El Hombre de la Casa 53: Apertura




La primavera estaba en su punto más caluroso y entre el trabajo y el curso, apenas podía pensar en nada más, era una suerte al menos que las cosas con Raquel fueron mejorando. A veces pasaba a visitarme a la clínica cuando era hora de cerrar. No diré que era la más sincera cuando saludaba a Abi amablemente, pero al menos tampoco la llamaba “zorra” a sus espaldas como solía hacer con otras mujeres con las que yo interactuaba. Además, reconocía que gracias a ella el local se veía más ordenado y limpio, tal vez demasiado. Las toallas, las sábanas, los productos; todo estaba meticulosamente acomodado y aquello nos hizo pensar a todos en casa. La sola idea de que Abi pudiera notar cuando algo estuviera fuera de lugar allí fue motivo suficiente para convencernos a todos de nunca más intentar hacer algo en ese local.

Aquellas veces que Raquel me visitaba, aprovechábamos la oportunidad de vagar y perdernos un poco entre las calles y parques de camino a casa. Mi mano encontraba la suya y nuestros dedos se entrelazaban a escondidas cuando nos encontrábamos lo suficientemente lejos de casa y pensábamos que nadie podría reconocernos, y en donde la escasa luz de las farolas nos incitaba a ponernos un poco más cariñosos y atrevidos.

Yo lo sabía. Sabía que el pulso de mi hermanita se aceleraba cuando oía los pasos de alguien acercándose y no le permitía apartar sus labios de los míos, que su aliento se embravecía cuando mis zarpas no dejaban de encajarse en sus nalguitas debajo de la ropa en lugar de soltarla. Cuando aquello lograba hacerla gemir, su cara se ponía roja, pero aquella sonrisa no se le borraba ni siquiera cuando llegábamos a casa. Y sabía que al cerrar la puerta que daba a la calle, su rajita me estaría esperando, húmeda y caliente, ávida de recibir mis dedos, mi lengua o mi fierro. No había duda: a Raquel la ponía cachondísima el riesgo de estar en público.

Una tarde, nos metimos a aquél parque al que le habíamos echado el ojo. No era muy grande, apenas lo suficiente para alejarnos del tránsito de la banqueta y lo mejor, siempre se veía vacío, podría decirse que hasta estaba abandonado. Estaba rodeado de edificios altos cuyas ventanas no podían sondear las copas de los árboles y que aunque el alumbrado se encendiera desde temprano, el follaje denso de los árboles hacían imposible ver bien fuera del sendero y las bancas. Ella no ocultó su emoción cuando mi mano tiró de ella para dirigirnos finalmente a aquél asiento del que le había hablado. Sabíamos que era el rincón ideal y bajo esa tenue luz amarillenta, ya sentado, unas palmaditas fueron su señal para subirse a mis piernas. Contenta, obedeció. Mis manos husmearon bajo la tela de sus jeans y ella se meneó al sentir el frío de mis palmas chocando con sus nalguitas tibias. Su boca reclamó la mía y sus risitas me incitaron a sentir más del calor de su piel bajo la ropa.

Una de mis manos fue deslizándose bajo la mezclilla hasta alcanzar ese sitio de donde emanaba el calor entre sus piernas mientras la otra adivinaba la topología de sus tetas bajo el brasier. Quería oírla ronronear y ella chillaba de emoción cada que mis dedos visitaban aquellos sitios que conocían de memoria. No era la posición más cómoda, pero nuestros cuerpos actuaban por instinto. Su mirada me ordenaba que no me detuviera y la forma en que se relamía los labios, resoplando para no gemir era un auténtico deleite.

—¿Qué harás si alguien viene y nos ve? —me preguntó con una voz baja y pícara mientras su cadera se mecía al compás de mis dedos.

—Cuando eso pase —gruñí entrecerrando los ojos y apretando su teta, haciéndola callar un chillido—, haz lo que te diga.

Sus piernas se tensaron y su cadera se inclinó de modo que mis falanges pudieron terminar de adentrarse en ella. Pude escuchar el ruido que provocaban mis movimientos en su interior, un chapoteo amortiguado por la tela y nuestra agitada respiración. Sus dedos se clavaban en mis hombros y mordió sus labios con fuerza para contener aquello que quería escapársele de la garganta.

—Si nos regañan, corremos. Pero si la persona que venga y nos vea… —hice una pausa al sentir sus adentros apretarme— si no dice nada y se queda a ver… ¿Pa’ qué irnos?

Los suspiros dieron paso a los jadeos y la dejé apoyarse sobre mí disfruté de los escalofríos que me provocaba escucharlos detrás de mi oreja. Mis yemas dentro de ella se ensañaron con aquél punto que la hacía perder la fuerza en sus piernas y para mi sorpresa, soltó un alarido. Aquello resonó entre los árboles e incluso ahuyentó un par de pájaros que a lo mejor habrían estado observándonos.

Tuvimos suerte esa vez. Para cuando una señora se acercó a averiguar el origen de aquel grito, nosotros ya íbamos de salida. Tuve que contarle que mi pobre hermanita se había golpeado en el pie con una piedra y eso fue excusa suficiente para escabullirnos (y también explicaba por qué caminaba mal). Cuando llegamos a casa, su cuarto se inundaría de más ruidos similares.

Aquello volvió loca Raquel, de eso no había la menor duda, pero cuando se nos volvió a presentar una oportunidad igual a los pocos días, ella tiró de mí y nos apresuramos a coger en casa. Le gustaba la idea, pero no nos atreveríamos a repetirlo sino hasta muchos años después. Sin embargo, volvimos a tomarnos fotos mientras cogíamos. Ella quería que mi verga fuera siempre la protagonista en aquellas imágenes, incluso aunque no figurara por estar dentro de su boca o su rajita. Quería que todo quedara bien encuadrado con la explícita intención de que Alondra las viera después. 

No me molestó la idea, me pareció que era una forma de devolverle el favor por haberle ayudado a Raquel a realizar su metraje. Pronto, el envío de fotos y videos empezaría a hacerse en tiempo real y así mi hermanita podía enterarse de lo que semejante material audiovisual provocaba en su noviecita. Todos ganábamos, ambas se calentaban mutuamente y mi riata podía disfrutar los frutos de aquel juego morboso.

—A ver cuándo se te ocurre poner la webcam —se me ocurriría decir una vez en que mi hermanita no despegaba la cara del teléfono.

—Le da pena —respondió ella con ternura mientras texteaba con la susodicha.

—¡Ah! ¿Por eso no has querido que se repita lo de aquella vez? —pregunté a modo de broma, pero ella se congeló. Sus dedos dejaron de teclear y cuando me acerqué para verla de frente, su rostro estaba serio—. Ya, ya… —me apresuré a decir, arrepentido de mi comentario— es broma. 

