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El resto de la semana transcurrió tranquilamente… de cierta
forma. Tras lo ocurrido con Raquel, tanto Julia como mamá optaron por no
indagar al respecto. A diferencia de mamá, quien llevaba “quién sabe cuántos
días” sin coger (dos) y buscó compensarlo a la primera oportunidad que tuvo, yo
sentí a mi hermana mayor un poco distante. Las noches en que dormíamos juntos
fueron perdiendo la chispa porque comenzó a decir que estaba muy agotada. Ella comenzó
a llegar tarde a casa y partía muy temprano, según, por trabajo y conforme
pasaron los días, se me fueron quitando las ganas de acompañarla. Y aunque
Julia no participara activamente si yo me ponía cachondo, tampoco era me
evitaba ni impidió que me viniera usando sus muslos, comenzó a ser incómodo y
dejé de ir a su cuarto en las noches. Sin embargo, seguía sonriéndome cuando
sentía mis caricias y nos besábamos con cariño cada que teníamos oportunidad,
pero fuera de eso, mi hermana ya no buscaba estar a solas conmigo.
Aquello me desanimó bastante. Originalmente, después de los festejos
de San Valentín con mamá y Raquel, yo había planeado pasar con Julia no una
noche sino todo un fin de semana, pero cuando le dije que fuera apartando esos
días, ella dijo que no iba a ser posible. Así, sin dar más explicaciones. Sólo
se limitó a decir que no iba a poder y procedió a irse a trabajar. Era verdad
que la veía completamente absorta en cosas del trabajo, pero yo supuse que
podría estar evitándome. ¿Y si estaba enojada conmigo?
—Ha de seguir molesta porque les arruiné a ustedes su noche
de ensueño —comentó Raquel descaradamente, casi orgullosa, mientras se daba
pequeños golpecitos en los labios con mi verga.
Estábamos en mi cama, mamá también estaba allí. Ambas había
hecho equipo ese día para interrogarme y averiguar por qué había estado tan desalentado
últimamente. Mi madre me tenía abrazado por detrás, tirando de mí para que me
recostara sobre ella y sus tetas enormes y blandas mientras mi pequeña hermana
se encargaba de pulirme el rifle con esmero.
—Yo creo que sólo está ocupada —opinó Sandra con voz sedosa,
buscando restarle importancia. Su lengua jugueteaba en mi oreja y un dedo suyo
dibujaba círculos en un remache de mi pecho—. Acuérdate que en la tele también
les cargan la mano con la chamba estas fechas —ronroneó, resoplando en mi
cuello—. Ya ves que hasta le va a tocar trabajar el domingo.
—¡Nomás le gusta hacerse la mustia! —gruñó Raquel, dándome
la espalda y sujetando mi verga para ensartársela en su cuquita rosada—. Vas a
ver que se le pasa y luego va a venir rogándote en la noche. ¡Déjala, que haga
su berrinche!
—Hazle caso. Ella sabe de lo que habla —susurró nuestra
madre para que no la oyera su hija menor, cosa que me sacó una sonrisa y
pudimos disfrutar del resto de la tarde.
Esa noche, Julia no dijo nada cuando llegó, sólo pasó de
largo sin mirar de reojo siquiera y se encerró en su cuarto. No me gusta
admitirlo, pero el fondo, yo esperaba que me viera así y… no sé, que me dijera o
algo. Raquel y mamá seguían en mi cama y debieron ver algo en mí que sólo se
acurrucaron nuevamente, reclamándome con sus brazos y piernas. Los días
siguientes, cada una buscó “consolarme” en lo que aquella situación durara cada
que podían, ya fuera juntas o separadas, no desaprovecharon la situación. Llegaron a turnarse para dormir en mi cama y así
“evitar que yo me quedara solo y me deprimiera”. No hay manera en que yo
pudiera quejarme de eso, pero muy en el fondo, por más que me repetían que era
cuestión de tiempo, no pude estar del todo tranquilo.
Era martes, lo recuerdo bien porque ese día Julia y su
equipo solían tener juntas temprano y ella acostumbraba a llevarse folders con
archivos y hacía anotaciones para prepararse desde antes.
—Les gusta negrearlos bien y bonito, ¿verdad? —le pregunté
mientras preparaba el desayuno para Raquel y mamá.
—¡Ah! Ha sido una locura —comentó con una exhalación de
fatiga—. Primero, una chica dejó de venir a trabajar desde el 15 y luego,
nuestro jefe “se enfermó” este fin de semana —acotó haciendo comillas con sus
dedos—. Apenas hoy va a volver y quiere
que le reportemos todo lo que hicimos sin él —comentó con un tono más distante y
desganado que estresado mientras bebía el fondo de su taza de café—. Lo bueno
es que ya me dijeron que sí me podré tomar libre el sábado y la mitad del
viernes.
Lo dijo como si eso no fuera nada, su mirada seguía repasando
en el documento que tenía delante, pero se le dibujó una sonrisa dulce y
cálida. Como no dije nada, me miró de reojo y yo simplemente le di un beso en
la mejilla, ella sólo rio y comenzó a prepararse para irse.
—¿Estás segura? —le pregunté, procurando transmitirle una
desconfianza que en el fondo ni tenía.
—Cien por ciento —confirmó con formalidad mientras terminaba
de acomodar el interior de su bolso—. Ya me estoy preparando para que ni tengan
que marcarme. Tú, tranquilo. No voy a hacer que canceles ninguna reservación
—aseguró echándome una mirada afilada y una media sonrisa antes de darse la
vuelta—. Ya me voy, se cuidan.
—¡Maldita! —mascullaría Raquel minutos más tarde, había
escuchado a escondidas de viva voz el comentario de Julia. Estaba desayunando tranquilamente,
a pesar de estar molesta y aparte tener a mamá cabalgándome frente a ella—. Te
apuesto a que sí le caló que la
abandonaras la noche del 14.
—¡Pues, claro! —le espeté con obviedad, ignorando los
gemidos de nuestra madre.
Habíamos descubierto que a mamá le prendía de sobremanera que
actuáramos como si nada mientras teníamos sexo. Todo empezó una vez que estaba
platicando con Raquel de algo sin importancia, ella se coló silenciosamente
entre los dos y comenzó a comerme la longaniza, pero alentándonos a continuar
sin hacerle caso. Llegó a hacerlo una vez en frente de Julia y tuve que pedirle
que me siguiera el juego, manteniendo la plática a pesar de que su evidente
incomodidad. Sandra llevaba a cabo su tarea de forma diligente y furtiva,
cuidando de no dejar salir algún ruido que interrumpiera la conversación.
La mayoría del tiempo sólo buscaba su propio placer y en algunas
ocasiones, se dedicaba a provocarme con su lengua o su garganta cuando me la
comía, con sus tetas ensalivadas o meneando sus caderas cuando ella misma se la
ensartaba; todo para ver hasta dónde podía seguir manteniendo la calma. Debo
reconocérselo, cuando se lo proponía, era imposible aguantarme las ganas y
terminé cogiéndomela con saña… y eso era justo lo que ella quería.
—Y-ya estábamos a gusto esa noche —añadí, concentrándome
para que no se me fuera el aliento— y a-a ti se t-te ocurre salir con otra de
tus “s-sorpresitas” de último m-momento.
—¡Ay, ya! —respondió mi hermanita, aguantándose la risa de
verme en ese estado lamentable—. Tampoco es que puedas quejarte de nuestro San Valentín —dijo, restándole
importancia al asunto y bebiendo de su vaso de jugo para evitar que las
sacudidas de mamá volvieran a hacer que se derramara—. Ya te dije que te iré
pagando lo del hotel cuando pueda.
Aunque eso jamás llegaría a ocurrir, tampoco pensé en
cobrárselo nunca. Después del 14, empecé a recibir muchos clientes y para
entonces, ya estaba cerca de recuperar el dinero perdido, así que eso ya no me
quitaba el sueño. Raquel había estado portándose mucho a la defensiva desde
aquella casi-fatídica noche. Su hábito de zanjar cualquier conversación al
respecto con su promesa de pagar aquél dinero hizo que fuera imposible durante
mucho rato poder platicarlo en paz. Aunado a esto, no volvió a mencionarnos a Alondra
y cada que Julia y yo hablábamos de ella en frente de mamá, ya fuera diciendo
que eran novias o que debería invitarla a casa, siempre decía que no y nos
reclamaba en privado que no la volviéramos a nombrarla con mamá.
Para ese entonces, su relación no me causaba
conflicto personalmente. No volví a toparme con Alondra durante esos días, pero
mi hermanita me contaba cuando venía de verse con ella. Casi siempre lo hacía
con una sonrisa y eso me daba paz a mí también. Yo mismo me sorprendí. Una cosa
había sido cuando sabía de lo que Tere hacía con extraños, pero no estaba
seguro de cómo serían las cosas sabiendo que Raquel estaba enamorada de esa
chica. No estaba seguro de si ese lazo que ambas tenían iba a durar para
siempre, pero me constaba que ambas se querían y eso fue suficiente para no
preocuparme de nada más. Eso y que además, mi hermanita se encargó
personalmente de no echarla en falta. Sus besos sabían igual o mejor que antes
y lo que hacía con mi riata seguía haciéndome ver estrellas de vez en cuando e
incluso a mamá también.
