algo así. Pero Raquel quería bronca. No había forma de que no hubiera visto lo mismo que yo, no iba a dejarlo pasar.
—¿Qué? —cuestionó desafiante con los brazos cruzados y un gruñido que sólo auguraba problemas—. ¡”Luís ni siquiera”... ¿qué?!
—Luís ni siquiera te hablaría —soltó nuestra hermana tras una breve pausa. Su voz fue intencionalmente hiriente. Todos lo notamos, la deliberación antes de romper el silencio y la expresión de frialdad que se le dibujó al convencerse de decirlo—. Si por mí fuera, estaríamos viviendo los dos solos nada más —continuó hablando con aquella lengua afilada y adoptando una auténtica expresión de malicia—. Pero como no soy esa perra que tanto te quieres que sea, estamos como estamos.
—¡Eres una puta psicópata! —chilló Raquel poniéndose de pie y soltando un grito tal que lastimaría cualquier garganta—. ¡AAH!
—¡Basta ya! —ordenó mamá sin alzar la voz y se hizo el silencio—. ¡Las dos, se me calman en este instante!
Julia se levantó, dispuesta a retirarse, pero Raquel se le adelantó y terminamos oyendo el portazo de su puerta retumbar por toda la casa, seguido de sus gritos amortiguados por los muros y los inequívocos ruidos de cosas cayendo al suelo. Miré a mi hermana mayor sin poder reconocerla, con la cara agachada y los puños temblándole de impotencia. Mamá se le acercó y con la mirada me indicó que ella se encargaría de Julia y que a mí me tocaba ir con Raquel.
Estuve sentado en el suelo por un buen rato, apoyándome en su puerta e intentando hablar con ella, esperando durante lo debió ser más de una hora para que me respondiera algo que no fuera un “¡Lárgate!” o “¡Déjenme en paz!”. Cuando la puerta finalmente se abrió y pude entrar, una sombra se alejó de mí y se refugió al fondo del cuarto. Me aseguré de ponerle seguro de nuevo, nadie más tenía por qué entrar allí. Ya era tarde, pero aun sin encender la luz, alcancé a ver que el piso era un completo caos. El huracán Raquel había azotado con más fuerza que nunca y la devastación era total. Mi hermanita estaba hecha un ovillo a lado de la cama, sollozando y su silueta apenas se podía adivinar detrás de la trinchera de almohadas, sábanas, ropa y peluches.
—Raquel… —empecé a hablar sin saber siquiera qué decir—. ¿Qué…
—Estoy harta —dijo apenas con un hilo de voz—. ¿Por qué no puedo hacer nada bien?
Se me hizo un nudo en la garganta al oírla así de deshecha y sé que suena horrible, pero una parte de mí se animó un poco al pensar que por fin me contaría qué tenía. Durante esos últimos meses, mi hermana menor se había ido volviendo cada vez más irritable y huraña. Últimamente era raro el día en que Raquel no terminara explotando por cualquier motivo, ya sólo oscilaba únicamente entre el enojo y la tristeza. Ahora, cualquier mínimo inconveniente era suficiente para ponerla de malas, no era sólo Julia.
Lo único que sabía era que no eran problemas con Alondra, pero fuera de eso, no logré que me contara nada más. Por más que le preguntaba, se negó a hablar al respecto y en el mejor de los casos, me pedía que la dejara sola. Había dejado de insistirle, o terminábamos discutiendo sin llegar a nada o terminaba consolándola cuando el llanto parecía no acabar nunca. No pude enterarme de nada. Entre el trabajo y la certificación, mamá y Julia… sentí que todo ese asunto me superaba y me convencí de que si mi hermanita no quería contarme nada todavía, sería por una buena razón. Y por eso, aunque sabía que con un simple gesto podría hipnotizarla y enterarme de todo, no lo hice.
Pero ese día al fin había dicho algo y me aferré a no salir de su cuarto hasta que no me contara qué ocurría de una vez por todas. No me desmotivé cuando le pedí que me explicara y sólo se limitó a gimotear por un largo rato. Se hizo de noche, había ido acercándome lentamente, gateando hasta sentir su pie con la mano y éste huyó de mí en la oscuridad. Su llanto sólo se tornó más intenso y lastimero, pero no me desanimé. Sólo tuve que seguir esperando.