—No es gracioso —diría ella con voz seca.

—Lo decía por ti… por ustedes —me apuré en aclarar. Esta vez, logré callarme antes de recordarle innecesariamente lo poco atractiva que me resultaba su novia—. Esa vez te pusiste tan cachonda que… 

—No quiero —me cortó con aquel tono inflexible—. No va a volver a pasar.

—Está bien, está bien —le confirmé mientras la rodeaba con mis brazos. Por un instante, creí que me rechazaría, pero sólo se quedó imóvil—. Olvida que dije eso.

Al poco rato, la tensión en su cuerpo fue desvaneciéndose y aunque el ambiente se suavizó y terminamos pasando la noche juntos en mi cama, ella no volvió a tocar su teléfono hasta la mañana siguiente. Nunca me enteré si aquello también habría provocado tensiones entre Alondra y ella, lo que sí es que dejamos de tomarnos esas fotos y videos durante un buen tiempo.

 

Al mismo tiempo, mi curso seguía y afortunadamente las citas en la clínica no paraban de llegar, no sé cómo le hacía Abi, pero siempre tenía al menos a una persona programada para cada día que me tocaba ir. Era cansado a veces, pero podía estar seguro de que al llegar a casa tendría siempre una razón para estar contento y una cama con quien compartir, aunque no siempre hubiera sexo de por medio.

Había períodos en los que Julia y yo podíamos pasar juntos hasta tres noches seguidas… y aquello implicaba que Raquel y mamá buscarían su debida compensación, era lo justo. No importaba si era una noche apasionada, una romántica o una tranquila; despertar a lado de cada una de ellas es definitivamente la mejor forma de empezar mis mañanas. A Raquel le gustaba retenerme en la cama hasta que Julia y mamá se iban, alegando que ellas mismas podían prepararse su propio desayuno y tampoco me deja abandonar las sábanas sin antes beberse mi primera descarga del día religiosamente. Por otro lado, mi madre a veces prefería bajar al comedor y preparar todo ella misma para así tener su propia ración de leche, carne y huevos conmigo , con suerte, con Raquel como testigo. 

Ahora bien, empezar mis días a lado de Julia entre semana y como a mí me gusta implicaba un poco más de mi parte. Ella es la primera que tiene que irse y como quiero ayudarla a que vaya bien motivada a trabajar, hay que despertarse mucho más temprano. Aunque a ella le guste tener mi cara entre sus piernas antes siquiera de que el sol se asome, le gusta fingir que no, es como un juego. Primero ella se resiste, sus manos empujan mi cara intentando alejarme, pero esa forma en que me dice “no” entre risas no hace más que avivar mis ganas de no desistir en mi misión. No es un deseo de poseerla, sólo me gusta la idea de consentirla, oírla suspirar y que sus dedos se encajaran en mi pelo cuando sus piernas se contraen y que ese placer se sublime en aquel jarabe que bebo con gusto. Esa mirada de reproche combina tan bien con su sonrisa de complicidad. Juro que el rostro le brilla más cuando lo hacemos, su sonrisa es más radiante y hasta su voz suena más dulce; por eso lo sigo haciendo.

Tampoco era cosa de todos los días, Julia y yo no teníamos tanto sexo como pensé que ocurriría, pero creo que por eso lo saboreo incluso más. Eso también era parte de nuestro juego. A ella le gusta tener esa última palabra, ese “no” que sí va en serio, que jamás dice con disgusto ni fastidio, pero sí con autoridad. No es capaz de esconder su satisfacción al verme con el arma a punto y jugar con mi paciencia, llegando incluso al extremo de sugerirme abandonar el lecho.

—Seguro Raquel o mamá estarán más que felices de ayudarte con esto —diría una vez con una sonrisa pícara al mismo tiempo que su mano comenzaba a acariciar mi verga.

—Sí… y tú también —le respondí, dejando que mi mano resbalara por su muslo y presionando la punta de mi mástil en la separación de sus gajos—. ¿O vas a decir que esto no está empapado?

—Quién sabe… —fingió indiferencia—. A lo mejor son tus babas de la mañana que todavía no se secan.

Había algo en todo ese jueguito, algo en ese estira-y-afloja con el que buscaba sacarme de quicio, que a pesar de lograrlo en ocasiones, me hacía querer más. Lograba despertar en mí aquel impulso de recordarle cada que podía que mi cuerpo ansiaba el suyo. Y mis esfuerzos rendían sus frutos de vez en cuando.

Se había vuelto habitual que un mensaje suyo alegrara mi día de vez en cuando. Y cuando la suerte me sonreía, podría recibir una foto coqueta con unas tetas libres acompañadas de una sonrisa traviesa, o una su coñito rosado con una mano invitándome a contemplarlo… y cuando me mostraba que estaba usando su plug en el trabajo ¡Uf! ¡Hacía que mi sangre hirviera! Le comentaba las cochinadas que se me ocurrieran y aunque a veces me seguía la corriente, aquello no era una garantía de nada. Muchas veces, ella misma se encargaba de advertirme que no me hiciera ilusiones y a mamá y Raquel les tocaba lidiar con mi calentura. Pero cuando me enviaba uno de esos mensajes, no había lugar a dudas.

Vas a ver cuando llegue

Recuerdo mucho esa frase, cuando me escribía algo así sabía que esa noche me tocaría atestiguar a una Julia desatada. De alguna forma, cada que eso ocurría mamá siempre pareció estar enterada. No sé si lo acordaban entre las tres o si Julia escogía deliberadamente los momentos en los que Raquel no estaría en casa y mi madre sólo le echaba la mano abandonando la casa con alguna excusa conveniente para dejarnos solos; pero de alguna manera, mi hermana mayor se aseguraba de que nadie excepto yo escuchase aquellos gemidos que soltaba a todo pulmón. 

Era todo un evento, un incendio, una explosión, la liberación de toda esa tensión que Julia parecía acumular y reprimir durante días… y era definitivamente glorioso. No había rastros de esa chica que alguna vez se mostró tímida y reservada ante mí. La forma en que sus caderas se mueven como si quisieran fundirse con las mías, esos besos que buscan arrebatarme el alma o cuando sus piernas arman su candado alrededor de mi cintura, aquellas miradas que aceleran mi pulso y me llenan de un deseo irrefrenable de hacerla mía… así es la Julia que me encanta ver. Recuerdo que me preguntaba para mis adentros cómo era posible aquel cambio tan drástico en ella, pero nunca me atreví a mencionárselo.