De alguna manera, podría decir que
Raquel y nos habíamos unido aún más después de esa experiencia con Alondra. No
lo sabíamos, pero habíamos superado una prueba de confianza muy fuerte y eso
nos haría confiar más en el otro. No hacía falta que le preguntara a mi
hermanita cuando se veía con ella, siempre me lo decía, bromeando incluso de que
me estuviera atento al teléfono por si me necesitaba de nuevo a medianoche,
cosa que no volvió a ocurrir.
—No. La verdad, no —respondió despreocupadamente mi madre un
día que le pregunté si ella tenía a alguien con quien le interesara salir.
Estábamos en mi local, había venido a comer conmigo—. A estas alturas, es más
difícil que la deslumbren a una. Los hombres o piensan que pueden sobajarte
como si nada, o quieren apantallarte como a las chiquillas o usarte reemplazo
de su madre…
—Sí, ¿verdad? —respondí con ironía—. ¡Vergüenza debería de
darles! Hacer eso con una madre ajena en lugar de la propia.
—Piensan que una es tonta y no ve sus verdaderas intenciones
—continuó su reflexión, haciendo caso omiso a mi comentario—. Quieren que hagas
a un lado tu vida para estar con ellos… y a veces, ni siquiera les interesas.
Ellos no buscan una relación, sólo alguien que esté allí para ellos y les abra
las piernas cuando quieran —aseguró con tono pensativo. No hablaba con tristeza
o rencor, lo decía más bien con desinterés—. No. Hasta ahora no ha llegado
nadie. ¿Y ahora, tú? ¿Por qué de pronto preguntas esto? —me preguntó,
extrañada, aunque un poco más animada—. ¿Lo dices por Raqui y su amiga?
—Creo que ella no quiere que “te enteres” de su relación
—reí, mirándola de reojo, pero ella no rio conmigo.
—Lo que hagan con sus vidas ya no me incumbe. Ya están todos
grandecitos para tomar sus propias decisiones —comentó con gravedad—. Si tu
hermana quiere… probar —dijo aquella palabra con cierta dificultad— lo que se
siente andar con una mujer, que lo haga. Yo no los voy a detener. Incluso si
alguno de ustedes se empezara a meter cosas…
—Como pastillas y así…
—Ya no está en mí decirles qué hacer y qué no —prosiguió,
ignorándome olímpicamente otra vez—. Luís, ya no son unos niños. Los tres
tienen una vida por delante. No siempre vamos a estar juntos y cada uno va a
tener que encontrar su propio camino por su cuenta. Si en el futuro, Raquel, tú
o Julia encuentran a alguien más…
—O tú…
—Je, je. Okay —rio, aunque con mucha incredulidad—, si
alguno de nosotros termina encontrando a alguien especial más adelante… y
llegue el momento de tomar alguna decisión, confío en que seremos capaces de
afrontarlo. Yo creo que a todos nos queda claro que la vida cambia a cada rato
—volvió a hablar con voz pensativa, a lo mejor, acordándose de papá—. A Raquel
le costó aceptar a Tere cuando llegó… y también le costó mucho cuando se fue.
—Como a todos —quise acotar, recordándole que a ella tampoco
le resultó fácil.
—Y sé que a ti también te debió costar —volvió a actuar como
si yo no hubiera dicho nada— esto de Raquel y su amiga…
—Alondra —la nombré, sonriéndole.
—Sí, ella —confirmó, buscando ocultar su fastidio—. Parece
que tú lo aceptaste muy fácilmente —continuó con un tono acusatorio, alzando
las cejas—, pero también sé por la cara que tenías cuando llegaron aquel día
que tampoco fue algo fácil.
Recordé ese momento en que volvimos a casa aquella
madrugada. Incluso entonces, no estaba preocupado en absoluto por Alondra y
Raquel, tampoco me preocupaba contárselo a Julia o a mamá.
—Ese día estaba más confundido por lo que traía Raquel que
por todo el asunto con Alondra —le confesé, meditándolo—. Je, es raro. Si
vieras cómo se quieren…
—Así es cuando uno está enamorado —me interrumpió mi madre con
resignación—. Todo es color de rosa y parece que durará para siempre. —Hizo una
pausa, estoy seguro de que prefirió callar lo que estaba por decir y sólo
resopló—. ¡Pero, bueno! Si al final sí dura para siempre, ¡bien por ellas!
¡Bien por ustedes! —se corrigió de inmediato—. En serio, yo no me opongo —optó
por concluir.
Yo no pude evitar pensar en lo desfachatado que era tener aquella
conversación tan… “normal”, como si no fuéramos una madre y un hijo que tenían
sexo con regularidad no sólo entre nosotros, sino también con Raquel… y en su
momento, hasta con Tere. Y eso era en parte lo que me parecía más difícil de entender.
Esa actitud de mamá con respecto a que Raquel tuviera una relación con una
mujer (¡ella, sobre todo!)… no me hacía ningún sentido.
—A mamá no le hace ni pizca de gracia que Raquel “ande de lencha”
—comentó Julia, haciendo el gesto de comillas con sus dedos.
—¡¿Qué?! —exclamé, sorprendido, casi indignado—. P-pero si
ella…
—No entiendes —me interrumpió calmadamente—. Una cosa es que
“te aloques y te diviertas” —volvió a usar las manos para enfatizar—, ella
misma me lo ha dicho; pero de eso a ya andar con una mujer… es algo
completamente diferente.
Era viernes al fin, nos encontrábamos solos en el
restaurante a las faldas de la montaña, justo debajo de la zona de cabañas que
había conseguido para que pasáramos juntos todo ese fin de semana. No era mi
intención contarle sobre aquella conversación con mamá, pero como una vez más
no podía esconder mi consternación al respecto, había terminado haciéndolo.
—Pero, ¡¿entonces cómo…
—Son cosas distintas, Luís —afirmó mi hermana sin perder la
compostura—. Para mamá, es así. Además, acuérdate que para ella todo está bien
y no pasa nada mientras nadie más se entere —comentó, torciendo la boca con
resignación—. Si nadie más lo sabe, es como si no pasara nada. Así ha sido
desde siempre —confirmó, jugueteando con la cuchara en su tazón vacío.
«Tal vez tú y Raquel no se acuerden, pero a mamá le tomó
meses decirle a todo el mundo que papá murió —empezó a narrar con tono
nostálgico—. No quiso que la gente se enterara… no hasta que tuviera todo en
orden. Ni siquiera le dijo a los abuelos, fue raro —acotó con cierta amargura—.
Pero para cuando todos se enteraron, ella ya había conseguido trabajo y todos en
casa ya nos estábamos acostumbrando a vivir sin papá. Así fue siempre —suspiró después
de una pausa—. Cuando hay problemas, ella primero se queda callada y no dice
nada hasta que ya todo está resuelto o al menos ya sabe qué hacer.
Eso último lo dijo con una voz distante, algo triste, pero
de alguna manera también sonaba áspera, dura, como si aquello le resultara
molesto.
—Para mamá, lo de Raquel ya era un problema… y ahora que esa
otra niña sabe lo que ocurre entre ustedes dos, se puede convertir en uno peor
—explicó con voz severa—. Es como una bomba de tiempo.
—Pues, eso será si algún día se entera —resoplé
incómodamente, pero intentando encontrar el lado positivo—. Raquel no quiere
contarle nada y yo tampoco le he dicho. Mamá no sabe ni lo que hicimos ni lo
que Alondra sabe.
—¿Y ni siquiera te preguntó nada en todo este tiempo? —dudó,
incrédula. Negué con la cabeza y su expresión cambió—. Algo debe sospechar... pero
no debería estar tan tranquila. Si no ha hecho ni dicho nada, debe ser porque piensa
que la hipnotizaste o algo así…
No volteó a verme ni de reojo, sólo se quedó con la mirada
perdida en la ventana. Mi silencio le debió confirmar algo que ya debía suponer
desde el principio y sólo suspiró con resignación.
—No creo que mamá deba preocuparse por Alondra —me limité a
comentar.
—Más les vale —respondió severamente—. Más les vale tener
todo esto bajo control o se va a armar —compartió su advertencia con una mezcla
entre preocupación y amenaza—. Después de lo de Tere, no creo que mamá esté lista
para manejar lo que haya pasado entre ustedes tres. ¡Ah! —suspiró, estresada—.
Ni siquiera sé si deba enterarse de lo que ahora sabe esta niña.
—Alondra —me esforcé nuevamente en que su nombre dejara de
sonar ajeno.
—Incluso si no le hubieran contado nada a Alondra —Julia
enfatizó el nombre en un intento de sonar cordial—, el problema no es ella, ni
Raquel… O, bueno… lo que hagan o dejen de hacer —aclaró con voz cansina,
agitando la mano como si una mosca le revoloteara cerca—. Aquí el problema es mamá.