—Dejé la compañía —murmuró después de una eternidad, con la cara inequívocamente oculta entre las piernas y la voz quebrándosele todavía—. No he estado yendo al teatro desde hace casi un mes —continuó antes de que su respiración se entrecortara de nuevo—. Alondra y yo… n-no aguantamos más. Era ya demasiado… todos los días… todo el tiempo…
Una vez más el llanto quiso volver a brotar y no pudo continuar, sin embargo, ya había llorado demasiado y sus sollozos eran quejidos, secos y dolorosos. El pozo de su tristeza estaba quedándose sin agua y sólo había sufrimiento, uni tan profundo que podía resentirlo en mi propio estómago. Podía notar cómo se le dificultaba hablar, el aire a nuestro alrededor en definitiva se había vuelto pesado. Mi mano volvió a alcanzar su pie y su reflejo volvió a ser querer apartarlo, pero ya no tenía a donde moverse.
—No pude soportarlo… ¡Luís, no pude! Esas… ¡perras! No paraban… ¡No podía más!
Yo sólo me hacía preguntas en la cabeza, pero mis labios se mantuvieron cerrados. ¿La habían acosado por andar con Alondra? Seguramente. Esas harpías del teatro eran unas auténticas brujas. La furia se hizo presente en mí, hacia esa porquería de personas y también hacia mí mismo por no haber hecho nada antes. La culpa, el remordimiento y la impotencia se elevaron en vapores que me irritaban la garganta, la nariz y los ojos.
—¡Ánimo! —murmuré tontamente—. Busquemos en otro tea…
—¡No! ¡No quiero! —bramó ella con voz descompuesta—. ¡Es lo mismo en todos lados! Ya fui. Ya intenté y es lo mismo. Es igual a donde vaya. La misma chingadera… ¡la misma porquería! —sentenció, derrotada—. No importa a donde vaya, saben… Saben en dónde estuve y por qué salí. Ya no puedo ir a ningún lado aquí.
Me lancé a cubrirla con mi cuerpo, queriendo protegerla de un peligro que todo este tiempo la había estado asechando en la oscuridad. Estaba fría y comenzó a temblar al sentirme, le pedí perdón y me sujetó con más fuerza, fue su turno de soportar mis lamentos.
Días más tarde podría enterarme bien de lo que había ocurrido. El grupito de harpías se ensañaron con Raquel y con Alondra, éstas las denunciaron con el director y éste no hizo absolutamente nada. “Ya están grandecitas, sus peleas de lavadero no me importan, tortilleras”, eso les dijo. Y de esa misma manera la llamaron cuando intentó entrar en otra compañía de teatro y lo mismo en otra, habían corrido el chisme por todos lados. Me contó lo que le escribían en su Facebook y que por eso había tenido que borrar su cuenta anterior y agregarme desde una nueva. Fue horrible saber la verdad, cada cosa sólo me hizo sentir más culpable. Me hizo prometerle que no se lo contaría a mamá ni a Julia y así se los hice saber cuando llegaron a preguntarme.
Y si bien eso fue lo peor de todo y la causa principal de su depresión, tampoco era lo único. Había algo más, algo más profundo que ensombrecía su semblante cuando se hablaba de Julia, ya fuera ella, yo o alguien más. Era algo que seguía irritándola de sobremanera y se negó a platicarlo conmigo.
—Ella piensa que la vas a abandonar —diría Julia tras compartirle mi inquietud, estábamos recostados en mi cama, mirando ambos al techo—. Le molesta verte conmigo.
—Pero si ella quería… —solté, incapaz de entender—. Ella insistía en que te…
—Pues, algo no salió como ella quería… y a lo mejor eso es lo que le molesta más —sugirió, pensativa, desanimada—. Ahora me convertí en su enemiga número uno, jurada y todo —afirmó cansinamente—. Si pudiera echarme la culpa por el clima, lo haría.
«Se le va a pasar —continuó tras una pausa larga—. En cuanto vea que no te vas a ningún lado y que ni siquiera me interpondré entre ustedes y su novia… así como pasó con Tere.
—Con Tere fue más fácil —admití, un poco desalentado—. A ella la aceptó más rápido, pero fue porque ella usó tácticas más… arriesgadas.