Y no sólo era yo, mamá también empezó a mostrarse curiosa de cómo iban las cosas entre ambos. Buscaba saciar su curiosidad tan pronto se le presentaba la oportunidad. Al principio, sólo eran comentarios escuetos, indirectas para dejarme en claro que sabía muy bien lo que ocurría cuando nos quedábamos solos. Luego, vinieron las preguntas. Primero eran vagas, un “¿Qué tal?” o un “¿Hubo algo diferente?”, cosas a las que no sabía qué responder. Por alguna razón, no me sentía cómodo con la idea de contarle detalles de cómo era esa otra Julia que ella no conocía. Hasta que un día, tan pronto regresó a casa, me lo preguntó directamente:

—¿Cómo estuvo?

Recuerdo muy bien esa vez, me sobresalté. Julia estaba en el baño, pero estaba seguro de que había podido escuchar la pregunta de mamá claramente, yo me quedé pasmado. Recuerdo la expresión de expectativa en la cara de mi madre y el vuelco en mi corazón cuando escuché que Julia contestó desde el baño con un tono de alivio.

—¡Ah! ¡Muy bien!

Todavía puedo ver esa sonrisa pícara que se dibujó en el rostro de Sandra antes de besarme, recompensándome por lo que fuera que hubiera hecho. No recuerdo qué otras cosas comenzaron a decirse y cuando mi hermana salió, bañada y repuesta, también me premió como había hecho nuestra madre.

Aquello sembró en mí una idea, una sospecha que con el tiempo se confirmó. Habría sido difícil no notarlo, la verdad. El nivel de “destreza” de Julia siguió mejorando en muy poco tiempo. Desde lo que hacía su boca hasta la forma en que se acomodaba para recibir mi fierro con posiciones que no eran de novata. Podría jurar que fue en esa época que sus adentros terminaron de tomar la forma de mi verga, es increíble la facilidad con la que puedo metérsela y la manera en que su interior me estruja al grado de prácticamente inmovilizarme dentro suyo… tanto por delante como por detrás. No había otra explicación: mamá la estaba aconsejando, no tenía sentido que ella aprendiera eso por cuenta propia. 

Estamos hablando de Julia. No era como que de pronto le hubiera dado por buscar en Internet o hubiera desbloqueado semejantes habilidades de la noche a la mañana por su cuenta. Es verdad que en ocasiones puntuales se convertía en una fiera en la cama, pero la mayor parte del tiempo el pudor seguía colándosele en el rostro cuando la molestaba con alguna pregunta o comentario subido de tono. Todavía hubo veces en las que no podía sostenerme la mirada mientras lo hacíamos y recurría de nuevo a la almohada. Era obvio que mamá la había estado ayudando, pero ¿cómo? La sola insinuación de que mamá no abandonara la casa cuando cogíamos fuerte era una locura para ella, impensable, un “no” rotundo.

—¿Vas a decir que te daría pena? —le increpé un día mientras mis dedos jugueteaban entre su cabello— Tú ya nos viste coger, ¿no? Hasta te gusta —añadí para azuzarla y ella sólo guardó silencio—. Además, ¿vas a decirme que te da pena que sepa lo que hacemos? ¿Después de todo lo que seguramente ustedes dos han hecho a solas?

—¡No hemos hecho nada! —me respondió, espantada y volteando a verme con los ojos abiertos como platos. 

—¡Ey! ¡Ajá! —exclamé con incredulidad—. Vas a decirme que aprendiste a mamarla como ella sólo viéndonos u oyéndonos.

Su rostro palideció y a los pocos segundos, se puso rojo como un tomate, fue tan tierno que no pude dejar de molestarla con eso durante días. Ella sólo insistió en que nunca había habido contacto físico entre ambas, pero por más que le pregunté, nunca me confesó cómo habían sido sus lecciones con mamá.

—Pues, ojalá que siga enseñándote cosas —diría de pronto en otra ocasión, con una despreocupación que mi hermana interpretó como cinismo y me echó unos ojos de pistola—. ¡No, aguanta! No es eso —me apuré en aclarar—. Es que, la verdad, me gusta que ahora se lleven mejor ustedes dos.

Por más retorcido que suene, madre e hija de verdad habían descubierto en ello una forma para estrechar su relación. Ya no era raro verlas a ambas platicar amenamente, ya fuera en el comedor o en el cuarto de alguna de ellas y ya no me ocultaban cuando la charla se ponía… “didáctica” o íntima. Tampoco era un secreto que Sandra se enorgullecía de saber que su nueva aprendiz era tan dedicada y prometedora. Cuando me preguntaba por el desempeño de su hija mayor, sabía de antemano que nunca iba a recibir una queja de mi parte. 

Y gracias a ello, aquél pudor que Julia sentía con mamá también fue diluyéndose rápidamente. Sandra, quien había vuelto usar bata para andar en casa para guardar cierto recato frente a su primogénita, volvió a deambular desnuda por la casa. No sólo eso, le encantaba la idea de coger en el pasillo para que Raquel y (sobre todo) Julia nos vieran u oyeran. Ahora que su hija mayor ya no se mostraba tan incómoda con esas escenas, no había necesidad de contener sus gemidos y rugidos, mucho menos los ruidos obscenos que hacía su garganta cuando violaba su boca como a ella le gustaba.

Otra cosa que pasó gracias a ello fue que Julia empezó a apersonarse, sin ser llamada, en el cuarto de mamá cuando nos oía coger (claro, siempre y cuando no estuviera Raquel en casa). Si no llegaba desnuda, se desvestía ahí mismo (también, sin que nadie se lo pidiera) y se ponía a platicar para participar en ese jueguito que todos sabíamos le prendía tanto a Sandra. Sacaba tema de plática con cualquiera de los dos, actuando como si mi verga no estuviera profanando de formas tan obscenas aquel cuerpo que nos había engendrado a ambos. Ya no esquivaba la mirada de nuestra madre e incluso dejó de ocultar lo que su mano hacía entre sus piernas mientras se esmeraba en estirar la plática, por más trivial que fuera, todo lo que podía… hasta recibir su señal. Con tan sólo yo estirar la mano, ella venía a mí y endulzaba mi boca con sus besos dejándome degustar sus ansias por hacerla mía. 

Y tampoco era como que a Sandra le molestara que le sacara mi verga para centrar mi atención en su querida hija. Sabía que a veces no pasábamos de los besos y una que otra caricia, pues el pudor de Julia muchas veces la hizo detenerme y me instaba a continuar lo que mamá y yo habíamos dejado inconcluso. Y claro, también hubo ocasiones en las que la calentura superaba la timidez y nuestra madre se iba para darnos algo de privacidad. Así ocurrió un par de veces, hasta que simplemente, un día decidió no irse. Todavía recuerdo que Julia la miraba de reojo, pero no podía negarse cuando mi verga la embestía ahí, frente a la mirada atenta de mamá. Era, quizás, la mirada de una profesora evaluando a su pupila o, a lo mejor, de una bestia hambrienta viendo cómo su comida se cocinaba lentamente. Fuera lo que fuera, la forma en que Julia me apretaba cuando mamá nos observó era una cosa del otro mundo.