—Pero, ¿por qué tiene problemas con eso? —pregunté, genuinamente
confundido—. Si ella y Tere…
—Lo que pasó entre las dos…—se apresuró en contestar y se
interrumpió a sí misma, visiblemente enrevesada—. Ella…¡Ash! Quién sabe cómo lo
vea mamá —rumió, acercándose el popote de su vaso a la boca—. No creo que ella
lo haya visto como algo… serio —continuó con un tono más apagado—. Para mí que
ella se debe estar diciendo que eso no fue más que una amistad.
—¡Pues, vaya amistad! —dejé salir mi molestia.
—Entiende, Luís —me habló con paciencia, esforzándose por
explicar—. Mamá no puede admitir que lo que sintió… o a lo mejor todavía siente
por Tere es algo más que eso. Cada que yo le echo en cara lo que hizo con ella
o con Raquel, siempre sale con una excusa para no decir que lo hace por gusto.
O dice que lo hace para ayudarle a Raquel a controlar su libido y no termine
como Tere, y que a ella sólo le daba por su lado porque era un animal
insaciable.
—¡Bueno! —exclamé con tono moderador— Tampoco es que esté
mintiendo con eso.
—No miente con que así son esas dos, pero tampoco admite
cómo es ella misma —rebatió—. Tú mejor que nadie sabes cómo es mamá con… sus
gustos en la cama. ¡Ay, por Dios! ¡Suena horrible! —se lamentó, mirando a todos
lados para comprobar que nadie la había oído.
«Pero, mira —continuó, un poco más repuesta—. Ella está
atrapada en esa forma de pensar. Me queda claro que ella no odia a los gays y
las lesbianas, porque me consta que los trata como a cualquiera. Creo que está
conflictuada con lo que otros dirían si ven a Raquel besándose con una mujer… o
a ella misma —dijo finalmente—. Y no la culpo, la verdad. Así son las cosas acá
—agregó encogiéndose de hombros y pidiendo un refill de su bebida a la mesera—.
Así la educaron, ya ves también cómo es el abuelo… hasta la abuela.
Recordé algunas expresiones que solían hacer no sólo los
abuelos, sino también mamá. Vivimos en el norte, no es de sorprender que la
homosexualidad fuera mal vista en ese entonces. Digo, incluso a mí, que no me
importa si un par de batos se besan o se tomen de la mano, no me gusta que
piensen que soy maricón por dar masajes… y a decir verdad, tampoco sabría qué
hacer si tuviera un hijo o hija así. Y no lo digo porque no lo quisiera o no lo
aceptara…
—Mamá no quiere que algo le pase a Raquel porque se enteren
que sale con Alondra —confirmó Julia con voz seria, ya con su vaso lleno—. Ya
sabe que tiene problemas en el teatro… quién sabe lo que pasaría si se enteran
de esto.
—¡Meh! —rezongué, indignado— ¡Ahí todos son unos raritos! El
director es un marrano que anda de zopilote con los hombres y hay morrillas que
no dejan de meterse harina por la nariz en los vestidores —narré lo que me
había contado Raquel—. Hay más drama bajo el escenario que en la obra. Ni que
tuvieran cara para decir nada.
—Tú no sabes cómo es —me advirtió mi hermana mayor, quien
era floor manager de un programa de televisión abierta en una de las zonas más
homofóbicas de un país como lo es México—. En el medio, todo son intrigas. Mira,
podrán circular rumores por todos lados y eso no significa nada. Puedes decir
que son chismes y te lo quitas de encima, aunque la gente sepa que es verdad. Pero
cuando quieren que un chisme salga a la luz —hizo una pausa, su voz se estaba
apagando—, lo hacen porque saben que así pueden sacar de en medio a cualquiera.
Ahora imagínate a Raquel y esas brujas que tiene por compañeras…
—Sí… ya —respondí, cabizbajo, como si me estuvieran
regañando—. Entiendo.
—Raquel también lo sabe —añadió ella, mucho más serena y
agitando su popote—. Sabe mejor que nadie lo que implica tener una relación así
y también lo que conlleva si se hiciera pública. Y aun así… —continuó con una
voz más suave— que haya decidido seguir saliendo con Alondra y que aparte
terminara confesándole lo de ustedes dos… habla de lo mucho que significa para
ella. ¡Ji, ji! ¡Creo que sí está muy enamorada! —rio, conmovida.
Escucharlo me provocó un vacío en el estómago. Su mano se
apresuró a cubrir la mía, su pulgar comenzó a masajearme y me sonrió con una
expresión agridulce de consolación, más bien, de condolencia.
—Así se siente —dijo mi hermana , todavía sonriéndome de
aquella manera—. ¡Ay! Perdón, no sé qué decir. Es… difícil.
—No es difícil. Es… raro —respondí, tomando su mano y
mirando hacia el bosque tras la ventana—. No me siento mal. O sea, no me siento
triste o enojado…
—¿Celoso? —sugirió burlonamente.
—¡Ja! No… no es eso. De veras, me pone feliz cuando la veo
contenta. Pero, luego, siento raro —confesé y se me cerró la garganta por un
rato. Julia esperó pacientemente, sin dejar de acariciarme la mano—. Yo… me
siento mal porque… es… como si no pudiera estar feliz del todo. No es que esté
aparentando estar feliz —me apuré en aclarar—, es… otra cosa.
«Pero no puedo decir que Raquel me haya dejado de lado —Dije,
como si yo mismo me respondiera y me confrontara—. No es como si hubiera perdido
nada, las cosas entre los dos han seguido bien —continué pensando en voz alta—.
No exactamente igual, pero Raquel sigue siendo la misma de siempre conmigo.
—Y conmigo —añadió Julia bufando como si se quejara, pero
también con alivio. Y ambos reímos.
—Digo, ella y yo seguimos pasando el tiempo juntos cada que
podemos —seguí ahondando en mis pensamientos—. En serio, no siento que haya cambiado
algo entre los dos. Ni siquiera podría decirte que cuando… Bueno, nada. —me
detuve antes de empezar a dar detalles íntimos que no hacía falta mencionar,
sobre todo porque terminaría evidenciando todo el rato en que Julia y yo ya no
habíamos hecho nada—. No me puedo quejar de nada. Y de veras que a mí me hace
feliz ver que ella… es feliz.
—Ya lo sé —me secundó mi hermana, sonriéndome todavía—. Sé
que te alegras cuando la ves contenta. Pero… —dijo con una voz más apagada— a
veces se siente como si te obligaras a sentirte así con todo eso, ¿no?
Eso era. De pronto, sus ojos comenzaron a humedecerse. ¿Así
se había sentido Julia todo este tiempo que me vio con Raquel y con mamá (… y
Tere)? Seguramente. Su mano me apretó con fuerzas y su sonrisa comenzó a
ensancharse, con sus labios apretados. La otra mano se apresuró en recoger sus
lágrimas con la servilleta antes de que se derramaran.
Nos quedamos en silencio un rato, yo me encargué de pedirle
la cuenta a la mesera y en cuanto nos levantamos, nos abrazamos con fuerza. Salimos,
dejamos que el aire limpio de la montaña aplacara nuestro pecho y esa plática
se esfumó con el viento.
El sol ya se había metido y el cielo todavía conservaba unos
tonos púrpuras. No estábamos demasiado lejos de la ciudad, así que no había
tantas estrellas en el cielo como aquella noche en la que Julia y yo
conversamos junto al mar. El sendero que llevaba a las cabañas serpenteaba
mucho, pero íbamos despacio, agarrados de la mano. Su cabeza se recargó en mi
hombro y ya no pude aguantarme más, le robé un beso y mi pecho se inflamó al
ser correspondido.
—No sabes cuánto esperé esto —le dije, incapaz de contener
mi sonrisa.
—¡Ay! Una semana —refutando como si estuviera exagerando,
apartando la vista y deslizando sus dedos por mi hombro.
—Diría que un poco más —le respondí, acercándome a su rostro
lentamente.
—¿Semanas? —rio tímidamente, esquivando mi mirada. Yo sólo
negué con un ruido y sus hombros se encogieron—. ¿M-meses? —preguntó, más
nerviosa y con una voz más aguda.
Volví a informarle que estaba equivocada y un suave toque en
su mentón hizo que nuestras miradas se cruzaran otra vez y nuestras sonrisas se
ocultaron con otro beso, más largo y apasionado.
Se quitó un guante y en el momento en que su mano tibia se
posó en mis labios y descendió hasta mi barbilla, mi cerebro debió pensar que
me encontraba al borde de la muerte porque un torrente de recuerdos y emociones
me inundó. No era una película, eran flashazos que se desvanecían en borrones,
que tardaría horas en describir pero me llegaba todos al mismo tiempo. De
alguna manera, esa sensación de recordar varias cosas al unísono recorría mi
piel en un escalofrío mientras mis entrañas y mi pecho se estrujaban y mis
dedos se aferraban a los brazos de Julia.