—Y eso no pasará conmigo —sentenció tajantemente, agitándose a mi lado para acomodarse debajo de las sábanas—. Créeme —bostezó—, lo tengo bien presente. Esto va para largo pero no será para siempre.
Recuerdo que me molestó la facilidad con la que se durmió después de eso. Estaba seguro de que si en ese momento Julia hubiera sabido lo que estaba atravesando Raquel, no hubiera sido tan apática con su situación. Y por otro lado, Mamá tampoco fue de mucha ayuda. Era evidente que sus sospechas iban encaminadas a que la relación de Raquel y Alondra no iba bien y aquello estaba complicando de más lo que pasaba con Julia. De más está decir que mi hermanita tampoco sintió la confianza de aclarar las cosas con ella, mucho menos con la forma tan cortante que tenía nuestra madre de expresarse cada que escuchaba a quien sea hablar de Alondra.
—Julia tiene razón —me diría con indiferencia un día. Estaba recostada en mi pecho y pude ver en el espejo de su tocador que tenía la mirada perdida, pensando—. Raquel siempre ha sido una niña a la que se le dieron fácil tantas cosas y por ende, le cuesta más sobreponerse cuando no todo sale como ella quiere.
Sus palabras estaban llenas de certeza, pero también de cansancio. Estoy seguro de que Sandra no se había quedado de brazos cruzados viendo cómo su hija menor caía en aquella espiral de rencor y desprecio, aunque también me quedaba claro que no estaba siendo la madre más compresiva. Entonces, reflexioné. A lo mejor Raquel sí era una artista nata y su pasión y carisma la habían llevado al teatro desde que era niña… pero, ¿y si aparte tuviera otro motivo en el fondo? Y si la razón era también impresionar a mamá.
Hasta hacía poco, cualquiera hubiera pensado que Raquel sería la hija favorita por la manera en que mamá encontraba la forma de compartir (presumir) a todo el mundo que era toda una actriz y que se perfilaba para la pantalla grande si se lo proponía. Nunca habló así ni de Julia ni de mí y en realidad, jamás sentí ese favoritismo en casa. Sí, alentó a su hijita a seguir sus sueños (mismos que también tenía a su edad), pero también llegó a apoyarnos a Julia y a mí.
—¿Puedes creer que ella decía que Julia era mi favorita cuando entró a trabajar en la radio? —preguntó, mirándome indignada.
—Pues, un poco sí —reconocí con indiferencia y algo de severidad—. Digo, te la pasaste hablando de eso por todo el año… hasta que entró en la televisora.
—¡Pero hice lo mismo cuando ella entró a ballet! —exclamó, exasperada—. No se acuerda porque ni apenas había entrado a primaria. Mis compañeras en el trabajo me decían que no era para tanto. Las harté, pero a mí no me importa —continuó y su voz comenzó a temblar—. Siempre he estado orgullosa, de los tres.
Estaba de acuerdo, con ambas. Mamá solía tener rachas en las que le prestaba más a atención a uno en especial, pero hasta ese momento nunca se me cruzó por la mente pensar que quería más a alguno de nosotros. Muchos podrían hasta decir que yo era el favorito con lo mucho que me había apoyado últimamente con el tema de los masajes… y las relaciones poliamorosas e incestuosas. Pero era eso, cuestión de percepción.
Aunque así fuera, eso no evitó que Raquel decidiera vivir en aquella realidad distorsionada. Para ella, cualquier cosa podía poner en duda que “era suficiente”, ya fuera Julia, mamá o yo… o Alondra. Hubo un par de veces que nos reunimos los tres para platicar e intentar que Raquel se animara un poco. Allí me quedó claro que había sido ella quien la apoyó incondicionalmente todo ese tiempo. Se lo hice saber y le agradecí inmensamente por todo lo que había hecho por mi hermanita. Lo dije con la mejor de las intenciones, pero no imaginé que Raquel pensaría que era una carga para Alondra y para mí.
La chica supo qué decirle para tranquilizarla rápidamente, pero ambos nos miramos, sabíamos que sería una calma temporal, una amenaza latente que podría repetirse a la menor oportunidad. Ella era más consciente que nadie que la paz mental de Raquel pendía de un hilo y que cualquier comentario descuidado podría ser interpretado como una acusación, una insinuación o una prueba de “su evidente fracaso” como actriz, como adulta, como novia, como hermana y como hija. Ir a terapia psicológica estaba fuera de discusión, en esa época, todavía era mal visto ir con un “loquero” y Raquel se negó durante años a recibir ayuda profesional.