Y por suerte, no fue cosa de una vez. Julia nunca diría nada al respecto, jamás le diría a mamá que se quedara a vernos coger en su cama y tampoco se opondría cuando eso siguió ocurriendo. Era cosa de familia, al parecer, la adrenalina de tener un público volvía locas tanto a la madre como a las hijas. Y lentamente, sin que nos diéramos cuenta, Sandra se fue acercando. Primero se limitó a presionar su cuerpo al mío por detrás, evitando a toda costa tocar aquella piel prohibida de su hija mayor. Acariciaba mi torso a su antojo, primero con sus manos, luego con sus labios y su lengua, provocándome descargas eléctricas que me hacían acabar violentamente dentro de Julia. Otro día, empujó mis caderas con las suyas, marcando el ritmo con el que mi verga horadaba en su querida aprendiz.

Hasta que un buen día, después de venirme, no aguantó las ganas de limpiarme la riata… y a lo mejor probar por fin el sabor de su hija mayor. Quizás mamá lo sabía, quizás fueron los astros alineándose, pero la calentura de Julia no se había calmado y aquello la hizo mirar casi hipnotizada cómo nuestra madre se bebía nuestros fluidos por igual. Cuando la maestra notó esa chispa de curiosidad en su alumna, le propuso acercarse y tomar turnos para comer juntas. Ésta accedió, algo que cualquiera habría creído impensable días atrás, tal vez incluso esa misma mañana. De pronto, me encontré acostado boca arriba, con ambas recostadas a cada lado, prestándose mi verga una a la otra, aquello fue como rozar las puertas del Cielo y me vine casi de inmediato. 

—Eres un viejo cochino —me diría en privado aquella que había estado compartiéndose mi verga con nuestra propia madre—. Acabaste enseguida… sólo por tenernos a las dos juntas. 

—Sí, sí. Me declaro culpable —reconocí descaradamente—. Te prometo que a la próxima voy a durar más —añadí, sosteniendo sus manos con las mías y echándole unos ojos de galán que la hicieron carraspear para ocultar su risita.

—¿Ah, sí? ¿”A la próxima”? —preguntó, desafiante y con incredulidad. Yo asentí exageradamente cual payaso y ella finalmente se quebró con una carcajada—. ¡Ja, ja, ja! ¡Ay, no! ¿Cómo crees? Casi me muero de la pena allí, con mamá tan cerca de mí. 

—Pero bien que te tragaste sus babas —señalé, envolviéndola con mis brazos e inmovilizándola antes de que amenazara con soltarme un golpe. 

—¡Meh! Hemos bebido del mismo vaso antes —respondió para mi sorpresa como si eso no le importara y me dejó estrujarla contra mí. 

—Entonces no te va a dar pena la próxima vez que lo intentemos —le solté con una falsa tranquilidad. Aquello era una afirmación, no una pregunta, pero mi corazón se empezó a acelerar. Ella sólo bufó, resignada y me lancé a besar su cuello, sintiendo cómo se le erizaba la piel—. Te amo. Te prometo que ahora sí acabaré en tu boca.

—¡LUÍS! —bramó mientras empezaba a forcejear para zafarse de mí— ¡Vas a ver cuando me suelte! 

Fue difícil hacer que se calmara esa noche, pero no estaba enojada de verdad. A los pocos días, cumpliría aquella promesa. Julia siguió abriéndose cada vez más con nosotros, pero incluso así, sabía que había que ir con calma. Hubo una vez en la que mi hermana de pronto se salió del cuarto y nos dejó solos a mamá y a mí, desconcertados. Intercambiamos miradas, ninguno estuvo seguro de qué ocurrió esa vez, pero sabíamos que era mejor darle su espacio y no precipitarnos o terminaríamos por alejarla más. Porque, claro, Sandra también tenía un objetivo con Julia. Fui testigo varias de esas veces en que devoró con la mirada el cuerpo de su propia hija cuando creía que nadie más la veía. Aquella mujer tenía antojo de un platillo en especial y no iba a sacrificar todo sólo por no tenerle paciencia al marinado.

 

En un abrir y cerrar de ojos, había llegado el último día de mi curso de certificación. La ceremonia de graduación se haría la siguiente semana y la entrega de certificados sería un par de meses después; pero mamá insistió en que podíamos celebrar ese mismo fin de semana. Raquel y Julia le cedieron la batuta ese día y se mantuvieron al margen. Esa noche, me tocó cenar no con mi amorosa madre que estaba orgullosa del hijo que se graduaba, sino con una regia y despampanante Sandra, con quien tendría el privilegio de compartir la velada. 

Ella pidió un taxi ejecutivo, íbamos vestidos como si fuéramos a ver una ópera y cuando llegamos a nuestro destino, vi que por fin disfrutaríamos como se debe el menú de aquél restaurante al que habíamos ido en febrero. Quise actuar como el caballero que esa dama merecía, una que no debía abrir ninguna puerta ni caminar sin el apoyo de mi brazo.

Ella lo tenía todo preparado, nos llevaron a una mesa apartada en una segunda planta, lejos de las demás y arropados de pesadas cortinas de terciopelo que podían cerrarse para garantizar nuestra privacidad si así quisiéramos. Todo era de película, la luz de las velas, la música suave interpretada en directo desde la planta baja que se colaba apenas lo suficiente para amenizar nuestra conversación sin necesidad de alzar la voz; el servicio, que llegaba como si nos leyeran la mente y apenas interrumpiéndonos.

—¿Y qué es lo que viene? —me preguntó con voz sedosa aquella dama, cortando con delicadeza una porción de la carne en su plato—. Ahora que vas a tener ese título, ¿vas a moverte a un local más grande?

—Ah… eh… Sí, esa es la idea —dije atropelladamente, recurriendo al vaso de agua para ayudarme a tragar saliva.

En esa mesa, no éramos madre e hijo, es más, sentía como si fuera la primera vez que veía a esa mujer que tenía delante. Era diferente a cualquier otra versión de Sandra que había conocido hasta entonces. Era suntuosa, grácil y altiva, pero sin dejar de ser gentil y cariñosa. La elegancia de sus movimientos, la intensidad de su mirada, la sensualidad de su sonrisa y la sutileza con la que lograba atraer mi vista a sus labios, su cuello o su escote era un nivel de sensualidad que jamás le había visto. Era como tener a una perfecta desconocida frente a mí, una que sabía de mí y yo de ella, como si una celebridad que admiraba hubiera mandado investigar mi vida y ahora estábamos frente a frente. Más allá de sentirse extraño o incómodo, fue maravilloso poder compartir la mesa con aquella mujer tan interesante y cautivadora.