Era como si sintiera de nuevo todo aquello que me había
hecho estar obsesionado con mi hermana mayor mientras crecía, como si todo este
tiempo ese sentimiento hubiera estado borrado de mi mente. Mi nariz se deleitó
con la fragancia de su pelo como si hubieran pasado años, es más, como si no lo
hubiera olido todo ese rato desde que habíamos salido de casa. Su boca me
regaló el sabor más embriagante que hubiera probado jamás y mi piel no dejó de
erizarse cada que sentía las yemas de sus dedos bajo mi camisa. Y cuando abrí
los ojos y Julia me miró, fue como si ella también lo supiera, como si ella
hubiera lanzado algún hechizo sobre mí y se alegrara no de que funcionara, sino
de que al fin lo hubiera hecho.
—Tus ojos… —dijo con voz temblorosa y un dedo suyo se acercó
a recoger aquella felicidad que estaba derramándose de mi párpado—. Hace mucho
que no me veías así.
Un nuevo beso terminó por sacudirme por completo y luego,
congelarme más de lo que el frío de la montaña había podido lograr. Sus palmas,
una desnuda y la otra aún cubierta, inmovilizaron mi cara. De todas formas,
aunque varias descargas me recorrían de pies a cabeza cada que su lengua se
movía dentro de mí, ni loco me hubiera movido un milímetro. Mi mente había
viajado en el tiempo y tenía de nuevo frente a mí a esa hermana mayor que
despertaba en mí aquellas fantasías ardientes en mi adolescencia, aquella que
siempre sentí inalcanzable. De repente, me sentí pequeño a su lado a pesar de
que tuviera que inclinarme un poco para mantener nuestros labios unidos.
Todos mis músculos se tensaron y en un parpadeo, mis brazos la
habían levantado. Yo estaba igual de sorprendido que ella por la facilidad con
la que pude cargarla. Mi hermana no paró de reír, incapaz de creer que estaba
subiendo lo que faltaba de aquella pendiente como si nada y que ya estábamos
llegando a la puerta de nuestra cabaña. Ella se encargó de abrirla y yo la
cerré de una patada. Un beso más antes de entrar en la habitación a oscuras y
que la dejara caer rebotando sobre el colchón.
Si esa mañana hubiera apostado por lo que iba a pasar en la noche
no habría podido atinar. Ninguno habíamos platicado de lo que cada uno
esperábamos que ocurriera de camino al sitio. Incluso hasta antes de entrar en
ese cuarto, a oscuras y a kilómetros de cualquier conocido, yo todavía seguía
sin hacerme muchas ilusiones, haciéndome a la idea que aquella noche iba a ser como
tantas otras en las que Julia y yo habíamos amado sin… “meter gol”. Sin
embargo, ya allí, con nuestros ojos todavía sin acostumbrarse a aquella
oscuridad y nuestros labios encontrándose otra vez gracias al calor de nuestros
cuerpos, algo cambió. Cada fibra de mi ser, cada respiración me anunciaba que aquella
noche ya no había lugar para más excusas.
Fue ella la que encendió la luz de la mesita de noche, no
sin antes forcejear un poco conmigo para que la dejara. La expresión en su
rostro me confirmó que yo no era el único ansioso en esa cama, su cara estaba
ruborizada y su cabello brillaba con hilos dorados gracias a la tenue
iluminación, sus labios no se podían quedar quietos y podía notar su brillo de
la misma forma que el de sus ojos. Entre risas de nervios y de complicidad,
miradas de algo más que deseo y cariño, y un sinfín de besos de todo tipo, fui
deshaciéndome de aquellas prendas estorbosas.
Me llevé sus pechos a la boca en cuanto los vi y podría
jurar que no había probado nada más suculento en toda mi vida. Ella reía y me enterraba
sus dedos en mis greñas y acariciando mi nuca, logrando apaciguarme apenas unos
instantes, pero yo tenía que terminar de desvestirla. Para cuando ya sólo
faltaba despojarla de sus pantis, Julia llamó mi atención y nos volvimos a
comer a besos. No podría explicar la dicha que sentí al perderme en sus ojos,
estaba alucinando que me hundía en sus pupilas y el calor de su cuerpo me
envolvía. Su sonrisa era de verdad hipnótica y cada vez que escuchaba una de
sus risitas juguetonas al besar su cuello o volver a sus melones sentía el
empujón de mi verga luchando por escapar del bóxer.
Podía bajar hasta su ombligo y entretenerme con el contoneo
que hacía provocada por mi lengua y mis labios en su piel, pero cada que intentaba
bajar más o tan siquiera amenazaba con remover la negra pieza de tela que aún
cubría su entrepierna, sus manos me obligaban a retroceder. Yo correspondía su
sonrisa, pero poco a poco, iba impacientándome.
—Ven aquí —ronroneó Julia, dando unas palmaditas sobre la
cama. Yo obedecí. Me recosté a su lado y ella se deslizó hasta quedar de
rodillas a la altura de mis piernas—. Ahora, vas a ser mío y de nadie más, hermanito.
Dijo aquello con una voz profunda y sensual que jamás le
había escuchado y se inclinó sobre mi bóxer con una discreta sonrisa y una
mirada afilada. Liberó a mi soldado de su encierro, estaba listo para la
batalla, su palma se asió firmemente a él y se quedó así un rato, sintiendo mis
venas palpitando y poniéndolo aún más rígido de lo que estaba. Se relamía los
labios, pero éstos no se dignaron a posarse en mi tranca. Su lengua sólo se
asomaba para dejar caer aquellos hilos de saliva que su pulgar empezó a embarrar
sobre mi glande. Su mirada se clavaba en aquella palanca que no soltaba, pero
cada tanto, volvía a mí, revisando que estuviera atento.
Sus obvias intenciones de provocarme no me resultaron
extrañas, puedo ahora asegurar que esa mirada afilada y esa sonrisa perversa son
cosa de familia. Lo que sí me sorprendió fue aquella energía que estaba
proyectando. Julia siempre había emanado una aura de autoridad en la casa que
la hacía actuar con seguridad incluso frente a mamá, pero era diferente cuando
estábamos solos. Aunque al principio siempre buscó mostrarse en control de la
situación, irremediablemente yo terminaba siendo el que tomaba la batuta y con
el tiempo, ella había ido asumiendo un papel más pasivo en la intimidad. O
bueno, así había sido… hasta ahora.
Conocía el juego que ella quería que jugáramos, era de
resistencia y ahora yo tenía que soportar todo lo que fuera necesario, lo cual
me tenía sin apuro. Cuando uno tiene el chile tan duro es como si se
anestesiara un poco. A pesar de que su dedo presionara de esa forma mi lugar más
sensible, algo en mi sistema nervioso no estaba provocándome aquellos reflejos
pélvicos que semejante estimulación habría ameritado.
Uno a uno, los dedos de Julia iban sumándose a la tarea y
lentamente iban embadurnando el resto de mi mástil. Sus ojos seguían viéndome fijamente,
entrecerrados, como si buscaran algo dentro de mí. Su mano también se regodeaba
alrededor de mi macana, deslizándose de arriba abajo, colocándola entre sus
dedos y presionando hasta casi aplastarla sobre mi vientre. Era como si sólo
jugueteara con mi garrote, lo acariciaba con las yemas, lo amasaba con su palma
extendida y luego con el dorso, resbalándose para volver a sujetarlo con fuerza,
comprobando qué tan duro seguía su juguete. Y al igual que el bate, también
bajaba a jugar con mis pelotas.
—¡Uh! ¿D-dónde aprendiste? —pregunté con cierta dificultad.
—Observando —respondió escuetamente y esquivando mi mirada,
pero con una sonrisa triunfante y orgullosa, con su otra mano resbalando
lentamente por mi vientre hacia mi pecho—. Prestando atención —jadeó
deliberadamente para sonar sensual y que mi piel se erizara, arqueando las
cejas y repasándose los dientes con la lengua—. Investigando…
Tenía ganas de provocarla de vuelta con algún comentario
sarcástico, pero algo hizo que mi boca permaneciera cerrada y me dejé hacer.
Podía escucharla resoplar y pujando, estaba concentrada y no lograba acomodarse
para lo que fuera que tuviera planeado hacer a continuación. Su puño ya estaba
subiendo y bajando a un ritmo pausado, intencionalmente desesperante. Su rostro
había ido alzándose, acentuando esa actitud dominante que buscaba proyectar con
aquella sonrisa discreta. No voy a mentir, era hasta un poco amenazante. No
estaba atado a nada, pero me vi incapaz de mover un músculo, una parte de mí
quería lanzarme encima de ella y hacerla mía y otra, tenía curiosidad de ver
hasta dónde llegaríamos.
“Aguanta, aguanta”, escuchaba una voz repetirme
pausadamente. Inhalé profundo y así pude hacerle frente con una mirada
desafiante. Julia se agachó otra vez y justo cuando sus labios estaban a punto
de tocarme, sólo exhaló su vaho tibio para que pudiera sentirlo y claro, mi
verga pegó un brinco. Sacó la lengua pero una vez más, no me tocó quizás sólo
para torturarme, dejando caer más del néctar de su boca y su mano continuó poniendo
a prueba mi paciencia. Lo cierto era que me estaba calentando más que nunca y
lo único en lo que pensaba era en estar a la altura de lo que fuera que mi
hermana mayor tuviera pensado.