Me seguí rehusando a hipnotizarla. Insistí en querer ayudarla a salir de esto por sus propios medios y me convencí a mí mismo diciéndome que ella habría sido la primera en querer resolver todo con hipnosis si en verdad quisiera. Pero ahora puedo ser honesto y decir que tenía miedo, temí volver a hurgar en su mente y quizás enterarme de algo para lo que podría no estar listo. Muy en el fondo, me aterraba la idea de que yo podría ser el principal responsable de su estado mental. Recordé cómo había suprimido el trauma que había tenido con Pascual la noche en que Tere y yo lo corrimos de su hogar. ¿Y si había movido algún cable que no debía? ¿Y si había fracturado la mente de Raquel al grado de causarle esa inestabilidad?
No me quedó de otra que comentarles a Julia y a mamá a grandes rasgos lo que estaba pasando con Raquel y su complejo de inferioridad. Ambas entendieron sin necesidad de contarles nada de lo que había estado ocurriendo. Y así, todos empezamos a cuidar lo que decíamos en su presencia. A veces metíamos la pata, pero poco a poco fuimos lográndolo… o eso creíamos.
Eventualmente, Raquel acabaría dándose cuenta de nuestro cambio de actitud y me reclamó en mi cumpleaños. Dijo que habíamos estado más pendientes por no perturbarla que por el festejo en sí y creyó que había ido de chismoso con mamá y a Julia y les había contado todo. Ambas habían atado cabos por su cuenta. Los horarios de Raquel ya no eran consistentes con los que tenía cuando iba a ensayos o cuando habían funciones y también hubo funciones de la compañía que habían ocurrido mientras ella estaba con nosotros en casa. Básicamente era un secreto a voces, solamente no sabían los detalles como, por ejemplo, su canal de YouTube.
Siguiendo el ejemplo de una chica llamada Yuya, mi hermanita se aventuró a grabarse hablando de maquillaje y moda frente a una cámara. Esa era la nueva razón por la que se quedaba tanto tiempo en el departamento de Alondra, ella la ayudaba con las grabaciones y la edición. Por fin había encontrado algo que despertara su curiosidad y que realmente la animara. Tenía muy pocas vistas y apenas un par de suscriptores (aparte de Alondra y de mí), pero Raquel estaba muy entusiasmada y entendía perfectamente que aquello era un proyecto a largo plazo, al que tenía que entregarle toda su energía y su pasión. Al poco tiempo, su humor mejoraría bastante. La Raquel alegre, carismática y cariñosa volvía a aparecer poco a poco y eso fue un respiro para todos en casa. Y eventualmente, la Raquel sexy también regresó.
De más está decir que durante todo ese tiempo, la situación no había estado para eso. Ya estaba a mitad del diplomado, habían pasado casi dos semanas desde mi cumpleaños y Raquel me dijo que aún no me había dado mi “ verdadero regalo”. Julia y mamá no estaban en casa, acordaron dejarnos la casa sola ese domingo y mi hermanita pudo conectar la laptop a la tele de la sala. La pantalla estaba en negro y una música seductora empezó a sonar. Una sucesión de letreros me felicitaron por no morir un año más, me pedían perdón por la demora, me recordaron que me quería mucho y gradualmente empezaron a jugar con mi paciencia. Daban la ilusión de que ya iba a empezar la función, que me preparara y sólo daban largas, preguntándome si ya estaba listo y diciendo que ahora sí, ya iba a empezar para seguir estirando la liga. Estábamos los desnudos sobre el sofá y cuando ella se acurrucó sobre mí la música cambió.
Los créditos de las únicas dos directoras, productoras, escritoras, creadoras y protagonistas de esa cinta acompañaban una toma en primera persona caminando por ese pasillo que ya conocía y entraba al cuarto de Alondra. Sentí la respiración de Raquel agitándose sobre mi manguera todavía flácida y entonces, apareció mi hermana desnuda en la pantalla de la sala y me saludó a través de la cámara, sonriente. Bueno, no exactamente a mí.