En un parpadeo, la cena acabó. No sabía si lo siguiente en esa noche sería un baile real o si a lo mejor era mi deber escoltar a esa reina al palacio de donde seguramente había salido. La manera en que extendió su mano para reposar en la mía y levantarse de la mesa me hizo plantearme por un breve instante la idea de ser su sirviente de por vida. Al subir al vehículo que nos esperaba al salir, mi corazón se aceleró, fue como si de pronto recordara quién era esa mujer en realidad y ella, como si lo hubiera percibido, se despojó de su guante aterciopelado para posar su mano fría en mi rostro para girarme y acercar el suyo. Aquel beso me hizo sentir pequeño e indefenso… y eso no se sintió mal.

El auto se detuvo de pronto. Mi camisa había sido desabotonada para que esa vampiresa pudiera degustar mi piel sin impedimentos. Sus ojos brillaron a contraluz y recuperando la compostura, esperó pacientemente a que su paje (yo) se dignara ponerse de nuevo presentable y le abriera la puerta. No sabía a qué hotel habíamos llegado, más tarde me enteraría que estábamos en otra ciudad prácticamente. No era un hotel de cinco estrellas pero tampoco era uno ejecutivo o de paso. Nuestra habitación estaba esperándonos, había un jacuzzi y una botella de champán en hielo a lado.

Su mano tiró de la mía y suavemente me empujó para que me recostara en la cama. La tela de su vestido resbaló por su piel y la lencería negra se reveló ante mis ojos, acentuando cada una de sus curvas aún más. Su vientre se posó sobre el mío y ese peso sobre mis pulmones hizo que respirar fuera más difícil, pero amé sentir por fin el calor directo de su cuerpo sobre el mío. Una sonrisa orgullosa se le dibujó y sus labios sellaron los míos para terminar de sofocarme.

Era voraz, pero tampoco desesperada. Tenía encima de mí a una leona que gustaba entretenerse con su presa. Su boca extraía casi todo de mí cada que quería, dejándome apenas con el aliento suficiente para no desvanecerme (¿dónde habré visto eso antes?). Pero también le gustaba chupar, lamer y acariciar con sus dientes otras partes de mi piel. Sus manos no me sometían, se hundían en el colchón conforme descendía para terminar por desabrochar el cinturón y bajar mis pantalones. Sentí su cara presionarse contra la tela de mi bóxer y sintiendo lo dura que ya tenía la verga. De repente, su paciencia se agotó y se deshizo de mi ropa como si la odiara para luego volver a tocar mi cuerpo con aquella parsimonia desquiciante.

En cuanto tuvo mi poste a su alcance, no vaciló en sentirlo a través de la tela negra de su braga. Estaba húmeda y cálida, pero se entretuvo restregándomela… hasta que no pude más. Mis garras se lanzaron a su cadera y tiraron de esa prenda. Ella me reprendió con un manotazo ligero y en lugar de deshacerse de ella, sólo la recorrió para ensartarse ella misma mi propia carne. Eso sólo hizo que mi pulso se acelerara y tomó mis manos para que estrujara ese par de melones por encima del encaje de su brasier mientras su cuerpo descendía conmigo dentro. Aquel primer aullido discreto que soltó me provocó escalofríos, era el rugido de una hembra en celo, una que no estaba lista para ser domada esa noche.

… aún.

Poco a poco, pudo albergarme por completo. Todo su cuerpo subía y bajaba lentamente, ambos saboreamos cada instante, nuestro calor y nuestro deseo, lo físico y lo inmaterial, lo prohibido y lo natural. No me impidió desabrochar su brasier, pero sí dejó que se asomaran por encima y recibió con gusto mi lengua en sus tetas, presionando mi cara contra ellas. Con un giro rápido, me posicioné sobre ella y me ensañé con su cuello sólo para sentir cómo retumbaba con cada gemido y gruñido que profería.

—¡Uy, sí! —rugía, posesa y con sus uñas amenazando con clavarse en mi espalda— ¡Aquí me tienes, cariño! ¡Hazme tuya, mi vida!

Con cada frase, su voz se agudizaba y se descomponía más y más. Y eso sólo me hacía darle más fuerte, más rápido.

—¡Así! ¡Sí! ¡Así, cariño! ¡Dale a mami lo que quiere! —bramaba entre alaridos, gemidos y jadeos— ¡Eso! ¡Sí! ¡Con ganas! ¡Hazme tuya, Luís! ¡Soy tuya! ¡Aquí me tienes! ¡Sí, mi amor! Yo…

Y de pronto, se lanzó a besarme una vez más, tal vez para silenciar lo que fuera que estaba a punto de decir. Estaba fuera de sí, era demencial, todo se estaba volviendo borroso. Era incapaz de pensar en nada más que en seguir embistiéndola con todo lo que tenía. Mi verga quería llenarla por completo, estaba muriéndome de ganas por acabar de una vez. Separé mis labios de los suyos para respirar mejor. Sus tetas rebotaban sin parar, sus aullidos se hacían cada vez más agudos, sus brazos se extendían más allá de su cabeza de su cabeza y sus manos tiraban con ansias las sábanas. Sus muslos oprimieron los míos, así como sus paredes internas a mi fierro y esos ligeros espasmos que sentía en mi riata me indicaron que ella estaba rozando el clímax… tenía que alcanzarla.

No fue de inmediato, pero ella aguantó mis embates hasta por fin liberar mi leche en su interior. El frío me recorrió la espalda empapada en sudor y sus brazos me abrigaron hasta terminar de venirme en aquél lugar sagrado que me había dado la vida.

—Mi amor, mi vida… —jadeó la mujer mientras sus labios se adueñaban de los míos—. Cariño… —arrulló con un beso más cálido, mi madre por fin se mostró ante mis ojos—. Te amo tanto, ¿lo sabes?

—¿Lo dices en serio o sólo porque aún tienes toda mi verga dentro? —la cuestioné y su palma se apresuró a cubrir mi cara y ocultar mi sonrisa. 

Esa noche juntos apenas estaba empezando. Y como no iba a ser de otra forma, aprovechamos la ducha. Ella quería deleitarse con la sidra tibia de mi uretra, la vi beberla y untársela por el cuerpo como si fuera una loción… y la calentura venció mi asco. Abrí la llave del agua, ahora tenía la excusa perfecta para repasar cada rincón de su cuerpo con aquel jabón diminuto. El agua hacía que la espuma resbalara y mi lengua se aseguraba de que su piel estuviera verdaderamente limpia. Y claro, ella también se aseguró de que mi verga estuviera bien limpia. 