—¡Ah! ¿Te crees muy lista? —dije desvergonzadamente, haciéndome
el rudo.
Su sonrisa sólo se pronunció, pero guardó silencio y se
acomidió continuar, esta vez, ralentizando sus movimientos. Poco a poco, se fueron
volviendo insoportables. Estaba perdiendo la batalla, mi pelvis ya no podía
permanecer quieta y sus risitas al notarlo buscaban herir mi orgullo y picarme
la cresta aún más, pero ese no era el caso, sino todo lo contrario. Yo estaba
disfrutando, estaba extasiado.
La Julia que tenía encima de mí era una Julia con la que ya
ni siquiera recordaba haber fantaseado alguna vez. Era una mezcla de nostalgia
y añoranza en medio de toda esa cachondez, se sentía como si hubiera soñado con
ese momento durante una eternidad… sin yo saberlo. No tenía sentido seguir
retrasando lo inevitable. Mi cuerpo se sacudía cada vez más, no había forma de
aguantar más. Sólo había una salida honorable.
—¡J-Julia! Ya… ya no puedo…
—Hazlo —dijo con una voz sedosa y discreta.
Su palma no se detuvo y tampoco aceleró, en cuanto el primer
chorro salió, cerré los ojos. Pude sentir mi segunda descarga caer sobre mi
vientre, casi llegando al pecho. Dejé de tener control sobre mi cadera y
gracias a la presión de su mano, sentí otro par de descargas más pequeñas. No
recuerdo haberme venido así nunca, al menos no que se sintiera así. Mi gruñido
se transformó en resoplidos y jadeos y de pronto, algo húmedo y tibio comenzó a
recorrer mi abdomen. Era Julia, estaba lamiéndome y provocándome más
escalofríos, todavía sujetando mi tranca con firmeza.
Antes de que pudiera reaccionar, en un movimiento casi
viperino, su cara se posó sobre la mía. Su mirada se perdía, mirando un punto
inexacto de mi rostro con los ojos entrecerrados y una expresión como de
adormecimiento. Acto seguido, su boca reclamó la mía. Lo digo así, porque se
sentía como si yo estuviera a punto de ser devorado y no pudiera hacer nada
para evitarlo… y no pudo importarme menos. Ella buscó mi lengua y en cuanto la
tuvo a su disposición, la aprisionó con sus labios. Y entonces, su boca
succionó y comenzó a subir y bajar, como si mi lengua fuera una paleta… ¡vamos,
como si mi lengua fuera una verga!
Se me escapó todo el aire de los pulmones. Mis ojos se
abrieron como platos y sólo pude ver la mata de cabello castaño claro arremolinándose
encima de mí y tapándome por completo. Las manos de Julia se asían a mis brazos
y sentí la tela de sus pantis rozando mi riata aún sensible. En algún punto, mi
cerebro se desconectó y terminé de entregarme de lleno a lo que fuera que
estuviera pasando y todo comenzó a sentirse como una especie de sueño febril.
Mis manos finalmente sintieron su cadera y luego, sus
pechos. Ella gimió y dejó caer su pelvis sobre mí. Mi verga quedó atrapada
debajo e instintivamente mi cadera buscó frotarse contra ella. Mi cuerpo actuó
por instinto y las sensaciones sólo llegaban a mí sin que tuviera tiempo de
procesar lo que estaba pasando. Mientras nuestras bocas permanecieron unidas,
todo se volvió borroso. La tenía respirándome agitadamente justo encima y
cuando ella lanzó un gemido agudo, pude enterarme que había tenido un orgasmo.
Todo volvió a tener forma y textura definida, el cuarto
parecía volver a aparecer alrededor de nosotros y Julia estaba temblando
ligeramente encima de mí, conteniendo una risita de nervios que se deshacía en
jadeos. ¿Qué había sido todo eso? Todavía me lo pregunto.
—Julia…
—Luís… —se acercó nuevamente y me dio un beso suave.
Su rostro había cambiado totalmente, aquella mirada
aletargada me veía con una entrega que era casi irreal. La volví a besar,
temiendo estar soñando y con el miedo de despertar en cualquier momento. Pero
no, estábamos allí. Nos sonreímos como el par de atolondrados que éramos y esta
vez, nuestros cuerpos se unieron en un abrazo que no quería que acabara nunca.
Nada de lo que dijera hubiera tenido sentido. Simplemente
buscamos decirnos todo con puras miradas y gestos. Sonrisas tímidas, caras
sonrojadas y caricias juguetonas; todo era para compartirnos el uno al otro lo
felices que estábamos siendo, la dicha que estábamos experimentando ambos. De
alguna manera, todo se sentía como si fuera nuestra primera vez juntos.
… y todavía faltaban más primeras veces esa noche.
Libre al fin, volví a deslizarme sobre ella y esta vez no
hubo nada que me impidiera recorrer por sus piernas ese triángulo de tela negra
y húmeda que me separaba de mi ansiado botín. El corazón me latía tan fuerte
que podía escucharlo retumbando en mi cabeza y comencé a salivar al ver por fin
esos otros labios, mojados, hinchados y apetitosos. Sin embargo, al terminar de
deshacerme de esa última prenda, algo más llamó mi atención.
Creí haberlo imaginado, pero al acercarme más y separar las
piernas de Julia con mis manos, pude verlo. Algo relucía entre la piel. Miré a
mi hermana con incredulidad y ella, sonrojada, tenía problemas para sostenerme
la mirada. Sólo sonrió, un poco apenada. Un botón de plata parecía estar
ocultándose entre sus muslos y cuando ella terminó de abrir el compás de sus piernas,
pude verlo. Era un plug anal. Volví a mirarla para bombardearla con decenas de
preguntas silenciosas y ella sólo se encogió de hombros.
—¡Sorpresa! —dijo apenas con un hilo de voz, pero
sonriéndome con emoción.
Mi pecho se inflamó y una alegría me invadió por completo.
Ella giró sobre sí, poniendo el culo en pompa para regalarme una mejor vista de
aquella pieza de joyería tan simple como cautivante. No tenía esas joyas de
fantasía que ahora son tan comunes, era liso, podía ver mi reflejo deformarse
con la curvatura. Como si tuviera vida propia, aquél botón plateado se movía
discretamente, delatando las contracciones del esfínter que buscaba proteger.
—Le… pedí ayuda a mamá… —comenzó a hablar, muerta de la
pena—. Me dijo cómo… eh… Bueno, me ayudó. Lo he traído desde que salimos de
casa —admitió con otra risita nerviosa—. No se ve mal, ¿o sí? ¡Oh! Ji, ji, ji.
Mis zarpas se habían adueñado de ese par de cachetes y
busqué encajar mis garras en su piel, arrancándole un chillido juguetón, pero
no me dejé seducir por la plata reluciente. Dicen que los humanos no podemos
oler las feromonas, pero juro que algo atrajo mi nariz y mi boca a ese par de
labios verticales que se asomaban debajo, como la miel a un oso; y fui incapaz
de resistirme. Era ahora mi lengua la que reclamaba el cuerpo de Julia y la
claridad de sus gemidos resonó como nunca en las paredes de madera de aquella
rústica habitación.
Estaba vuelto loco, había un sabor que no podría describir
esperándome en cada lengüetazo, éste aderezaba su piel tan bien que mis dientes
no se contenían y en ocasiones se asomaban y la pellizcaban levemente. Julia
soltaba gemidos agudos cada que la mordisqueaba así y yo sólo me dejé llevar
más. Mis manos amasaban sus nalgas, juntándolas para que me cubrieran toda la
cara y separándolas para ver si podía hundirme más entre ellas. Mi nariz
impactaba ocasionalmente con el duro metal que se asomaba de su retaguardia,
pero simplemente no quería apartar mi lengua de la capucha que cubría su botón y
seguir sacando toda la miel que podía.
Me tomó un tiempo prestarle atención al botón. Comencé explorando
con el pulgar. El material estaba tibio y la superficie estaba tan pulida que
era fácil que mi yema resbalara. Me atreví a empujarlo hacia un lado y un
pujido de mi hermana me hizo saber que no hacía falta mucho para que lo
resintiera, el extremo opuesto de esa palanca debía moverse mucho más en su
interior. Mi boca seguía dándose un festín mientras yo iba jugueteando con
aquél lustroso e inusual joystick. Ese culo precioso que tenía encima y
totalmente a mi disposición se contoneaba, a veces suavemente y en ocasiones,
de forma súbita. Julia hacía lo que podía para gemir y ronronear en lugar de
jadear y gemir.
Yo lo sabía… y ella sabía que yo lo sabía. Aquellos gemidos
eran para mí, no eran sólo para que disfrutara oírla sonar como una putita,
eran señales de que no debía detenerme. Y como dije, yo sabía sonaba muy
distinto cuando de verdad la abrumaba el placer. Había momentos en los que el
aliento se le escapaba cuando atacaba alguno de sus puntos débiles, y un gemido
se descomponía en quejidos interrumpidos, comenzaba a pujar y resoplar para contenerse
y esa era mi verdadera recompensa.