—¡Hola! Ya sé. Te he tenido olvidado todo este tiempo —decía la Raquel de la cinta con voz condescendiente, apoyando las manos en su rodilla para inclinarse y ver algo debajo del espectador— y voy a compensarte. ¡Ha pasado tanto! Creo que ya ni me acuerdo a qué sabe tu lechita.
La voz de la actriz sonaba coqueta y cargada de una lujuria disfrazada de inocencia que tensó mis músculos sin darme cuenta mientras una lengua empezaba a lamer al destinatario de aquellas palabras.
—¿Me extrañaste? Yo sí —pujaba la chica de la tele—. Mira —gimoteó y la cámara hizo un close up a su entrepierna, su dedo separó obscenamente aquel pliegue rosado para dejarme ver lo lustrosa que estaba su rajita—. Nomás pienso en ti y ya estoy así.
—Te salió muy natural —alabé a la protagonista.
—¡Sh! Cállate y mira —me ordenó la también directora y guionista y siguió chupando su paleta.
Era una porno en todo sentido, un POV de una Raquel tan irreal como fiel al personaje, si es que eso tiene algún sentido. Su forma de hablar, sus movimientos deliberados para que la cámara lograra captar lo mejor posible su cuerpo… era como si yo estuviera allí. Ella se arrodilló frente a una verga de plástico y comenzó a chupármela igual que la persona que tenía junto a mí. Me sumergí tanto en aquella verdadera experiencia 4D que ya quisieran los cines poder ofrecer que ni siquiera reparé en el detalle de que era una película. Alguien había sido el responsable de grabar ese metraje y la camarógrafa rompió un poquito la magia cuando empezó a soltar sus diálogos con evidente inexperiencia.
Mi mano se adentraba en la melena de mi hermanita y descendió por su nuca hasta su espalda, agradeciendo aquel servicio tan fuera de este mundo. ¡Dios! ¿Cómo había sido posible vivir sin esa boquita todo ese tiempo? Vi estrellas. Y la actriz en la pantalla se engullía aquella verga de silicón con una sonrisa, así que empujé su nuca hasta sentir el interior de su garganta. La chica de la pantalla aguantó bien, pero la de carne y hueso no estaba preparada y tuvo que pedirme que la liberara. Aún así, ambos guardamos silencio el resto de la película.
Ocurrió todo, una buena mamada. Luego, la cámara se situó entre sus piernas y estoy seguro que la camarógrafa quiso sentirse actriz del método, porque esos gemidos no fueron tan fingidos que digamos. En honor a la ceremonia, yo también comí esa cuquita que tenía al alcance. Y los pujidos y resoplidos de la Raquel que estaba conmigo en la sala fueron sepultados por los gemidos pornográficos que salían de las bocinas. ¡Carajo! Me dan escalofríos tan sólo de recordarlo. Y luego, el evento principal: la cara de mi hermanita gimiendo directo a la cámara mientras su coprotagonista la hacía suya en su cama. Nos movimos al suelo, la Raquel de carne y hueso me reclamó con sus brazos y nos fundimos en ese beso que hacía tanto no nos dábamos.
Fue abrumador de inicio a fin. Tener de fondo a mi hermanita cogiendo con ese otro alguien que tomó mi lugar en la película no tiene comparación. No pudimos seguirle el paso a la pareja de la pantalla, pero no importó. Mi segunda venida acabó en su rostro mucho después de que la función acabara.
—No es justo —le reclamé—. Ella pude seguir por horas, no puedo competir contra eso.
—Yo tengo que competir con mamá y con Julia —ronroneó ella sentada en mi regazo sobre el sillón—. Tú también tienes que ponerte las pilas.
—No es un competencia —dije antes de besar sus labios.
—¡Ah, no! ¡Sí que lo es! —contestó sonriente y con esa chispa en sus ojos que hacía mucho no veía.
La calentura y la alegría de tener a la Raquel de siempre una vez más hicieron que no le prestara atención a esas palabras, pero terminarían por volverse una realidad.

Hola, cuando vuelves a publicar? Se extraña la serie
ResponderBorrarHola, una disculpa por la ausencia. Lo más probable es que el siguiente capítulo salga hasta marzo. Gracias por comentar.
Borrar