Una vez bañados, nos dimos gusto con el champagne y disfrutamos del jacuzzi. Las burbujas calientes relajaban el cuerpo mientras las burbujas frías cosquilleaban la garganta. A decir verdad, nuestros paladares disfrutaron más del cuerpo del otro que de la bebida y nuestras manos no podían quedarse quietas bajo esas aguas agitadas. Y claro, cuando no pudimos aguantar más, teníamos que terminar de darle buen uso a esa cama lujosa. Por momentos, aquella Sandra dominante me volvió a deleitar con su carisma apabullante, montándome como una amazona experimentada y queriendo arrancarme el pito a sentones. Pero en cuanto mi zarpa sometió su nuca y le hundí el rostro en el colchón, volvió a convertirse en esa perrita obediente que le encantaba ser. Su culo comió mi virote y cada vez que topaba, ella pujaba y eso sólo me hacía volver a arremeter con fuerza hasta que le entrara toda. 

Su mano me empujó y tomó mi macana para enterrársela ella misma en su almeja. La diferencia era abismal, sus paredes tienen vida propia y saben cómo ordeñarme bien, así volví a venirme dentro. Pero ni de chiste íbamos a acabar allí. En cuanto se postró y tuve su culo a mi merced, me zampé entre sus cachetes y lamí todo lo que quise antes de volver a clavársela en su esfínter. Ella bufaba y rugía cada que mi carne se abría paso en su interior. No me decidía bien, así que cada tanto alternaba de agujero y ella sólo gemía cada que tocaba cambiar. 

Quería verla, así que la tumbé boca arriba y sentí que su mirada me derretía. Su lengua empezó a asomarse cada que me tenía al alcance, pero se ocultaba cada que me acercaba demasiado. Tardé en entender que ansiaba recibir mi saliva en su rostro. Y, claro, tenía que consentirla. Bebió mi escupitajo extasiada, y recibió con gozo mis bofetadas. Una bien acomodada en su mejilla, otra en su teta y un sinfín en su culo; lo que sea que la hiciera gemir de esa forma. Y de nuevo me veo en la necesidad de aclarar que no es que sea algo que a mí me guste hacer, pero si sólo pudieran ver esa mirada, esa forma en que su rostro se descompone por ese placer agónico que tanto ansía y sobre todo, forma en que sus adentros me aprietan cada que lo hago; a lo mejor así podrían entenderme.

—¡Eres una perrita degenerada! —gruñí mientras llenaba su recto de leche—. ¡Cómo quisiera que tus hijas fueran la mitad de putas que tú. 

Y con eso, sentí su cuerpo estremecerse. No iba a desaprovechar la oportunidad, le di unas últimas estocadas y mi pulgar comenzó a castigar aquella perla oculta bajo la piel…

—¿Eso quieres? ¿Te gustaría que tus hijas aprendan a ser unas putitas como mami? 

Ella sólo gimoteó mientras sus brazos, manos y muñecas se contarían y su cadera parecía convulsionar.

—Imagina la cara de Julia si te viera cubierta de meados —espeté con ese tono de disgusto que la encendían y un alarido vaticinó el clímax—, apuesto que Raquel sí te lamería la cara

—¡AAAAAAAH! 

Fue un aullido atroz y un orgasmo potente. Las sábanas al borde de la cama se humedecieron con el producto de aquella fuga que sufrió. Me perdí contemplando la forma en que su pecho se elevaba y descendía, primero de forma atropellada para luego irse estabilizando poco a poco. Mis manos lograron hacer que se girara sin mucho esfuerzo, me monté en su espalda y comencé a palpar los músculos debajo de su piel. Estaba completamente blanda. 

—Hace mucho que no me dabas un masaje —ronroneó después de un rato. 

—Cuando quieras, yo encantado —respondí tranquilamente—. Agenda cuando quieras. 

—¿Y qué crees que va a pensar Abi si llego un día? Ella sabe que hay una tiene que desvestirse —dijo con voz juguetona—. Porque, eso sí, me vas a tener que dar el servicio com-ple-to —canturreó, elevando su pierna hasta golpear suavemente mi trasero.

—Por mí, que hasta se quede a ver —repliqué valientemente, apoyando mi peso sobre sus hombros—. Sirve que así aprende. 

—No creo que sea de esas —comentó, risueña pero pensativa.

—¿”De esas”? ¿Lencha?

Ella dejó de responder, no supe si se refería a eso o si mi pregunta la tomó por sorpresa, sólo sé que sentí la temperatura de su piel elevarse en segundos. Continué mi masaje en silencio y cuando acabé, me acosté a su lado y se giró a verme. Algo había en su mirada, algo que quería decirme pero no era capaz de enunciar. No era incómodo, más bien me resultó enternecedor. 

—Yo también te amo —solté sin más. 

Esos ojos pardos parpadearon en respuesta sin dejar de observarme. No estaba sorprendida, estaba complacida. La sonrisa que esbozó… aún la tengo grabada en mi mente. Extendí mi brazo para acercarnos más, pero ella no se movió. 

—Esto está tan mal —susurró con una resignación risueña y sólo entonces, aceptó mi abrazó—. ¿Por qué tienes que ser mi hijo?

—Si quieres, me cambio el nombre —sugerí en broma y ella soltó una risa de incredulidad. 

—Primero tendríamos irnos de aquí, a donde nadie nos conozca —suspiró con ensoñación. 

—Yo, encantado —continué sin rajarme—. El problema sería decirles a Julia y a Raquel. 

—¡Ja! ¡Como si esas dos no te siguieran a donde sea! —soltó, quizás jactándose orgullosamente de la determinación de sus hijas— ¡Ay, mis niñas! —suspiró nuevamente, esta vez con incertidumbre— ¿Qué va a ser de nosotras? 

 

Ahora, que no iba a tener más clases y ya no necesitaba ausentarme en la clínica, las citas empezaron a bajar, pero a Abi y a mí no nos tomó por sorpresa ya que las vacaciones de verano estaban a la vuelta de la esquina. Decidí que también nos merecíamos una o dos semanas de descanso. Nos había estado yendo más que bien, no sólo me alcanzaba para aguantar esas dos semanas, sino que hasta pude pagarle a mi asistente su salario casi completo por esos días. Ella sabía mejor que nadie las ganancias que habíamos estado alcanzando, pero aun así se sorprendió tanto cuando vio el dinero en su sobre de pago que me abrazó, emocionada. 

—Pues más le vale que no se pase de cariñosa —rumiaría Raquel esa tarde cuando les conté—. ¡Ash! Es lo malo de que “ahora estés soltero” —añadió con voz chillona, haciendo el gesto de comillas con los dedos.
—Si quieres, podríamos decirle a Alondra que finja ser su novia, como con Tere —sugirió irónicamente Julia con una sonrisa burlona. 