Finalmente, mi boca subió a encontrarse con el metal
cromado. El aroma denotaba que Julia se había preparado para la ocasión. Podía
percibir hasta un ligero toque de perfume para enmascarar su transpiración y el
inequívoco olor a lubricante. Mi lengua probó ese sabor mineral que ya conocía
tan bien, pero había otro sabor justo donde el juguete se había introducido.
¿Vaselina?
—¡Um! —gruñó Julia cuando mi lengua hizo cuña entre el plug
y su esfínter.
Podía adivinar movimiento lejos de su cadera cada que pujaba,
pero no podía ver lo que estaría haciendo desde donde me encontraba. Seguí
repasando los bordes, moviendo cada vez más la pieza de metal con mi mano o mis
labios y me deleité con la sinfonía de gemidos de mi hermana. De pronto, su
mano apareció y sujetó firmemente aquél tapón. Tomé su muñeca y la acompañé
mientras tiraba del artefacto y éste comenzaba a salir de su ano. Verlo salir
resultó ser más excitante de lo que habría pensado. No era grande, para nada, pero
se sentía enorme viéndolo salir. Rápidamente, ella lo desapareció de mi vista y
se reclinó para que pudiera ver por primera vez su orificio dilatado así. Éste
se contrajo rápidamente, pero se veía lo suficientemente blando para recibir mi
dedo sin problemas. Había una especie de ungüento que me facilitó entrar un
primer par de centímetros, pero de pronto sentí fricción y todo el cuerpo de
Julia se puso tenso.
—E-en mi maleta, en el cierre de adentro… —dijo,
resoplando—. Hay un tubo…
En un santiamén había ido y vuelto. Era la misma marca que
usaba mamá, un lubricante a base de agua, sí que venía preparada. Lo que fuera que
haya usado Julia como ayuda para colocarse aquél plug, no iba a ser suficiente para
lo que seguía. El líquido estaba frío en mi mano, así que me aseguré de
calentarlo un poco antes de volver a explorar su interior con mi dedo. El
juguete había logrado su misión, era muy fácil meterme y para mi sorpresa, su
cuerpo estaba reaccionando mucho mejor de lo que esperaba.
—¡Ah! ¡Uh! —gemía con cada nuevo movimiento de mi dedo.
Me aseguré de seguir aplicando lubricante y al poco tiempo,
me aventuré con un segundo dedo que entró sin problemas. Giraba y hundía mis
yemas, masajeando para que sus adentros se acostumbraran y fueran relajándose
más y más. En un intento por contener sus gemidos, Julia sólo resoplaba y
pujaba. No eran gimoteos de dolor, eran quejidos que apenas lograba contener y
que le salían del alma. Ya había empezado a meter y sacar mis dedos a un ritmo
decente y eso hacía que sus piernas le temblaran al punto de que terminó
tumbándose.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Luís! ¡LUÍS! —rugía mientras mi mano aceleraba
lentamente.
Sus manos se aferraron a las sábanas y sus piernas parecían
luchar para volver a elevar su cabús, así que pensé en acomodarla. Saqué mis
dedos y justo cuando atravesaron su entrada, sus glúteos se contrajeron y sus
piernas se cerraron. Me espanté, creí que la había lastimado.
—¡Julia! —le hablé, preocupado.
Ella soltó un gemido y se llevó la mano a la boca. Vi las
pequeñas vibraciones haciendo ondas en sus cachetes y sus muslos y comprendí
que no había peligro. Me recosté sobre ella sin apoyar todo mi peso y al
sentirme, su piel se erizó y soltó otro quejido mientras su cuerpo se encogía.
Tenía mi verga entre sus nalgas y mi aliento en su espalda.
—Si quieres, podemos…
—Quiero hacerlo —me interrumpió con voz firme.
Me moví para que ella pudiera retomar su posición. Ancló sus
rodillas y se apoyó con los codos y extendiendo los antebrazos. No quise volver
a su retaguardia sin antes ver su carita una vez más y lo que me encontré fue
una mirada fiera y decidida, una que me quería decir que estaba lista y me
alentó a tomar mi lugar. Mientras me dirigía, le solté una nalgadita suave que
por poco le arrebata un chillido y cuando por fin pude verla desde arriba una
parte de mí no podía creerlo, pero no era momento para detenerme.
Primero comprobé una vez más con mi dedo y volvió a entrar
sin problema. Me aseguré de sacarlo suavemente y coloqué la punta de mi misil.
La sensación al meter finalmente la cabeza no fue nada del otro mundo para mí,
pero nada se comparaba con lo que me hacía sentir el hecho de que estaba
haciéndolo, estaba (¡Al fin!) dentro de Julia. No la escuché quejarse, había
entrado con facilidad, sólo resopló y mantuvo la cabeza agachada. Yo en cambio
tenía ganas de rugir y de reclamar ese hoyo de un solo empujón, pero de alguna
forma, supe contenerme. Acaricié su nalga y comencé a penetrar más.
Ese juguete había hecho maravillas, ni siquiera con Raquel
había sido tan fácil y eso que esta era la primera vez de Julia. Cuando me topé
con ese límite a donde mis dedos no habían podido llegar ya faltaba poco para
llegar a la mitad de mi verga. Sabía que esa pared cedería eventualmente, pero no
podía correr el riesgo de lastimarla. El tubo de lubricante estaba a la mano y
cuando me dispuse a recogerlo, mi miembro se ladeó en su interior y sus
adentros se estremecieron. Retrocedí y ella gruñó, me apliqué un poco más de
lubricante y volví a entrar hasta que ese tope me frenara de nuevo. Muy pocas
veces había recurrido a tanto gel, pero esta vez lo ameritaba. Con cada nuevo
impacto contra esa barrera, podía sentir que mi verga resbalaba más fácilmente.
Cada ruido que salía de Julia iba suavizándose. Los gruñidos
y pujidos iban tornándose cada vez más relajados y cualquier atisbo de incomodidad
inicial se estaba transformando en placer. Lentamente, la pared contra la que
impactaba en su interior iba retrocediendo, milímetro a milímetro. Ya podía
meter más de la mitad, aunque eso sí, seguía yendo lento y no paré de aplicar
lubricante. Llegados a un punto, era ella quien mecía su cabús hacia mí y eso
sólo me hacía más difícil aguantarme las ganas.
—No te envalentones, porque luego me voy a dejar ir —le
advertí.
—¿Y quién te dice que no lo hagas? —respondió, brava y
meneando su cadera a los lados a modo de desafío.
Un simple empujón fue necesario para que su máscara de
valiente se le cayera y se encorvara. Por supuesto que no arremetí con todo
para terminar de metérsela, sólo lo hice para que entendiera que la estaba
cuidando. Dejé resbalar mi mano por su espalda y sentí su piel erizarse.
Buscaba pronunciar la curvatura que debía tener su columna vertebral y al
lograrlo, pude adentrarme aún más. Julia gimoteaba porque ahora yo estaba agarrando
ritmo y mi vaivén se iba tornando en embestidas. Mi pie se plantó a su lado,
cerca de su codo y comencé a montarla con más ganas.
De pronto, ella se irguió, apoyándose con sus manos y aunque
fuera de reojo su mirada buscó la mía. No echaba chispas, estaba disparándome rayos.
Incluso me ladeé para verla mejor. Una tormenta se arremolinaba dentro de esos
ojos color miel y sentí un hueco en el estómago, ¿acaso me sentía intimidado?
Si eso fue, mi instinto no me permitió amedrentarme, le planté cara y volví a
arremeter. La hice agachar la mirada, pero sólo un instante, cuando volvimos a
hacer contacto visual, la tormenta en su interior no había amainado. Si no
hubiera visto aquella media sonrisa dibujársele, habría jurado que Julia estaba
furiosa…
Y eso me prendió aún más.
La ayudé a terminar de incorporarse, a lo mejor para tratar
de estar en igualdad de condiciones. Mis manos se prendieron a sus pechos y la
pegué a mí lo más que pude para que sintiera mi aliento en su nuca. Ya no
hacíamos contacto visual, pero su orgullo se manifestaba en su cadera ejerciendo
presión contra la mía. Faltaba casi nada para poder terminar de meter mi macana
hasta la base y sus paredes se estrechaban tanto que no importaba cuánto
empujara ella, no podíamos avanzar. Mi labio hizo succión en su cuello y poco a
poco, sus adentros se relajaron de nuevo. Quería demostrarle que no hacía falta
apresurarnos, pero no parecía querer escuchar. Ella misma se movió para que mi
carne retrocediera y solita, volvió a ensartarse, soltando un quejido por
volver a toparnos con su propio muro interno.
Así fue, parecía que Julia estaba encaprichada en terminar
de clavarse mi estaca y entonces llevé una de mis manos a su entrepierna.
—Eso… eso es trampa —gruñó ella, pero su voz no pudo
disimular que estaba sonriendo.
—¿Y quién dijo que hay reglas?
Yo había respondido con soltura, pero aunque Julia estuviera
sonriendo, ella sí estaba yendo en serio. No supe en ese momento qué había
causado ese arranque súbito de competitividad en ella, aunque ya en
retrospectiva, me resulta evidente. Había tocado sin querer una fibra sensible en
su orgullo y había iniciado un fuego que no se apagaría así de fácil. Yo no
había buscado doblegarla ni sobajarla, sólo quería que ella se relajara y
disfrutara, pero ahora no era momento de rajarse.
Una mano comprobaba lo duro que estaba su pezón y la otra,
lo mojada que seguía su entrepierna. Recogí la sal del sudor de su espalda con
mi lengua y calé hondo el aroma de su cabello una vez más. En cambio, mi
hermana mayor buscó responder menando su cadera e impactando contra mí con más
ahínco. A veces, eran estocadas cortas y otras, apuñaladas profundas y por más
que lo resintiera, ella misma se convenció de que no se dejaría vencer. Estoy
seguro, hasta podría apostar que ella contuvo un orgasmo, pero no cedió. Su
plan era claro y no pensaba renunciar a su objetivo. Aunque, claro, yo tenía
las de ganar.
Pero cuando uno no piensa qué hará una vez que llegue a la
meta, todo se viene encima. En cuanto mi pubis impactó finalmente con su cabús,
fue como si Julia no pudiera más y experimenté una parte del terremoto que la
sacudió. Quise sujetarla, pero terminé encorvándome junto con ella. Mi mente se
fue por un instante, aquellos temblores que sentía en mi verga eran de Julia y
no podía caber en mí de la emoción. Me costaba no dejar caerme sobre ella, así
que pensé en acostarme a su lado.
—¡No te salgas! —chilló con un hilo de voz.
Claro que obedecí, pero ella no me dejó recostarme. Podía
sentir las contracciones de su esfínter con cada milímetro que nos movíamos
conmigo todavía en su interior, pero de alguna forma, logré volver a apoyarme. Allí,
esperé hasta que Julia diera señales de vida otra vez, había sido un evento
fuerte.
—Vas a acabar y lo vas a hacer dentro —sentenció, todavía
con un dejo gutural en su voz.
Mi calentura superó mi sentido común. Esa sola frase habría sido
suficiente para que el Luís puberto que fantaseaba con ese momento se viniera y
cumpliera su deseo de una vez, pero no podía ser así. Me acomodé una vez más,
asegurándome de ser lo más aparatoso y que mi sonda siguiera removiendo el
interior de Julia y la siguiera haciendo jadear. Ya no estábamos jugando ese
jueguito malsano de ver quién estaba por encima de quién, yo sólo quería verla
deshacerse así una vez más. Tiré de sus muslos y la hice chocar contra mi
pelvis, mis pies plantados firmemente y dispuesto a poner a prueba el aguante
de mis rodillas.
¡Pum!
—¡AH!
Mi primer bombeo le dejó en claro cómo iba a ser el asunto y
pude ver que ella se fue preparando para el siguiente.
—¡A-ah! ¡Ah! ¡Ah! —gemía como una actriz en una porno, lo
estaba haciendo para mí— ¡Eso! ¡Así! Ya tiene tu forma. Es tuyo, Luís. ¡Soy
tuya!
Le di a ese culo como si no hubiera un mañana, como si
hubiera nacido con ese único propósito. Cada ruido que hacíamos al impactar me
enervaba más y más. El chapoteo del lubricante, los gemidos de Julia y ese
sonido sordo de nuestros cuerpos chocando era para mí la definición de éxtasis.
No me di cuenta de que le estaba dando tan fuerte como solía hacerlo con mamá,
había olvidado por completo que esa era la primera vez de Julia, pero ella lo
estaba aguantando como una verdadera veterana.
—¡Sí! ¡Sí, sí, sí, sí, SÍ! —chillaba con auténtico frenesí
al ritmo de mis embestidas. Su voz se agudizaba como nunca la había oído, ya no
estaba aparentando, estaba poseída por la lujuria al igual que yo—. ¡Así, así!
¡Luís!
Aguanté todo lo que pude, no quería que ese momento acabara
nunca, pero finalmente, mi cuerpo cedió. Mis piernas flaquearon y por un
instante, Julia cargó conmigo mientras mis bolas se vaciaban poco a poco en una
serie de descargas que parecía que me dejarían completamente seco. Me temblaba
todo de la cadera para abajo, me aferré a su cuerpo hasta que por fin pude
sostenerme. Fueron unos segundos, pero mi mente los hizo eternos.
—No me sueltes. No te salgas, por favor —me pidió mi hermana
entre jadeos.
Esta vez, sí nos recostamos y quedamos abrazados de
cucharita, ambos resoplando y luchando por recordar cómo volver a respirar con
normalidad. Ella insistió en que no sacara mi verga, yo creo que ambos
esperábamos que se ablandara pronto, pero no fue así.
—Dale gracias mamá y sus pastillas del demonio —le dije una
vez nos dimos cuenta de que llevábamos un buen rato sintiendo los latidos de mi
corazón en su ano.
—No me quejo, la verdad —rio ella, meneando el cabús una vez
más—. Si quieres darle una vez más, yo encantada. No voy a dejar que la saques
hasta que ya no puedas usarla más.
—Bueno, tu plan es matarme a sentones, ¿o qué? —bromeé
—Matarte, no… pero…
Ella empezó a moverse, riéndose porque no lograba averiguar
cómo evitar que mi tornillo se desenroscara de su tuerca. Al final, fue
imposible. Con una visible decepción, Julia se separó de mi verga y se sentó
encima de mí, dejando mi salchicha entre sus bollos y sonriéndome con una
expresión tan bella como sensual en su rostro. A sus espaldas, su mano jugueteó
una vez más, el frío de la noche se resentía ahora que mi verga estaba a la
intemperie, extrañaba el calor de su interior. Y se lo dije.
Julia me seguía mirando con esos ojos entrecerrados que
brillaban con la tenue luz dorada de la lámpara y ella misma volvió a
acomodarse mi macana en su entrada trasera. Ese ano que hasta hacía poco había
sido virgen me recibió con suma facilidad. Ahora había un fluido más que el
lubricante allí dentro y que también nos ayudaría a volver a la carga. Esta
vez, ahora que la tenía no sólo encima de mí, sino frente a frente, el juego
cambió.
Adoro ese lado de ella, ese que le nace cada que tiene toda
mi atención cuando estamos a solas en la cama y busca retenerla a toda costa.
Aquella magia que surge desde su interior y que la convierte en una reina, una
diosa… o a lo mejor, un demonio de la lujuria. Le gusta hacer que sus manos
dancen y recorran su cuerpo, desde su rostro hasta su vientre y piernas. Sabe
cómo mecer sus pechos de formas sutiles y elegantes para hipnotizarme con ellos
mientras su cadera y hasta sus hombros se menean en armonía aunque hubiera una
música que la acompañara. Seguramente, Julia pudo haber sido vedette en alguna
otra vida, de eso no me queda la menor duda.
Y esta vez, cada vez que sus caderas se movían, mi carne se
deslizaba en sus adentros y se me ponía cada vez más tiesa. Mis zarpas se
encajaron en su culo y ella se llevó ambas manos a la nuca, elevando sus codos
y regalándome una visión de ensueño. Fue ella la que elevó su cadera y se dejó
caer suavemente hasta el fondo. Una vez, luego dos… pero yo perdí la paciencia.
—¡AH! —gimoteó al ser penetrada mientras su pelvis todavía
se estaba elevando.
Y comenzó a acelerar sus movimientos. Al poco rato, ya
estaba apuñalando con mi fierro a sentones. La manera en que sus melones
rebotaban con cada caída era tentación que no pude soportar. Quise
incorporarme, pero ella me lo impidió y prefirió tomar mi mano. Apreté y ella
contuvo un gemido, pero su mano controló la mía para demostrarme que podía ser
todo lo bruco que quisiera ser. Mis dedos se encajaron en su piel y ésta se
desbordaba entre ellos como si fuera un globo de agua enorme. Mi otra mano
también se unió a la labor y pronto la escuché jadear de nuevo. Finalmente, ese
par de tetas quedaron a disposición de mi cara y gocé como niño en dulcería.
Julia se debatía entre gemidos, risitas juguetonas y
pujidos. Había ido aprendiendo a hacer sus movimientos cada vez de forma más
fluida y pronto, los dos nos convertimos en una máquina que trabajaba en
sincronía. Eventualmente, tuve que hacerme cargo de bombear y su mano comenzó a
frotar compulsivamente su entrepierna. Yo la alenté y le decía que me mojara
todo lo que quisiera, lo que la volvió loca. No hubo más diálogos, sólo rugidos
y alaridos, nos habíamos dejado llevar por nuestro lado animal y cuando volví a
venirme en su interior, no paré de embestirla hasta que ella también alcanzara
su clímax al poco rato y cumpliera mi deseo de rociarme con su tibio orgasmo.