Nuestra hermanita sólo la fulminó con la mirada en silencio y acto seguido, se puso a revolver la ensalada en su plato, pretendiendo que no había escuchado eso, al igual que mamá. 

—Va a ser problemático si la gente los ve demasiado cariñosos —intervino mi madre con voz seca y sin apartar la vista de lo que hacían sus cubiertos—, cuida eso. Van a pensar que no eres profesional. 

Eso fue todo lo que dijo en ese momento, Julia resopló resignación y  se llevó un bocado a la boca. Yo hice lo mismo y me tragué aquellas palabras que de otro modo habrían salido de mi boca, no hacía falta discutir. A mi lado, una mano acarició mi pierna, felicitándome por guardar la compostura… al menos en el comedor. 

—No fue así como piensan. 

Mamá y yo retomaríamos aquella conversación en su cama esa noche. Su boca estaba ocupada chupándomela tranquilamente, pero sus ojos se entrecerraron y me miraron con recelo. 

—¡No pasó nada, en serio! —insistí—. Ni pasó ni pasará. Abi y yo jamás… 

—Eso lo sé —respondió finalmente con serenidad. Su pulgar jugueteaba con mi salchicha, asegurándose de que no se ablandara—. Pero debes tener cuidado. 

—Mamá… 

—Lo digo por tu propio bien —atajó a decir y me callé. Su expresión se suavizó, pero su mano no soltó su juguete—. No sabes lo que es capaz de inventar la gente…  y tampoco sabes lo que un rumor es capaz de ocasionar… Luís,  piensa en ti, en tu negocio… y en tus hermanas —añadió con una voz más apagada—. Nadie de nosotros necesitamos esas preocupaciones. 

—Pero no pasó n-

—Exacto —me cortó de inmediato—. Tú lo sabes, yo lo sé. Las tres lo sabemos. Pero, dime: ¿tú crees que Raquel no va a tener esa duda revoloteándole la cabeza? —espetó retóricamente con frialdad y una mirada que volvió a afilarse— ¿Y Julia? —añadió, desviando la mirada hacia mi miembro en su mano, al que siguió masajeando mientras deliberaba. 

«Luís, tú no sabes lo que una duda tonta como esta es capaz de provocar en la mente de una —comentó con cierta inquietud—. Ya después hablaré con ellas cuando pueda. De por sí ya ves cómo andan últimamente…

Ahí estaba otra vez. No era la primera vez que mi madre me hacía un comentario así en privado y hasta ese momento nunca lo habíamos platicado directamente. Pero claro que sabía a qué se refería, no hacía falta que dijera…

—Tienen miedo, Luís. Miedo a meter la pata. Miedo a hacer algo que las aleje de ti.

Oírla decirlo fue como si me acomodaran un buen gancho al hígado. Mi vientre se contrajo y contuve la respiración. También pude notar la amargura en la voz de mamá. Yo no era el único que no quería enfrentar aquella verdad.  

—Mamá… 

—Ya sé, ya sé —resopló, consternada—. No hace falta que me digas nada. Puedo verlo con mis propios ojos. La forma en que nos miras… —No pudo completar su frase. Yo no era el único al que le costaba tomar aire—. Entiéndelas, cariño. En estos momentos, eres todo en lo que pueden pensar.

“Y ustedes, todo en lo que yo puedo pensar”, hubiera respondido, pero se me cerró la garganta.

Sentí que mis tripas se retorcieron, de pronto, se sintió mucho frío. Se acomodó a mi lado y apoyó su cara en mi hombro. Aquel silencio se prolongó lo suficiente para hacerme olvidar hasta de mi propio nombre. 

—Luís —escuché su voz como si sonara distante—, querido. Puedo verlo. Veo cómo se esfuerzan por llevar la fiesta en paz, cómo se cuidan de no enojarse y armar un escándalo. Tienen miedo, los tres. 

«Puedo verlo. Se la viven con ese miedo constante. Los tres se portan como si creyeran que si se descuidan, si hacen algo mal, lo van a perder todo —agregó, preocupada—. Más ellas. Si alguna de ellas “pierde”, tendrá que ver cómo te vas con la otra.

—¡Eso no-

—Yo sé que no  —suspiró de nuevo y bajó su voz para que me tranquilizara—. Pero es lo mismo contigo. Tú también tienes miedo, mi amor. Esa preocupación constante por no “descuidarnos” y hacernos sentir “amadas por igual”… es mucho.  

Sus ojos me examinaron con mucha atención y fue como si la garganta se me cerrara otra vez. Ella sabía que no tenía caso refutarlo. Tan sólo esperó a que vaciara mis pulmones y volviera a tomar aire. 

—Yo… no sé. ¿Qué otra cosa puedo hacer? —pregunté al fin, derrotado pero sintiendo que la presión en mi pecho se aligeraba. 

—Mi amor —endulzó su voz y su mano acarició mi brazo—. Aún no lo pueden ver. Los tres son muy jóvenes, aún les queda mucho por vivir… ¡pero mucho! Y a lo mejor todo esto no tendrían por qué estar viviéndolo… así —dijo después de no poder encontrar otra forma de decirlo—. Pero, ni modo, así les tocó. Así nos tocó —se corrigió. 

«Raqui es la única de ustedes que ha podido tener una relación con alguien más… Tere no cuenta —puntualizó, anticipándose a mi réplica y mirándome con los ojos bien abiertos, como diciéndome “y lo sabes”—. Ella ha tenido la oportunidad de experimentar estos sentimientos por su propia cuenta con otras personas. Y, bueno, aún no sabe cómo terminar de soltar. 

“¿Soltar?”, pensé. ¿A qué se refería con eso? Sentí un hueco en el estómago tan sólo de pensar en mí como aquello que debiera soltarse. 

—Son muy jóvenes —otra vez suavizó su voz y me rodeó con su brazo—. Y allá afuera, un mundo los espera, una vida que ni siquiera se imaginan. No sé cuándo, pero algún día, los tres van a volar —suspiró taciturnamente mientras una mano sobaba mi pecho—, a lo mejor hasta en direcciones opuestas. Una parte de mí quisiera que nunca abandonen este nido que por fin estamos creando, pero soy su madre… y sé que en algún momento harán su propio camino, cada uno. 

—¿Y si no? —pregunté en voz alta sin querer. 

—Tú dime. ¿Qué crees que nos depara el futuro si seguimos así? 

No supe qué responder. Sentí su pecho hincharse a mi costado y exhaló tan lentamente que ni siquiera lo noté. 