Nos tomó un tiempo recuperarnos. Mi amigo ahora sí se había
cansado y esta vez, mi hermana no me detuvo cuando lo saqué. Quise verlo, quise
ver cómo había quedado su pobre culito después de tremenda estrenada. Estaba
sonrojado, empapado y palpitando mientras una mezcla de fluidos se derramaban
de él. Mi lengua se acercó y a ella le dio el reflejo de apartarme, pero
insistí y pronto, le agarró gusto. No era el sabor lo que me alentaba, era el
morbo y los débiles gemidos que lograba arrancarle todavía.
—¿Ahora quién quiere matar a quién? —rio, frotando sus dedos
en mi cuero cabelludo sin intenciones de detenerme—. ¿Vas a seguir hasta que me
desmaye? ¿O qué?
Yo sólo lamí desde su asterisco hasta la capucha de su
hinchado y enrojecido clítoris, arrancándole un alarido que se deshizo en una
carcajada. Me acomodé sus muslos en los hombros, preparándome para que se
cerraran y aplastaran mi cabeza en cualquier momento. La miré como lo habría
hecho un vagabundo sediento y ella cubrió su risita con el dorso de la boca.
—Ni pienses que hoy la vas a meter allí —me advirtió todavía
risueña—. No después de donde la acabas de sacar.
No recuerdo más de esa noche, excepto que caí como piedra.
Los rayos de sol se colaron por las cortinas de la ventana al día siguiente y
me hicieron abrir los ojos a la mañana siguiente. Julia estaba ya despierta y
me comió a besos antes de que siquiera pudiera darle los buenos días.
Curiosamente aquél día, mi hermana mayor, que nunca había
gustado particularmente del contacto físico, no quiso apartarse de mí ni un
solo instante. Nos bañamos juntos, me la mamó antes de vestirnos, se sentó en
mi regazo en lo que decidíamos si íbamos a desayunar o nos quedábamos en la cabaña
un rato más y hasta escogimos una mesa con los asientos empotrados para que
ella pudiera sentarse a mi lado. La gente nos miraba de reojo, algunos con
incomodidad, otros, conmovidos y unos más, la verdad, con una innegable
envidia. Yo disfruté cada momento. Entre besos y darnos de comer el uno al
otro, no había forma de encontrar una pareja más acaramelada en todo el cerro.
Ya casi iba a ser mediodía, habíamos perdido la oportunidad
de salir con el guía que hacía los recorridos antes del amanecer y nos hicimos tontos,
tratando de convencernos de que no queríamos regresar a la cabaña lo más pronto
posible. Caminamos por un sendero que encontramos y pronto nos rodeamos de árboles,
arbustos y maleza. Lo bueno fue que eso hizo que Julia se soltara más y siguió colmándome
de besos a cada rato que podía. Cada tanto, yo colaba mi mano bajo su pantalón
sólo para sentir otra vez la piel tibia de su nalga mientras nuestros bocas se
unían. Ella me dejaba, pero se apuraba en quitarme cada que le parecía oír que
alguien más se acercaba. Para mí, era un reto seguir caminando y aguantarme las
ganas de desnudarla ahí mismo, sobre todo sabiendo que si me aventuraba un poco
más, podría volver a sentir ese botón plateado que Julia se había vuelto a
colocar esa mañana.
Ella me había hecho ver mientras lo hacía y disfrutó
negándome el gusto de ponérselo yo mismo. Me mostró que había aprendido bien de
mamá, ese ano estaba tan limpio y dilatado que no podía dejar de pensar en él.
Llegamos a un sitio donde había rocas, le pedí que ella se sentara en mi regazo
y lo hizo de cara a mí. De nuevo, se llevó mi lengua a sus labios y volvió a
realizar esa especie de felación curiosa que me elevó el ritmo cardíaco. Mis
dedos palparon el duro metal por encima de sus jeans y ella sólo ronroneó sin
separar nuestras bocas. Me aventuré en levantar su blusa y ella me deleitó con
sus melones con una sonrisa de oreja a oreja mientras me acariciaba el pelo.
Para bien o para mal, un ruido nos puso en alerta y ella se cubrió
en un parpadeo. Miramos a todos lados pero no vimos nada, aunque esa fue la
excusa perfecta para volver a la cabaña. Ni bien escuché el mecanismo de la
chapa cerrarse, me abalancé sobre ella y desabroché su cinturón. Ella hizo lo
mismo conmigo y al poco rato, estábamos completamente desnudos. Mi hermana
insistió en que me sentara en la salita que había justo en la entrada y en
cuanto lo hice, se arrodilló frente a mí. Era hora de enseñarme otras cosas que
había aprendido.
Reconocí la técnica de Raquel, los lengüetazos, la succión,
las maniobras para que mi trozo rozara la entrada de su garganta sin provocarle
arcadas; Julia ya no era una novata. Ahora eran mis manos las que se posaban en
su cabeza y ella se dejó dirigir al ritmo que yo le indicara. Con gran
maestría, pude incluso metérsela hasta tener mis bolas en sus labios. Escuchar
esos ruidos obscenos que hacía cada que carraspeaba o tosía con mi salchicha aún
dentro me aceleraba el pulso. Sus ojos lagrimeaban y su mirada se perdía cada
que se la metía hasta el fondo, pero siempre que la sacaba para dejarla respirar,
una sonrisa se dibujaba en aquella mueca que hacía y era ella misma la que
volvía a la carga una vez que recuperaba el aliento. Ya no era como las
primeras veces, en las que ella sólo se llevaba mi verga a la boca, ahora sí me
la estaba comiendo, con todas sus letras.
—¡Uf! ¡Sí! ¡Ah! —la animaba a seguir así y ella redoblaba
sus esfuerzos.
Mis manos aceleraron
el ritmo y ella clavó sus uñas en mis muslos. Le advertí que estaba por
venirme, pero ella no dio señales de querer quitarse, así que no me detuve
hasta que mis bolas ensalivadas liberaron su carga en su boca. Su rostro estaba
enrojecido y tenía hilos transparentes derramándose por sus ojos, nariz y labios;
pero cuando la vi sonreírme como lo hizo, me pareció el ser más bello en todo
el universo. La ayudé a levantarse y se sentó en mi pierna para unir nuestros
labios una vez más. Mis dedos se aventuraron entre sus piernas y quise tentar
lo único que me faltaba reclamar de ese cuerpo.
—Hoy sí… —sentencié.
—Hoy, sí, ¿qué? —preguntó ella coquetamente.
Mi respuesta no fue con palabras, sino con un segundo dedo
luchando por entrar en su rajita empapada.
—¡Oh! ¿Eso? —siguió fingiendo inocencia— ¿No te bastó con
romperme la colita anoche, hermanito?
Su voz se desvaneció en un susurro que me caló hasta los
huesos. Se había acercado lo suficiente para lamerme la oreja mientras su
cadera se meneó con mis dedos todavía en su entrada. No estaba seguro si se
estaba acomodando para apartárselos o para facilitarles el acceso.
—Antes de que lo hagas, quiero decirte algo —ronroneó,
apoyando ambos antebrazos en mis hombros y apretando sus pechos con sus codos a
propósito—. No te quiero compartir… ni con mamá ni con Raquel… ni con nadie
más.
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Comentarios

Huy, casi, Julia ya saco su lado posesivo pero haber que piensa su madre de eso...Después de su infidelidad emocional con Alondra Rachel ya no se siente igual
ResponderBorrarLa pregunta es... ¿Tú, qué eligirías? ¿Echarías a perder tu relación con Raquel y probablemente con Sandra por meterla en esa cuquita que te ha tenido obsesionado desde niño? ¿O preferirías seguir teniendo a las tres?
BorrarLo primero: bienvenido de vuelta!
ResponderBorrarLo segundo: inicialmente tuve la impresión de que no parecía “muy Julia” ese salto cuántico en atrevimiento. No obstante, fue muy bien llevado y terminó en lo que sí la caracteriza: no quiere ser una más.
Me gustó! El juego anal era necesario para postergar la otra parte.
Estaré atento a la próxima entrega. Gracias por perseverar!
Hola y muchas gracias por las buenas vibras.
BorrarSobre "qué tan Julia" es Julia... veremos. Hay ciertamente algo que cambió bastante en ella y que espero pueda ser apreciado (en el sentido de observación, no en el de valoración) en estos últimos tramos de la historia. Espero darles a más de uno el incentivo para releer a Julia a lo largo de su transformación y me encantaría puedan más lectores compartirme sus comentarios al respecto.
La historia es buena, tiene profundidad, pero el último capitulo el salto que da la historia deja algunos huecos Julia se transforma de una manera deliciosa pero como dice la gente aflojó muy rápido! Aún así felicidades buen trabajo!
ResponderBorrarMuchas gracias. En efecto, esa cara de Julia es un cambio abrupto, me resulta muy difícil de escribirla por varias razones que me gustaría tratar hasta que finalice la historia (ya no faltan muchos capítulos). El siguiente se publicará mañana y espero volver a leer un comentario así. Estas observaciones me sirven mucho
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