—Yo sé que no es fácil —dijo mamá mientras apoyaba su mentón sobre mi coronilla—, no los voy a obligar a nada. Pero algún día, cada uno tendrá que tomar una decisión. Algún día, superarán ese miedo y podrán conocer lo que el mundo allá afuera tiene para ofrecerles. 

—¿Y tú? 

 

Aquella plática no nos sentó muy bien que digamos. 

Durante aquellas últimas semanas, la vida en casa se había vuelto más tranquila. Era muy fácil ponernos de acuerdo cuando alguna de las tres quería pasar tiempo conmigo, simplemente lo mencionaba y las demás lo aceptaban. Casi nunca hubo discusiones al respecto, simplemente se platicaba y se respetaba la decisión. Cuando era yo quien tenía ganas de estar con alguna en particular, rara vez hacían algún comentario al respecto. Eso sí, todos teníamos la prudencia de avisar con tiempo para evitar sorpresas desagradables como lo que pasó en San Valentín. A simple vista, todo transcurría con relativa paz y armonía, pero había algo más que parecía acechar bajo la superficie. 

Sí, Julia y Raquel le habían bajado a sus discusiones, ya casi no tenían y cuando lo hacían, no eran tan intensas. Y no, tampoco habían dejado de soltarse alguno que otro comentario mordaz de vez en cuando como en aquella cena, de hecho, ya no se sentían tan hostiles como antes, incluso sonaban como si se hubieran vuelto más cercanas. Pero ese no era el problema. Había una tensión que se palpaba en el ambiente, como si aquello que cada una se callaba para no discutir sólo se acumulara dentro se ellas, como polvo bajo la alfombra. 

No era extraño que la que “se quedaba conmigo” era la que recibía alguna indirecta. Ya fuera que Raquel nos dijera que podía escuchar todo aunque intentáramos no hacer ruido o que a Julia se le ocurriera agradecerle efusivamente a mamá por los consejos que le daba, haciendo énfasis en el sexo anal para que nuestra hermanita lo escuchara, ninguna se quedaba sin su respectiva cachetada con guante blanco. Y por supuesto, esas palabras nunca caían en oídos sordos. La aludida siempre buscaba “sacar la cresta” aunque la otra no estuviera allí para atestiguarlo. Y así, cada una empezó a esforzarse por… lucirse. 

Julia en ocasiones insistía en que la dejara prepararme algo de comer, ya fuera en el desayuno o antes de irnos a dormir. También empezó a enviarme mensajes con más frecuencia y aunque no siempre eran fotos o charlas picantes, siempre lograba sacarme una sonrisa. Además, ya no era tan penosa a la hora de coger cuando no estábamos solos en casa y podía notar que se esmeraba en “seguir mejorando”. Dejó de vacilar cuando teníamos un encuentro espontáneo, los cuales comenzaron a ser algo común entre nosotros. Ahora se ponía sobre mí y me usaba de montura mientras sus manos danzaban por encima de su rostro o tontean con su cabello, prestando atención a que el bamboleo de sus pechos me embelese y así poder montarme a placer, juro que a veces parecía salida de un cuadro pintado. Y si antes le costaba mostrarse así de dominante (cuando había alguien más que nos pudiera escuchar), ahora se le hacía difícil ocultar sus manías. Ya fuera que sus tetas o sus labios me arrebataran el aliento, que sus pies juguetearan con mi verga o mi boca o que me tuviera dentro de alguna de sus entradas; ese fuego en su mirada resplandecía aunque intentara esconder su sonrisa. 

Por otra parte, Raquel seguía siendo una diabla en la cama (o donde fuera que lo hiciéramos). Pero noté que había empezado a ofrecerme hacerlo por detrás más seguido para “recompensarme” por cualquier tontería que se le ocurriera. Y aunque era evidente que no era su actividad favorita, tampoco era bueno que yo “rechazara su ofrenda”, lo cual hizo las cosas incómodas las primeras veces. Opté por esmerarme en comerle muy bien el anís para que al menos ambos lo pudiéramos disfrutar. De nuevo, no era la más feliz cuando fisgoneaba esa zona, pero a mí nadie me va a decir que en más de una ocasión no tuvo que fingir que lo disfrutaba. Fuera de eso, el principal cambio en mi hermanita fue que se volvió más… atenta conmigo. 

Empezó a preguntarme sobre mis clases, del negocio, de mis clientes o lo que fuera que creyera que me interesara, películas, series, videojuegos… Intentó jugar Gears y Halo conmigo, pero a ambos nos quedó claro que definitivamente no eran lo suyo. Aun así, la forma en que me miraba de repente, aquella mezcla de devoción ciega y entrega total hacía que algo removiera mis entrañas. Era como un vistazo a sus pensamientos más profundos y hacían que el eco de sus palabras resonara dentro de mí: para ella, la competencia entre Julia y ella era algo real… y bajo ninguna circunstancia se permitiría “quedarse atrás”

Y por último, mamá había sido la única que había estado actuando relativamente normal (al menos hasta esa última noche juntos en el hotel) y también fue la única que quiso tomó cartas en el asunto de sus hijas. O bueno, al menos lo intentó. Años más tarde me enteraría de las veces que trató de hablar seriamente con cada una como había hecho conmigo, pero al parecer, en ese momento ninguna de las dos la quiso escuchar o tomar sus palabras en serio. Y sinceramente, tampoco era como que pudiéramos reunirnos todos y platicar de ello abiertamente. 

No sabía qué responder cada que mi madre tocaba el tema a solas conmigo, no tenía una respuesta. Me resigné a creer que lo único que podía hacer era redoblar mis esfuerzos y que le demostraría que no había de qué preocuparse, que a mí también me importaba lo que estaba pasando y que no estaba siendo indiferente. Cada vez que estaba con cualquiera de las tres, puse todo de mí para que cada momento valiera. Y ahora, que tendría esos días libres, podría demostrárselos aún más. 

Un día antes de la entrega de diplomas, atendí al último cliente agendado y mi espalda se sintió más ligera al cerrar el local, habían comenzado mis vacaciones. Me dispuse a aprovechar bien aquellos días. Llevaría a Raquel al zoológico, al acuario e incluso podríamos ir a ver la obra de teatro de la que me había hablado. Mamá y yo iríamos a comer a donde fuera que sirvieran todo lo que ella alguna vez mencionó querer probar. Y Julia sería la más difícil para convencer de salir, pero sabía que al menos podríamos ir al cine una o dos veces. Ellas seguían trabajando, así que tendría que ingeniármelas.







 

Comentarios

  1. Buen regreso a las pistas! Me gustó mucho y valoré que fuera largo, para compensar los meses de ausencia jaja.

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    1. ¡Y eso que borré mucho más de lo que terminó siendo! Gracias por el apoyo

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